María Terremoto. Dolor, Pena, Miedo e Ira.

Por José An. Montero

DOLOR.

Unas sillas de anea en la penumbra y el riesgo de lluvia acechando. El Patio del Antiguo CIM espera. María Terremoto, cuando canta sola, lo hace como si cantara también para quienes ya no tienen cuerpo, pero siguen presentes. Solo voz que viene de una raíz que se abre paso entre las losas del suelo hasta llegar a donde yace seca tanta sangre derramada.

PENA.

Madera y alma, viento. María se planta firme y deja que el cante la atraviese. Junto a Nono Jero, suenan los toques justos, precisos, hondos. Las palmas de Manuel Cantarote y Juan Diego Valencia la sostienen, flotando sobre el escenario. El lamento es claro, directo. María canta desde la memoria de sus genes.

MIEDO.

A veces se queda quieta, los ojos cerrados, y el silencio es oración. El miedo desaparece cuando algo es verdadero. Cada palo tiene su peso, su respiración, sus miedos conjurados. No se necesita explicar nada. Quien escucha, entiende más allá de los oídos. Canta desde el cuerpo, desde el cansancio, desde el cuidado de lo aprendido en la infancia.

IRA.

El aire se tensa. Dicen que suena una bulería. Ya no importa lo terrenal. El ritmo acelera y los pies golpean bajo las sillas. María se crece, no para desafiar, sino porque el escenario le queda justo. El blanco de su vestido se mueve con fuerza, como una bandera. La rabia desatada se transforma en valor frente al eterno seguir caminando de su sangre.

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