
Hasta el interior de la sala llegan los ecos de la música y las conversaciones del Jardín Sagitaria, ese tardeo filosófico propuesto por Sagita Magma para extender el pensamiento más allá del aula, entre reflexión, arte y convivencia. En ese entorno híbrido, a medio camino entre lo académico y lo festivo, la palabra se abre paso entre los acordes, los cuerpos y las voces, revelando que la filosofía puede ser también una práctica colectiva, sensible y situada.
Unos minutos antes de iniciarse esta tercera sesión conversamos con la artista e investigadora María del Buey Cañas, quien participa junto a Carmen Madorrán en la tercera jornada de Sagita Magma bajo el título “Encarnadas: cuidados para dejarse enraizar en tiempos de crisis ecosocial”. El encuentro propone una reflexión situada sobre el cuerpo, la vulnerabilidad y la interdependencia como claves para repensar los vínculos entre lo humano y lo terrestre.
María del Buey se mueve con naturalidad entre la práctica artística y la reflexión teórica, transitando entre el arte sonoro, la performance y la ecología social, en una hibridación poco frecuente pero profundamente coherente. En proyectos como Transterile —junto a la artista uruguaya Stef Assandri— o en sus colaboraciones con Medialab Prado y la Asociación de Música Electroacústica de España, propone una auténtica ética del contagio: mezclar disciplinas, cuerpos y saberes para repensar cómo habitamos el planeta y ejercitar lo que ella denomina un “escuchar lo viviente”, una escucha que desborda lo humano y se abre a la resonancia con todo lo que existe.
María explica que, aunque pueda parecer algo muy específico esto de prestarle atención al sonido, en realidad tiene que ver con una mirada más completa sobre el mundo; escuchar no es pasivo, es una forma de pensamiento encarnado, es dejarse afectar. Para ella, no se trata solo de música ni de arte sonoro, sino de una política de la atención, de una ética del vínculo. En tiempos en que el ruido digital coloniza cada resquicio de lo sensible, su discurso suena a resistencia pausada.

“Somos una civilización visual —repite— y, sin embargo, lo que nos rodea, el aire, los insectos, las voces que no se oyen, sigue hablándonos”. Formada en el Conservatorio y luego en Filosofía, Del Buey descubrió el arte sonoro a través de la Asociación de Música Electroacústica y Arte Sonoro de España (AMEE), donde comprendió que el sonido forma parte del paisaje. “Hay una dimensión afectiva del sonido —explica—: cómo funciona en un espacio, cómo cambia, qué nos devuelve de nosotras mismas. Escuchar es aprender a habitar de otro modo”.
En su intervención junto a Carmen Madorrán, citó a Pauline Oliveros y su concepto de deep listening, escuchar como acto corporal y atento, una disposición que no tiene que ver con la abstracción del pensamiento racional, sino con una predisposición encarnada. Ese gesto de atención, añade, no puede separarse del cuidado: escuchar al otro, al entorno o al ruido del propio cuerpo es una forma de sostener la fragilidad del mundo.
Durante la pandemia trabajó con Stef Assandri en el proyecto Transterile, donde la palabra “contaminación” desempeñó un papel central. Un término tradicionalmente ligado a la pureza y al control se transformó en potencia creativa. En sus performances, biología, textil y sonido se entrelazan para pensar futuros sostenibles desde la mezcla. “En el fondo —dice— la contaminación es una forma de conocimiento situado. Mezclar arte y ciencia es también mezclar vulnerabilidades. Nos obliga a responder de los cruces que provocamos”. Su propuesta apunta a un pensamiento híbrido que establezca alianzas entre saberes, materiales y cuerpos que se afectan mutuamente. Para Del Buey, contaminar es cuidar, porque cuidar no es aislar, sino exponerse con responsabilidad.
Siguiendo la línea de José Luis Carles y Cristina Palmese, quienes conciben “la sostenibilidad como escucha”, María del Buey desarrolla esa idea desde una dimensión corporal. “Nuestro cuerpo es una interfaz viva entre lo material y lo simbólico —explica—; todo lo que pensamos pasa también por la piel.” Para ella, el cuerpo es un territorio de escucha, un espacio donde percepción y pensamiento se entrelazan como formas de conocimiento sensible y situado.

Su trabajo, atravesado por la ecología política y los feminismos, reinterpreta la sensibilidad como práctica transformadora. “Si el capitalismo nos quiere distraídos —recuerda citando a Jorge Riechmann—, el arte puede devolvernos la atención perdida.” Y añade que el arte no ofrece respuestas cerradas, sino que es un dispositivo de preguntas que nos obliga a conversar: con los otros, con el mundo y con nosotras mismas.
Para Del Buey, el arte no se mide por su rentabilidad ni por su eficacia, sino por su capacidad de catalizar conversaciones, no siempre entre personas: a veces entre especies, materiales o silencios. “Cuando nos callamos, aparecen más seres vivos de los que imaginábamos —reflexiona—; el mundo está lleno de presencias que no buscan ser vistas, pero sí escuchadas.”
Su crítica al ocularcentrismo moderno enlaza con toda una tradición que va de Donna Haraway a Rosi Braidotti, descentrando al sujeto humano y otorgando agencia a lo más-que-humano, abriendo espacio a lo no audible. En esa línea, Del Buey no separa estética y política, porque, como afirma, escuchar es un acto de justicia sensorial.
“Cuidar también es repartir el reconocimiento simbólico —señala—, saber que no todos los aportes son visibles, pero todos son necesarios.” Para la artista e investigadora, “los cuidados están de moda, pero en la práctica seguimos suspendiendo. Podemos hablar mucho de cuidado, pero lo cotidiano está lleno de indiferencia radical. Estamos más habituadas a convivir con el riesgo que con el cuidado. Vivimos con miedo, pero no sabemos acompañar el dolor ajeno. Cuidar hoy exige desaprender esa indiferencia.”

En el ambiente del seminario, donde se entrelazan filosofía, poesía y performance, el discurso de María del Buey se integra con naturalidad. Sagita Magma, esa “dopamina de estética política” que propone fusionar palabra y cuerpo, teoría y afecto, encuentra en su trabajo una afinidad orgánica. Lo que Riechmann diagnostica como ruido tecnocapitalista, Del Buey lo transforma en práctica de atención. “Si el smartphone destruye nuestra capacidad de silencio —apunta—, el arte puede devolvernos la capacidad de escuchar lo vivo.”
La entrevista con María del Buey se realizó poco antes de su intervención en la tercera sesión de Sagita Magma. Seminario-Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 2 de octubre de 2025 en el campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. El seminario, coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia Piña, cuenta con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades. El ciclo se prolongará hasta diciembre con trece encuentros que cruzan filosofía, arte y militancia. Puedes leer la serie completa en este enlace.
Entrevista de José An. Montero con fotografías de Adrián de la Dueña y vídeo de Edgar Atheling Rodriguez
