María Terremoto y un viento de los malos

Por José An. Montero

Allá donde miremos, la muerte y la música están íntimamente vinculadas, escribió Ted Gioia en su Historia subversiva de la música. En una sociedad que ha apartado la muerte y sus rituales de la experiencia cotidiana, esa relación, tan ligada al espíritu humano, vuelve a aflorar constantemente desde los escenarios. Desde aquel Los Ángeles de Rosalía hasta este Manifiesto de María Terremoto, el flamenco reciente ha vuelto a situar la muerte en el centro de algunas de sus propuestas más singulares. María Terremoto lo hace ordenando la sucesión de los palos como una verdadera arquitectura del duelo. Todas las penas se pueden sobrellevar convirtiéndolas en una historia o en un cante, o al menos el ser humano lo intenta constantemente.

Ese viento de los malos, que cuando llega arrasa con todo. Las alegrías con las que arranca el recital dejan pronto de ser celebración para convertirse en dolor extremo. «Yo había perdío la caló de mi padre y de mi madre». El recital gira entonces hacia una soleá por bulerías, donde la muerte ocupa el centro del escenario. Blanco radiante. Un blanco que ciega, como si la nieve ardiese y las rocas que rodean el Parador fueran a resquebrajarse de un momento a otro.

Más que la tragedia griega de la puesta en escena original, la versión más íntima que presentó en Estival Cuenca se acerca al ciclo doloroso de la Madre en la Semana Santa, que vuelve a repetirse cada primavera, como María lo repite en cada actuación. Extiende los brazos y muestra las palmas como una Dolorosa incapaz de encontrar consuelo, a la que por momentos parece escapársele una lágrima de unos ojos convertidos en esmeraldas.

De las palmas extendidas al puño cerrado. Del Dolor a la Pena. Del Miedo a la Ira. De la soleá por bulerías al fandango. De los tangos a las bulerías. Un recorrido donde el duelo va encontrando su propio compás. Con las palabras justas, acompañada en la guitarra por Nono Jero y unas discretas palmas que, como un coro griego, saben cuándo retirarse del escenario para dejar sola a la tragedia. El resto es sentimiento desnudo. Vida que habita en la sangre.

María Terremoto ha pasado en un año de cantar la tragedia familiar, inseparable en aquellos primeros momentos de su nombre, a cantar una tragedia que pertenece a cualquiera. Si entonces escribí que “María Terremoto, cuando canta sola, lo hace como si cantara también para quienes ya no tienen cuerpo, pero siguen presentes. Solo voz que viene de una raíz que se abre paso entre las losas del suelo hasta llegar a donde yace seca tanta sangre derramada”, en esta versión aún más íntima, con la hoz del río Huécar oscura al fondo y la silueta negra del Puente de San Pablo, donde todavía permanecen atados algunos ramos de flores secas en recuerdo de quienes desaparecieron en sus profundidades, la hondura es aún más terrible. 

Es la misma mancha de sangre que brota desde el fondo de La brecha de Víznar (1966), de José Guerrero, expuesta justo enfrente, en el Museo de Arte Abstracto Español de las Casas Colgadas. Mientras María canta, la estructura de madera que sostiene el edificio acaba adquiriendo la forma de una calavera descarnada sobre la hoz del Huécar. “Después de tanto sufrir… después de tanto sufrir y llorar, me toca reír y cantar. Porque me siento más fuerte que nunca…”.

La noche del 30 de junio de 2026, el ciclo Estival Flamenco, integrado en la decimoquinta edición de Estival Cuenca, reunió en el Escenario Alhambra del Parador de Cuenca a la formación conquense Pasión Flamenca, integrada por Manuel Bustamante (cante), Chema Bautista (guitarra) y Daniel Bustamante (cajón), y a la cantaora jerezana María Terremoto, acompañada a la guitarra por Nono Jero. La actuación de la artista gaditana puso el broche a la velada y concluyó con la entrega del Premio José Luis Perales al Talento Musical Joven, con el que Estival distingue cada año a intérpretes menores de treinta años cuya trayectoria ya apunta una voz propia.

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