
En cientos de ocasiones subí las escaleras que dan acceso al Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca para encontrarme de frente con el Abesti gogorra IV. Un hachazo detenido en el aire, un golpe seco que parece seguir resonando. Toscos e irregulares troncos de madera, convertidos en prismas, con las marcas de la azuela visibles, flotaban con paradójica levedad, como si navegaran en las aguas del Júcar. Alma de ganchero, memoria de río. La madera guardando el silencio de los golpes, podría decir Carver.
De improviso, la encuentro en el Palacio del Conde de Villena. Tras ella, un Cristo gótico de taller leonés, madera policromada del siglo XIII, en un diálogo intenso y silencioso. El áspero rumor de la madera frente a la espiritualidad medieval. El Cristo delicado y el canto de madera tosco, sin pulir, hablan el mismo idioma.

Ese diálogo entre tiempos y materiales es precisamente la base de la exposición. Más de medio centenar de piezas de hierro, madera, alabastro, tierra, acero, granito, porcelana, papel han viajado desde colecciones públicas y privadas para colocarse frente a tallas góticas, renacentistas y barrocas de Felipe Bigarny, Juan de Juni, Gregorio Fernández, Pedro de Mena o Pablo González Velázquez. Como explica el comisario Mikel Onandia, el resultado es un inédito y sugestivo intercambio “formal, material, poético y conceptual” que permite reconocer la profunda carga espiritual compartida entre las imágenes religiosas del Barroco y el espacio interior de las esculturas de Chillida.
En 1981, coincidiendo con el regreso del Guernica, el Museo del Prado presentó la exposición El Prado en el Prado. Era la primera vez que las vanguardias del siglo XX entraban en el templo del clasicismo. El arte contemporáneo entraba en el canon oficial.
Algo más de cuarenta años después, y también casi celebrando el centenario de su nacimiento, Eduardo Chillida (1924-2002) llega al Museo Nacional de Escultura de Valladolid. Allí, la obra del artista donostiarra entra en diálogo con crucificados góticos y vírgenes románicas, demostrando una vez más la universalidad del arte: capaz de hablar en un plano equivalente. En este caso, de la mística, de la materia sin materia, del espacio interior. San Juan de la Cruz hablaba de la “música callada, soledad sonora”, un verso que Chillida tomó como brújula para buscar la levitación espiritual de sus moles de hierro: la materia convertida en aire.

El primer territorio de Chillida fue el hierro. Un cosmos forjado en fragua y silencio. Violencia abstracta, pesada, pero espiritual y mística. Hierro negro y aire. Lucha y meditación. El fuego como altar primigenio. Luz negra frente al alabastro de su siguiente etapa. Una fuga hacia nuevos espacios donde encontrar la claridad de la piedra. Sus piezas recuerdan templos en ruinas Restos de lo sagrado en lo contemporáneo.
Sin embargo, en sus trabajos en madera late la tradición de la imaginería peninsular, acentuada por el diálogo con las tallas medievales. Son esculturas que respiran, que laten todavía. Orgánicas, astilladas, heridas. Una genealogía de golpes y cicatrices, piezas vivas.

Como recuerda Alejandro Nuevo Gómez, director del Museo Nacional de Escultura, “acercarse a la figura de Chillida desde una perspectiva amplia, y también a través de obras suyas menos conocidas, en diferentes tamaños y materiales, permitirá comprender mejor su trayectoria vital, su espiritualidad y sus creencias”. El museo abre así “un diálogo entre el autor donostiarra y algunas de las piezas más singulares de nuestra colección”, en un proceso de apertura conceptual que permite lecturas críticas y visiones poliédricas sobre la escultura española.
Un ejercicio de experimentación necesario, pero también de descentralización y democratización cultural: armar una de las exposiciones del año en Valladolid es recordarnos que el derecho a la cultura no se ejerce solo desde la normativa, sino en la práctica viva. Como señala Ángeles Albert de León, directora general de Patrimonio Cultural y Bellas Artes, “abrir una institución como el Museo Nacional de Escultura al arte contemporáneo es un ejercicio necesario de experimentación que nos ayuda a comprender que, a lo largo de los siglos, algunas pulsiones creativas permanecen inmutables”.
Chillida. Mística y materia no es solo una exposición: es un llamado a perderse en la densidad y en la luz de los materiales, a dejarse arrastrar por esa conversación de siglos donde hierro, alabastro, madera o barro son formas abiertas de lenguaje. Una invitación a dejarse llevar por la materia trabajada en manos de escultores de diferentes épocas que, en todos los casos, forman parte de la riqueza con la que el ser humano ha tratado de expresarse a través del arte.