Ese lugar donde nos encontramos, donde pasan la vida en común y llegan los viajeros. Ese espacio circular (o no) donde conversar, cantar, bailar, pintar, escribir o soñar.
El olor de la lana negra invade la sala de la Fundación Díaz-Caneja de Palencia. Dos metros por dos metros de lana parecen sembrados sobre un tapiz de madera, como si alguien hubiese intentado cultivar la sombra. Al lado, un panel similar de lana blanca. Pero son lanas distintas y huelen diferente. Ambas conforman un umbral, un archivo invisible que se abre no con los ojos, sino con la nariz. La magdalena de Proust se disfraza aquí de vellón merino: un detonador de memoria arcaica, mucho más profunda y más primitiva que cualquier otra memoria humana. Quizá ahí resida lo …