Otro Beethoven, otro Carlos Núñez

Por José An. Montero

Eran exactamente las 21:49 horas cuando Carlos Núñez iniciaba el ritual del An Dro bretón pidiendo al público asistente a Estival en el Parador de Cuenca que entrelazara los dedos meñiques en una larga cadena humana y comenzara esta danza comunitaria, una de las más antiguas de la Europa céltica. Justo en ese minuto apareció sobre el cielo de Cuenca la «luna de fresa». Fue el clímax de una velada que ya venía gobernada por el influjo de las «horas meigas».

Con la noche cayendo sobre el Escenario Alhambra y el público sobre las tablas, con los dedos unidos mientras danzaba el An Dro, uno de los rituales comunitarios más antiguos de la Europa atlántica, Carlos Núñez descendió del escenario. El gaitero cruzó el patio de butacas saludando a los asistentes, que habían agotado las entradas desde semanas antes, y desapareció entre las rocas de la hoz.

Fue entonces cuando irrumpieron las dulzainas del grupo conquense Tiruraina, haciendo sonar sus lengüetas para devolver al público al paisaje sonoro castellano. Ya con la noche completamente cerrada y el perfil iluminado de las Casas Colgadas recortándose al fondo, se consumaba el final de la velada. Atrás quedaba una hora y media de concierto en la que Carlos Núñez había guiado al público por un recorrido que descubría las conexiones entre el Beethoven menos conocido y el universo de la música tradicional atlántica.

Recuperar, tras dos años de ausencia obligada por las obras de rehabilitación, el escenario del Parador de Cuenca supuso también el reencuentro con uno de los espacios más emblemáticos de Estival. Volver a contemplar cómo la luz se transforma lentamente sobre la hoz del Huécar mientras el perfil de las Casas Colgadas emerge con la caída de la noche fue recordar por qué este lugar forma parte de la identidad del festival. Han pasado dos años y muchas cosas han cambiado, pero la música sigue encontrando aquí un espacio único.

Treinta años después de la publicación de A Irmandade das Estrelas, el primer disco en solitario de Carlos Núñez, que contribuyó decisivamente a situar la música gallega en el panorama internacional, continúa escapando de la repetición y de la nostalgia. Cada nuevo proyecto supone el comienzo de un nuevo viaje y, en esta ocasión, conduce a uno de los rincones menos transitados del catálogo de Ludwig van Beethoven, un compositor del que, tras la celebración de su 250 aniversario, parecía que ya lo habíamos escuchado todo.

Con motivo de aquella celebración, el músico gallego puso en marcha Celtic Beethoven, una investigación artística que recupera parte de las cerca de doscientas canciones tradicionales irlandesas, escocesas y galesas armonizadas por Beethoven entre 1809 y 1820 para el editor escocés George Thomson. Un repertorio inmenso que, sin embargo, permanece prácticamente desconocido, eclipsado por las grandes sinfonías, los cuartetos y las sonatas para piano.

Carlos Núñez parte de esas partituras para recorrer el camino de vuelta hasta las melodías de las que nacieron. Conserva las armonías escritas por el compositor y devuelve a esas melodías el ritmo, la ornamentación, los timbres e incluso, en algunos casos, las lenguas originales de las tradiciones musicales de las que procedían. La propuesta, presentada inicialmente como un videoconcierto durante la pandemia, ha ido creciendo hasta adoptar distintos formatos, desde una producción sinfónica estrenada en Francia junto a la Orchestre National de Bretagne y el barítono Bryn Terfel hasta esta versión de cámara que recaló en Estival Cuenca.

Acompañando a Carlos Núñez estuvieron la arpista bretona Bleuenn Le Friec y la violinista y cantante María Sánchez, con raíces familiares en Carboneras de Guadazaón. Le Friec asumió con el arpa el papel que en las partituras originales correspondía al piano, aportando el soporte sobre el que descansó buena parte del concierto. María Sánchez, por su parte, alternó el violín con una voz natural y cercana que convenció especialmente en Sunset y The Fair Maids of Mona, donde recuperó el aire popular con el que fueron concebidas estas canciones.

Carlos Núñez volvió a demostrar que, además de un prodigioso músico, es también un excelente divulgador sobre el escenario. Sus conciertos son un diálogo con el público, en el que cada pieza encuentra su contexto histórico, literario o musical. Explicó el origen de estas canciones, habló del editor George Thomson y defendió la influencia que este repertorio ejerció sobre algunas de las grandes obras de Beethoven. Incluso estableció un sorprendente paralelismo entre el scotch snap, característico de la música escocesa, y determinados patrones rítmicos presentes en el trap. Es una muestra de la capacidad de Carlos Núñez para establecer relaciones aparentemente inverosímiles que a los demás se nos escapan y hacer que parezcan naturales.

Celtic Beethoven invita a replantearse hasta qué punto la frontera entre la música culta y la música popular es una construcción posterior. Al recuperar un repertorio que suele aparecer como un apéndice menor del catálogo beethoveniano, el proyecto descubre una faceta menos conocida del compositor, estrechamente vinculada a la tradición oral, y devuelve estas melodías a su condición original de música viva, ligada al baile, a la celebración y a la memoria colectiva.

La entrega del Premio Manuel Margeliza 2026 puso el broche institucional a una noche que confirmó el excelente momento creativo del músico gallego. Treinta años después de su primer disco en solitario, Carlos Núñez sigue demostrando que la tradición permanece viva cuando continúa reinterpretándose. Este proyecto invita a descubrir que, junto al Beethoven de las grandes sinfonías, existió otro compositor que encontró en la música popular una parte esencial de su inspiración.

El lunes 29 de junio de 2026, el Escenario Alhambra del Parador de Cuenca acogió, a las 20:30 horas, la actuación del Carlos Núñez Trío dentro de la sección Estival Folk de la 15.ª edición de Estival Cuenca. Con las entradas agotadas con antelación, el grupo, integrado por Carlos Núñez, la arpista Bleuenn Le Friec y la violinista y cantante María Sánchez, presentó Celtic Beethoven. Esta propuesta de cámara reinterpreta el corpus de cerca de doscientas canciones tradicionales irlandesas, escocesas y galesas que Ludwig van Beethoven armonizó a comienzos del siglo XIX. El concierto incluyó la entrega al gaitero gallego del Premio Manuel Margeliza 2026 y la participación de la agrupación local de dulzainas Tiruraina. Texto y fotos: José An. Montero

Contenido relacionado