
Proyecto pictórico-textil que construye una genealogía comunal del paisaje, donde el gesto manuscrito y cosido se entrelaza con la naturaleza autóctona desde una mirada femenina, memorativa y regenerativa.
Los recuerdos no perduran. Se pierden con la persona que los ha vivido. Desaparecen las imágenes que uno añora, los olores, la luz, los restos del pasado. No hay forma de plasmar una vida, de transmitirla con la profundidad que uno la siente. Tampoco existen objetos cotidianos que atrapen la esencia de nuestra memoria. A menudo me pregunto a qué recurrir cuando trato de volver a ellos; invocarlos.

Me arropo con una colcha hecha a mano por mi madre, pero no existiría de no ser por la influencia de mi abuela, tampoco sin toda esa cadena femenina de generaciones humanas que han tratado de traer la luz a territorios duros, fríos, y, a menudo, víctimas del olvido. Al subir al cerro aquella mañana vuelvo a pensar en todas los recuerdos que se pierden, y perderán. Miro el puñado de construcciones que afloran a orillas de un Júcar estrecho y diminuto, la plaza, los bares, los caminos que todos toman; y al entrecerrar los ojos, todavía encima del cerro, todos caben sobre la palma de mi mano. Al hablar con los locales nacen en mí imágenes invisibles, inventadas, pero en sus ojos sí existen. El territorio que veo no es el que ellos recuerdan. Me pongo a coser en la plaza. Coso las sombras de las flores que han visto en su infancia, coso apuntes de su vida, de hogares y vidas pasadas. No trabajo la nostalgia, yo coso miradas. Eso me arropa, a mí y a los recuerdos que ansío proteger.
