Neopercusión y los ecos de Estival

Por José An. Montero

Como Alicia al regresar a la realidad, hemos pasado un año entero esperando que las puertas del Patio de la Limosna, esa particular entrada mágica a la hoz del Huécar, vuelvan a abrirse para que Estival nos sorprenda de nuevo con las posibilidades de instrumentos como la armónica, la viola o, este año, la marimba.

Regresó el estío. Y con él los vencejos, las tormentas de verano que ponen fin a los días abrasadores, los sonidos de una ciudad viva, las rachas impredecibles de viento que susurran entre los instrumentos y deslizan las sillas por el patio. También el reencuentro con quienes comparten el placer por la música y por entender la cultura. Arrancó Estival y lo hizo con los ecos de Falla.

Neopercusión estrenó su particular lectura de Falla con el espectáculo El eco de Falla. Música, palabra y memoria. 150 aniversario de Manuel de Falla (1876-1946), articulado en tres grandes bloques. El maestro gaditano ponía el broche final a un recorrido que culminaba con una versión para ensemble de percusión de sus Siete canciones populares españolas, en arreglos de Juanjo Guillem y la propia formación. Aquel recorrido desembocó en una tormenta de verano, como si el propio paisaje conquense hubiera querido sumarse a un concierto atravesado por la tensión, la magia, los «sonidos negros» y unas fuerzas primitivas que terminaron desbordando el escenario.

Estival comenzó este año con una selección de canciones tradicionales de distintos países que Luciano Berio reunió y adaptó en su ciclo Folk Songs (1964), y que Neopercusión volvió a filtrar a través de su propio lenguaje sonoro, sustituyendo el acompañamiento original por un universo de marimbas, vibráfonos, gongs, láminas e instrumentos de percusión procedentes de muy diversas tradiciones musicales. Sobre esa arquitectura tímbrica, Juanjo Guillem, Rafa Gálvez y Eloy Lurueña dialogaron alternativamente con la soprano Rosa Miranda y el tenor Ariel Hernández, quienes guiaron ese viaje de lenguas y sonoridades.

Tras este primer bloque, la compositora Reyes Oteo presentó el núcleo del concierto con tres piezas de creación propia sobre textos de Gamel Woolsey, Paul Bowles y Gerald Brenan, tres autores anglosajones cuya obra mantuvo una estrecha relación con España y cuya mirada literaria dialoga con la cultura tradicional española.

Un viaje de ida y vuelta que alcanzó su momento más intenso en la pieza inspirada en Gerald Brenan y Federico García Lorca. Mientras la percusión contemporánea evocaba el paisaje sonoro de Víznar y la voz recuperaba versos de Lorca, las primeras gotas de lluvia irrumpieron sobre el Patio de la Limosna, obligando a interrumpir el concierto durante unos minutos. Lejos de romper el clima de la obra, la amenaza de tormenta y el sonido real del agua añadieron un dramatismo inesperado a una partitura concebida precisamente como un diálogo de voces, memoria y paisaje.

El tramo final quedó condicionado por esa circunstancia. El programa anunciado incluía las Siete canciones populares españolas, pero la realidad del directo obligó a reducir el recorrido. La amenaza constante de una nueva tormenta imprimió a la interpretación un ritmo más urgente del previsto, aunque también aportó una frescura cercana a la improvisación. La música se desarrolló con la tensión propia de quien sabe que el siguiente chaparrón podía poner punto final al concierto en cualquier momento, una incertidumbre que terminó por convertirse en un ingrediente más de la velada.

Quizá la imagen más significativa de la velada llegó con la lluvia. Mientras los músicos protegían los instrumentos, el público colaboró espontáneamente con la organización para retirar las sillas. Al término del concierto, intérpretes y espectadores compartieron durante un buen rato refugio bajo el pasillo cubierto de acceso al Patio de la Limosna, entre los elementos arquitectónicos y escultóricos allí conservados, procedentes de distintas fases constructivas de la Catedral de Cuenca.

Ese desenlace imprevisto terminó convirtiéndose, paradójicamente, en uno de los momentos más memorables de la noche, evocando inevitablemente aquella edición de 2019, cuando la lluvia obligó a trasladar el concierto de Depedro al interior del Parador, en uno de los episodios más memorables de la historia de Estival Cuenca. Este primer concierto «verde» de Alhambra conserva, afortunadamente, el mismo espíritu que caracterizó las catorce ediciones «azules» de Solán de Cabras. Cosas de Estival.

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