Coser los contornos de las pesadillas

Por José An. Montero

Con aguja e hilo no solo se tejen telas, también oraciones, mapas y lamentos colectivos, escribe Clare Hunter en Hilos de vida. Una historia del mundo a través del ojo de una aguja (Capitán Swing, 2025). Con la certeza de que la costura es un lenguaje de supervivencia capaz de fijar en la tela lo que la historia oficial tiende a borrar, el visitante del Museo Serralves de Oporto se adentra en un tendedero infinito de pijamas infantiles, un corredor suspendido en el aire donde se quedaron impresas, en forma de agujeros bordados, las pesadillas de la artista libanesa Mounira Al Solh.

En este cruce entre la instalación contemporánea de Al Solh y el ensayo histórico de Hunter, la mente se deja arrastrar en un viaje cultural, político y emocional por los pliegues del bordado, la costura y el trabajo textil, mostrando cómo lo que durante siglos se consideró un oficio menor o doméstico ha sido, en realidad, un lenguaje de poder, resistencia y memoria colectiva.

Un tendedero interminable con los pijamas de la infancia, que aún conservan impregnados los monstruos agazapados en la guerra civil libanesa y la humedad reseca de las noches de bombardeos. Habitaciones infantiles donde se acumulaban fantasmas reales. Esta es la propuesta de Mounira Al Solh en Nami Nami Noooom, Yalla Tnaaam, la pieza central de su exposición Y’a Hamam Yalla Ma Tnam, Ma Tnam (“Oh paloma, no duermas, no duermas”), que pudo verse este verano en el Museo Serralves de Oporto. Una instalación inmersiva donde decenas de pijamas perforados por agujeros bordados cuelgan en serie, como una hilera interminable de cuerpos ausentes, recuerdos tensados, heridas fijadas en tela. Una sala tras otra, sin ventanas, sin oxígeno, sin luz natural. Un paisaje claustrofóbico que traduce en materia sensible la experiencia de una infancia cercada por la guerra.

Al Solh nació en Beirut en 1978. Creció escuchando bombas como otros escuchan nanas. Su madre, en un gesto de supervivencia doméstica, inventó un ritual: dejar que la niña cortara agujeros en sus pijamas y después los contorneara con hilo, bordeando el vacío como quien dibuja una frontera de seguridad. Una ceremonia mínima para recuperar un ápice de control sobre un mundo roto. La artista lo recuerda en sus notas: “Bordé el contorno del agujero para marcarlo, dejando que los recuerdos y los pensamientos lo atravesaran”. La aguja como defensa mental, el hilo como exorcismo.

Las palabras de Clare Hunter en su libro Hilos de vida. Una historia del mundo a través del ojo de una aguja (2019, ed. inglesa) funcionan como cartografía y como caja de resonancia, amplificando lo que Al Solh encarna en sus pijamas perforados. Hunter recorre siglos y geografías para demostrar que la costura nunca fue un pasatiempo menor, sino un lenguaje cargado de poder y memoria.

Del tapiz de Bayeux a los pañuelos de duelo en América Latina, de las colchas bordadas en campos de concentración a las banderas sufragistas, el bordado aparece como un soporte histórico de resistencia, identidad y comunidad. “El bordado es una forma de fijar nuestra existencia en tela… dar voz a nuestra identidad, compartir algo de nosotras y dejar una huella imborrable en las puntadas de nuestras manos”, escribe Hunter.

El bordado, recuerda Hunter, suele ser “el último bastión de identidad para quienes lo han perdido todo”. Puntadas que anclan comunidades a la deriva, que reclaman una cultura, que mantienen viva la memoria frente a la destrucción. Paños que no son adornos, sino lamentos colectivos. Para Clare Hunter, coser es también un acto político silencioso, el hilo convertido en frontera contra el olvido, la aguja en herramienta de resistencia íntima.

El bordado como escritura de significado profundo. Los pijamas infantiles de Mounira Al Solh son un diario textil. Tejidos baratos, industriales, frágiles, elevados a objetos cargados de densidad simbólica. Cada agujero es cicatriz y herida, recuerdo y fuga, vacío y límite. La costura fija lo que de otro modo se perdería: “El bordado es una forma de fijar nuestra existencia en tela… dar voz a nuestra identidad, compartir algo de nosotras y dejar una huella imborrable en las puntadas”, escribe Hunter.

Tras atravesar las salas siguiendo el tendedero de pijamas bordados, el visitante se topa con una jaima mínima, una carpa sostenida por un pie de madera que acoge la proyección de la artista. Allí parece recogerse, como si ese espacio fuera el último perímetro seguro. Una tienda que evoca el refugio improvisado en medio de la violencia, un hogar precario entre la defensa y la vulnerabilidad.

La instalación de Al Solh y el ensayo de Hunter señalan que lo textil guarda lo que las palabras no alcanzan: puntadas que archivan traumas, oraciones bordadas, mapas del dolor y también refugios de esperanza.

Ver los pijamas colgados en Serralves es reconocer en la tela no solo el terror de una infancia en Beirut, sino también las memorias de tantas otras infancias atravesadas por la violencia. El tendedero de pesadillas de Al Solh se abre a la memoria global. En esa expansión, dialoga con las historias de Hunter. Las bordadoras anónimas, las mujeres en exilio, las comunidades desplazadas que con aguja e hilo han dejado constancia de su paso por el mundo.

En la exposición, el visitante avanza entre tejidos frágiles que parecen sostenerse solo por la obstinación del hilo. En el libro, se recorren siglos de bordados que han servido para afirmar identidades, resistir violencias, contener duelos. En ambos casos, lo que se trama es una narrativa alternativa: la historia contada desde lo íntimo, desde lo que se cosió en silencio mientras afuera se escribían las crónicas del poder y de las batallas.

En Serralves, en la misma temporada en que brillaba la retrospectiva de Maurizio Cattelan, la muestra de Al Solh ofrecía un contrapeso íntimo: un murmullo en medio del estruendo del arte-espectáculo. Mientras las grandes piezas se exhibían como gestos monumentales, la artista libanesa colgaba sus pijamas perforados como pequeños sismógrafos del miedo.

Este artículo de José An. Montero se publicó en colaboración con la Gazeta de Guatemala y con Nueva Tribuna.

Contenido relacionado