Rocío Marquez, la voz arde

Por José An. Montero

Rocío Márquez regresó a Estival Cuenca con Himno vertical, un proyecto para voz y guitarra junto a Pedro Rojas Ogáyar presentado en su formato más esencial.

Si en sus anteriores visitas a Estival descubrimos Firmamento, Visto en El Jueves y Tercer Cielo, en esta edición Rocío Márquez invierte el camino. Después de ensanchar durante años los límites del flamenco, Himno vertical los contrae hasta dejar casi sólo una voz y una guitarra. Y consiguió dos pequeños prodigios. Por un lado, los diez primeros minutos más silenciosos que se recuerdan en el Parador, hasta el punto de escuchar más de una garganta tragando saliva mientras el público trataba de asimilar lo que ocurría sobre el Escenario Alhambra. Por otro, una de las ovaciones más inmediatas que ha vivido el festival. Entre ambos extremos, Himno vertical.

Tras años ampliando su lenguaje, Himno vertical, el nuevo trabajo de Rocío Márquez junto con Pedro Rojas Ogáyar, sorprende justo por lo contrario. No añade más capas. Las retira. Afila el flamenco como un lápiz para “copiar al dictado”, recuperando un verso de Juarroz, cuya Poesía vertical es el germen del que nace esta propuesta.

El ecosistema cultural premia la repetición antes que el descubrimiento. Refritos, remakes y otros platos precocinados reorganizan una y otra vez las mismas piezas, afinan las fórmulas que ya funcionaron y devuelven versiones apenas distintas de aquello que ya conocemos. Frente al hambre de redundancia, el arte introduce incertidumbre, asume riesgos. “La realidad sólo se descubre inventándola”, escribió también Juarroz.

Rocío lleva tiempo buscando esa versión contemporánea del grito flamenco. Juega con la voz rota, expandida, gutural y fuera del cante cómodo. Explora. “Lo que no está vivo está muerto”. El arte sólo puede seguir vivo si acepta el riesgo de no reconocerse del todo. “Me llegan voces. Me dictan cosas. No sé qué cosas. Son vibraciones… Estoy atenta desde mi adentro”, recita en Dictado.

La voz de Rocío explorando y las guitarras de Pedro Rojas Ogáyar ensanchando el paisaje, abriendo horizontes, en tensión pero en complicidad, desde lo íntimo, pero también interrogando el misterio de la vida. Las cuerdas de la Stratocaster se tensan como las vocales de Rocío. Ambas parecen estirarse hasta el límite de la fractura, buscando la profundidad de una herida inexplicable. Cuerdas en tensión.

«Del fuego de la pasión que nos alza en su vuelo hasta el mismo tercer cielo donde somos como Dios”, canta Rocío Márquez en la guajira que marca el punto de inflexión del concierto y sirve de puente entre una primera parte dominada por el duelo y otra en la que comienza a abrirse paso la luz.

Y al final llegó el final. Y como en todo trance, hay que buscar la manera dulce de volver a la realidad. Entonces Rocío, desprovista de micrófonos, cantó A querer y a perdonar, de Julián Estrada, la canción que había recuperado en Visto en El Jueves. “Yo quiero enseñar a mi niño a querer… y a perdonar”. Después se hizo la noche. De nuevo.

«Sé que la sombra es un fruto que ha madurao a destiempo, y al apretarla da el jugo de la luz que lleva dentro”. Rocío Márquez y Pedro Rojas Ogáyar atraviesan la sombra. La habitan. La exploran hasta descubrir el último resquicio de luz. “¡Hay que abrirse del todo frente a la noche negra, para que nos llenemos de rocío inmortal!… ¡Hay que arañarse el alma con garras de tristeza para que entren las llamas del horizonte astral!”, escribió Lorca. De nuevo, Lorca.

Rocío Márquez presentó el 1 de julio de 2026 en el escenario del Parador de Cuenca, dentro de Estival Cuenca, Himno vertical, el proyecto que comparte con el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar y que obtuvo el Premio MIN al Mejor Álbum Flamenco. Era la cuarta visita de la cantaora onubense al festival, aunque, como recordó la propia presentación, cada regreso ha supuesto una propuesta distinta. El concierto, precedido por la actuación de la compositora conquense Alicia Castillo, redujo al mínimo los elementos escénicos: voz, guitarra acústica y eléctrica, algunos procesos sonoros y la palabra como hilo conductor de un repertorio nacido de la improvisación, inspirado en Poesía vertical de Roberto Juarroz y construido principalmente sobre letras escritas por la propia Rocío Márquez.

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