Isabel Villanueva y el comienzo del estío

Por José An. Montero

La violista abrió los conciertos de abono de Estival Cuenca en el Patio de la Limosna de la Catedral de Cuenca recibiendo el Premio Solán de Cabras a la Trayectoria Musical con un concierto de música clásica con raíz popular.

Llega el verano, las vacaciones escolares y los largos atardeceres del estío que, vividos a la fresca, dan respiro a los calores del día. Llega el verano en Cuenca y con él llega Estival. Trece años de celebración musical para estos primeros días del verano conquense. Y aunque sea solamente el segundo año del escenario del Patio de la Limosna del Claustro de la Catedral de Cuenca, hemos fantaseado muchas tardes oscuras de invierno con volvernos a encontrar aquí a celebrar el verano y la vida en la hoz del Huécar. 

Así terminaron precisamente su concierto Isabel Villanueva y Antonio Galera, celebrando la vida bajo el arco que da entrada a este maravilloso patio que como la madriguera de conejo de Alicia nos lleva desde la Ronda de Julián Romero a un lugar asombroso desde el que se puede ver la cornisa superior de la ciudad, el hocino de Federico Muelas, la hoz del Huécar y al antiguo convento de San Pablo. Cuando la mente de Marco Antonio de la Ossa, director del festival, imaginó este primer concierto de Estival nos regaló el atardecer del año. 

El año pasado, este espacio lo estrenó el armonicista Antonio Serrano, en esta ocasión fue la violista Isabel Villanueva. Dos nombres mayores de la música clásica española que arriesgan a salir de los auditorios de acústica perfecta para actuar al aire libre, a pesar de que el viento y los vencejos, esa luciérnaga celeste de Unamuno, pero también algún que otra moto de ruidoso tubo de escape. Al menos la selección española, que jugaba a esa hora con Georgia, tuvo a bien esperarse a golear a la selección georgiana hasta que no terminó el concierto. Todo lo compensaron los minutos de mirada perdida en el horizonte mientras Isabel Villanueva y Antonio Galera, esmerado y generoso al piano, parecían capaces de caminar magistralmente con sus bailarinas doradas sobre esa hilo mágico que conecta la música clásica y las melodías populares. Entre la Catedral, el skyline popular de la ciudad y la vegetación exuberante de la Hoz.

La violista navarra presentó hace unos meses su reciente trabajo Ritual, “en una hermosa y secreta ceremonia oficiada por Villanueva”, según palabras de Arturo Reverter, en el ambiente silencioso de la Sala Negra de los Teatros del Canal de Madrid. Esta ocasión, presentó un programa de piezas con raíz popular, que a pesar del contraste fue capaz de mantener ese espíritu de entrada a “lo misterioso y de vehículo que nos conduce a esta terra incognita” capaz de conectarnos con la Tierra que es la hoz del Río Huécar. 

El sonido de la viola turinesa de Enrico Catenar fechada en 1670 hizo de intermediaria en esta conexión de tantos mundos. La Suite Popular Española de Manuel de Falla, incluyendo su estilizada jota, en la que Isabel Villanueva abrió de par en par su abanico de registros y de adentrarnos en los secretos de un instrumento seductor capaz de trasladarnos hasta un Cretácico poético. 

Después vendrían los Requiebros de Gaspar Cassadó, una dosis maravillosa de Piazzola, un acercamiento a lo contemporáneo con los poemas del brasileño Marlos Nobre, la única pieza del programa originalmente escrita para viola y piano, las bellas Czardas de Vittorio Monti, con las que Isabel Villanueva mostró parte de la maestría técnica que la ha convertido en una de las violistas de referencia mundial, para desembocar con la explosión de color y ritmos de las Danzas Populares Rumanas de Bartók.

Como Alicia al salir de nuevo a la realidad, pasaremos un año entero esperando que las puertas del patio de la Limosna, a modo de madriguera mágica, se abran de nuevo para que Estival vuelva a asombrarnos con las posibilidades solistas de instrumentos como la viola o la armónica. 

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