Luis Moro, el bramido del fuego

Por José An. Montero

El MUSAC de León presenta hasta el 19 de octubre de 2025 El bramido de la Tierra, una exposición monográfica de Luis Moro (Segovia, 1969) comisariada por Fernando Castro Flórez. La muestra reúne cerca de un centenar de obras inéditas, pinturas de gran formato, dibujos y materiales de proceso, que abordan la metamorfosis de la vida y la relación entre humanidad y naturaleza.

Fuera, el cielo de León se teñía de rojo y comenzaba a caer una lluvia de ceniza. Es 12 de agosto. El atardecer se precipita sobre la ciudad mientras los incendios devoraban la provincia. La naturaleza tomaba posesión una vez más del espacio urbano. Llamaba a la puerta interpelando nuestra fragilidad como especie, como si cada brasa encendida en el monte golpeara las ventanas exigiendo una respuesta.

Un día especialmente conmovedor para visitar la exposición El bramido de la Tierra de Luis Moro en el MUSAC de León. Desde las inmensas paredes de hormigón, los animales dibujados por Moro nos miran fijamente, interpelándonos como si dijeran: “Igne Natura Renovatur Integra” (“Por el fuego, la naturaleza se renueva íntegramente”). La inscripción, rescatada de los textos alquímicos, resuena en la sala con toda gravedad. El fuego devora los bosques y consume las ciudades, pero es también el que ilumina las metamorfosis invisibles de la materia, el mismo que ha acompañado rituales, mitos y catástrofes desde que la humanidad aprendió a invocarlo.

La Tierra brama y arde en continua transformación ante la mirada presuntuosa pero insignificante del ser humano. Ciudades abandonadas que apenas son un suspiro en el tiempo geológico. Moro nos obliga a mirar directamente la naturaleza dibujada sobre papeles amarillentos, frágiles en su duración, como el propio ser humano. Seres latientes y sintientes, capaces de perdernos en los infinitos detalles de los dibujos, pero también de pasar inalterables hacia la próxima sala.

Semanas de calor hacen que las paredes de hormigón parezcan respirar cansadas. La promesa de cambio dura siempre muy poco en el ser humano. “Cuando el ruido regrese… los corzos dejarán de beber en las fuentes”, escribió El Naán durante la pandemia. Y el ruido regresó. Siempre regresa. El ruido de los motores que enfrían la cabeza mientras queman el suelo, ahondando en una herida que late planetariamente. Una ceguera que nos impide conectar unos fenómenos con otros. Mejor actuar como la cigüeña de Cattelan. Mejor diluirnos en el rebaño de ovejas que avanzan en Kilómetro 0.

Moro dibuja con la precisión de un entomólogo. “¿Pueden sufrir?”, preguntó Bentham. Derrida repitió la pregunta para quebrar las fronteras entre especies. Habitamos planos distintos de realidad, como vecinos de mundos paralelos, ignorándonos unos a otros, como si las hormigas no fueran parte de nuestro mundo.

Pero Moro no cae en la ingenuidad de adorar a esa Naturaleza empaquetada como bálsamo en las estanterías del supermercado. Quizá necesitemos menos jardines artificiales y más preguntas. Con sus ovejas en avenidas, pavos reales sobre el asfalto o elefantes en la playa, Moro funciona como un antídoto frente al escapismo verde. Nos recuerda que somos parte del mismo mundo.

Lo suyo es una polifonía de especies, de gestos y de interacciones que irrumpen en espacios humanizados, como la ceniza forestal que ahora mismo cae sobre la ciudad. Insectos ampliados se posan sobre libros o sobrevuelan avenidas. “Ser sintiente ha sido un privilegio y una aventura”, dejó escrito Oliver Sacks. Esa aventura, hoy, exige una ética del escuchar. Escuchar el bramido del planeta no es sucumbir al dramatismo, sino afinar los instrumentos con los que percibimos lo que nos excede. En los dibujos de Moro, ese afinar se parece a un rito: caminar despacio, acercarse, retroceder, ajustar la respiración, dejar que la mirada se demore.

Si los museos suelen domesticar lo que exhiben, en este caso las piezas de Moro los habitan de manera salvaje, incontrolada, como fantasmas inaprensibles. “Los animales son un pretexto para hablar de otras cosas”, ha dicho el artista. Esas “otras cosas” emergen en su trabajo como signos de una vida humana aislada del resto de lo viviente: habla de caza, de propiedad, de violencia, de sistemas agrícolas industrializados. Cada cual que ate sus nudos. No es una exposición redentora ni panfletaria, ni pretende ofrecer conclusiones fáciles, a las que tanto nos aferramos los humanos.

Fuego como fiebre de una enfermedad que afecta más a los humanos que a la Tierra. La obra de Moro no trata de curar, pero sí de ayudarnos a diagnosticar, a no confundir las causas con los síntomas. Se apoya en el rigor del dibujo como herramienta de un realismo casi mágico. Sus trazos, minuciosos y vibrantes, alcanzan la precisión de la figuración antes de desbordarse en un universo expresionista, donde lo concreto se disuelve en metamorfosis simbólica. En la tradición centenaria de Durero, las asociaciones de Moro abren las puertas de una naturaleza que dialoga con la tecnología contemporánea y nos enfrenta a preguntas que no admiten demora. Arte y ceniza.

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