Roberto Bolaño, el gusto de mirarse en un espejo roto

Imagen de una persona con un aspecto similar al de Roberto Bolaño en una supuesta Librería Lello de Oporto, generada mediante inteligencia artificial a partir de varias imágenes procedentes de ficciones documentales sobre el escritor, también generadas con IA

Hubo un tiempo, antes de esta sobrescritura en la que vivimos, en que la literatura era un acto de resistencia física, casi un combate a puñetazo limpio contra la página en blanco: ese “boxear contra las sombras” del que hablaba Bolaño. Veintitrés años después de su muerte, la lucha ha cambiado de adversario. Hoy combatimos contra el camino fácil de subcontratar nuestros textos a la máquina.

Entré en el mundo de Bolaño antes de acabar el milenio, con sus detectives en la mochila, buscando huecos en cualquier momento del día para sumergirme en su periplo errante. De México a Nicaragua, pasando por Israel, Francia, España, Austria, Liberia…, convertí cada banco en una parada más de ese mapa disperso.

No soy capaz de ubicar el momento exacto en que descubrí los textos del chileno, pero sí recuerdo caminar durante mucho tiempo con la novela entre las manos. Aquellas horas de lectura, previas al scroll digital, me regalaron conversaciones con desconocidos que, con los años, maduraron en complicidades lectoras y se convirtieron en parte estructural de mi mirada. Sentirse entre cronopio y mongui.

Llegan a mis manos estos días, casi al mismo tiempo, falsificaciones de entrevistas a Bolaño y el libro que recopila sus entrevistas bajo el título Notas para una autobiografía (Alfaguara, 2026), donde se reúnen casi treinta años de conversaciones con el escritor, hoy convertido en mito. Un mito póstumo que ya exploró Montero Glez en La vida secreta de Roberto Bolaño, donde el autor juega de manera satírica a ser absorbido por la maquinaria del chileno, difuminando la frontera entre vida y papel.

Bolaño, consciente del oficio, sabía que también él participaba en su construcción. La imagen del escritor maldito, curtido en las noches del alcohol y las drogas, resultaba mucho más vendible que la del padre que se sentaba a escribir de madrugada antes de que su hijo despertara. Como recuerda Serralvo en su reciente La sombra de los perros románticos (Navona, 2026), “el yo que escribe es también un yo que imagina…”, una idea que ilumina bien el juego de espejos entre el Bolaño real y la leyenda.

Si a las tres obras citadas añadimos la reedición de A la intemperie (Alfaguara, 2019), donde se reúnen sus colaboraciones periodísticas, intervenciones públicas, conferencias, prólogos, reseñas y ensayos, la cara del Bolaño mítico acaba difuminada en mil espejos. Seguimos enganchados a la dopamina del chileno, a ese golpe de corriente eléctrica en el pecho que definió Patti Smith. Pura poesía en la basura contemporánea.

Como escribe Jorge Volpi en el prólogo de A la intemperie: “Quien ansíe hallar en estas páginas a Roberto Bolaño, al verdadero Roberto Bolaño (…) de seguro terminará decepcionado, pues (…) no cabe un solo Bolaño, acaso porque la idea de un Bolaño unívoco sea imposible o intolerable, sino decenas de Bolaños distintos, de Bolaños contradictorios y mal amalgamados…”, y añadiría: muchos de esos Bolaños fueron inventados por los demás, pero también por él mismo.

Una suerte de cuento que acaba en tragedia durante sus últimos años: la noticia de la muerte de Mario Santiago Papasquiaro, su alter ego en la ficción, Ulises Lima, le llegó el mismo día en que entregó a imprenta la última corrección de Los detectives salvajes, cerrando con un broche de sangre el ciclo vital de los real visceralistas. Después, su enfermedad hepática, que le iba enseñando el final de su calendario y que convirtió en leyenda con la entrega del manuscrito de El gaucho insufrible, justo antes de ingresar en el hospital para no volver a salir.

En las últimas entrevistas, la muerte ya no es una abstracción literaria. Pide llegar al cementerio por sus propios medios. Pide una ceremonia vikinga. Montero Glez imagina entonces un Bolaño que sigue existiendo, que salió del cementerio por su propio pie, convertido en personaje. Quizá los cuatro libros merezcan leerse al mismo tiempo y no de uno en uno, tal como Bolaño recomendaba abordar los cuentos: “Si uno aborda los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte”, o, lo que es peor, creer tener la versión verdadera de Bolaño. Ni el revolucionario de veinte años que quiere hacer la revolución con la poesía, ni el escritor anónimo que lee compulsivamente mientras gana concursos de cuentos. Todos a la vez y alguno más: son sus propios Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos y Bernardo Soares, pero también Alexander Search, António Mora, Vicente Guedes o Raphael Baldaya, pues si Pessoa es capaz de habitar todas estas pieles, Bolaño logra que todos sus Bolaños convivan en un mismo cuerpo.

Tras la urgencia del marketing y de la prensa amarilla teñida por las disputas de su herencia, quedan sus novelas, pero también sus entrevistas, sus pensamientos, sus espejos, sus Bolaños heterónimos, los reales y los fantaseados, sus saltos a la intemperie, sus cuentos escritos de nueve en nueve, su viaje sin retorno. Como escribiera en las páginas de Los detectives salvajes: “Déjenlo todo, nuevamente, láncense a los caminos”.

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