Susana Cámara Leret: Pulpa amarga, canto verde

Por José An. Montero

El olor de la lana negra invade la sala de la Fundación Díaz-Caneja de Palencia. Dos metros por dos metros de lana parecen sembrados sobre un tapiz de madera, como si alguien hubiese intentado cultivar la sombra. Al lado, un panel similar de lana blanca. Pero son lanas distintas y huelen diferente. Ambas conforman un umbral, un archivo invisible que se abre no con los ojos, sino con la nariz. La magdalena de Proust se disfraza aquí de vellón merino: un detonador de memoria arcaica, mucho más profunda y más primitiva que cualquier otra memoria humana. Quizá ahí resida lo que nos hace humanos, la primera respiración compartida entre materia y conciencia. Se trata de las piezas Filogramas 001 (I & II), 2019–2025, realizadas con lana merina enfieltrada.

La sala es un espacio de viaje sensorial, donde el negro y el blanco —contrapunto visual y olfativo— funcionan como polos de una memoria ancestral, como una puerta que abre la exposición desde la parte más primitiva de la mente.

“Verde, pulpa, riqueza” es el título de la propuesta de Susana Cámara Leret, que puede visitarse en Palencia hasta el 5 de octubre de 2025. Nace de la investigación que la autora desarrolla desde 2019 dentro del proyecto “Ecologías del lúpulo”, en los valles del Órbigo y Porma, en León.

Activada la memoria olfativa, con toda su potencia evocadora, la propuesta de Susana Cámara Leret dialoga con nuestros sentidos directamente desde la respiración, ese flujo invisible que transporta mensajes capaces de detonar emociones y recuerdos, incluso los no vividos. La exposición se abre a un plano más consciente y complejo; esta propuesta trasciende lo expositivo: es “un archivo vivo que combina botánica, diseño, antropología y arte”, construido desde hace seis años con campesinos, investigadores y artistas.

La lupulina, motor de la exposición, es esa resina dorada que segrega la flor del lúpulo, materia prima de la cerveza y lubricante de los mercados de futuros. El lenguaje campesino de la comarca la bautizó “riqueza”. La palabra encierra la promesa de prosperidad, pero también la paradoja de un bienestar amargo. “Las manos se te quedaban ásperas”, recuerdan las lupuleras, y en esa frase resuena una economía política de la piel. Lo que alimenta al mercado erosiona el cuerpo.

“La mano que trabaja retiene la memoria de aquello que transforma”, escribió Richard Sennett. La lupulina pega, impregna, marca la memoria. En ella se concentran la dureza del campo y la fragilidad de un modo de vida que sobrevive casi testimonialmente.

La artista articula, desde una mirada poética y crítica, los testimonios y la memoria cultural de este territorio, que apenas se sostiene ya en el recuerdo de los más mayores. Lo muestran los diez mástiles de castaño —“tutores”, les llaman en el argot agrícola de la zona— que sostienen el techo de la sala, rescatados de las infraestructuras de cultivo de los años sesenta.

En la pieza Wealth (2025), seda y lana merina teñidas con la lupulina recogida de los engranajes de una máquina peladora, junto a tallos y hojas, se convierten en manifiesto material. La obra transforma el residuo agrícola en color, textura y piel, como si la memoria del cultivo hubiera quedado incrustada en la fibra misma. La riqueza, aquí, es huella, cicatriz y, a la vez, estandarte.

Si el viaje comenzó con el olfato, la exposición se cierra con los oídos. Geofonías del lúpulo es un doble vinilo con cantos de trabajo de lupuleras del Órbigo y una pieza sonora construida a partir de los sonidos del cultivo. Escucharlos es entrar en un letargo verde, en esa ambigüedad que oscila entre la falta de sueño de la cosecha y el sopor narcoléptico que induce la flor femenina del lúpulo. El verde de las flores es metáfora de un territorio rural atravesado por tensiones globales. Entre la esperanza y el estancamiento, el lúpulo es la planta que canta y duerme a sus cuidadores.

Las canciones populares, recopiladas en un doble vinilo —“¿Cómo quieres, niña, que te vaya a ver, si vengo del campo al anochecer?”—, son cantos de amor y de fatiga, de ausencia y de comunidad. El filandón leonés, esa práctica de reunirse a hilar y contar, sobrevive aquí agarrado a las canciones: una contramemoria que no cabe en estadísticas ni en balances de exportación.

El proyecto, lejos de cerrarse en la sala, continúa como una plataforma de investigación colectiva. Ecologías del lúpulo articula voces, imágenes y objetos que evidencian la fricción entre tradiciones locales y dinámicas globales.

La exposición no es tanto un retrato del lúpulo como un mapa de sus resonancias: en la lana de los rebaños trashumantes, desplazados por el monocultivo; en las manos curtidas de las lupuleras; en el color verde que atraviesa territorios, mercados y canciones. El lúpulo es aquí un territorio semántico y material, donde se cruzan memorias rurales, economías globales y futuros inciertos.

Susana Cámara Leret (Madrid) investiga desde el arte y el diseño la relación entre materia, memoria y territorio. Licenciada en Bellas Artes por la UCM y máster en Diseño por la Design Academy Eindhoven, su obra se ha mostrado en centros como MUSAC, Tabakalera o el Museum Boijmans Van Beuningen de Róterdam. 

La exposición “Verde, pulpa, riqueza”, de Susana Cámara Leret, puede visitarse en la Fundación Díaz-Caneja de Palencia hasta el 5 de octubre de 2025.

Contenido relacionado