
Desde Ciudad Rodrigo hasta Las Majadas, pasando por la Montaña Palentina, en la ruta del proyecto Trashumancias 2.5, la creadora escénica Popy Vegas defendió un teatro que brota del territorio, dialoga con la infancia y enfrenta el olvido con ternura y pasión. Popy Vegas no solo representa: practica el arte de enraizarse desde el escenario.
Tras una función de Yerma, Lorca escribía que «Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo». La frase, lanzada en 1935 como un manifiesto urgente, tiene su eco también hoy en la voz de María José Enríquez Vegas, conocida como Popy Vegas, artista rural, charra por adopción y creadora de un teatro que no se disfraza.
Este pasado fin de semana, en la localidad conquense de Las Majadas, Popy Vegas participó en Trashumancias 2.5 con una intervención ante un público diverso —docentes, artistas y estudiantes universitarios—. Muchos de ellos formaban parte de los Seminarios Permanentes Escuela Rural y Comunidad, y Comunicación, Creatividad y Nuevas Ruralidades, impulsados por la Cátedra UCLM-Diputación de Cuenca de Oportunidades frente al Reto Demográfico, en colaboración con la Fundación Los Maestros. Con ellos compartió no solo una trayectoria, sino una forma de entender la escena: como espacio para cargar preguntas, desmontar silencios y sembrar memoria. La suya no es la historia de quien hace teatro, sino de quien lo habita.

La escena como camino: contar con los pies en la tierra
Habla como quien preferiría tener entre las manos una sopa caliente, porque en esta mañana de mayo, el frío aún se agarra a las paredes del Centro Social, haciendo que dentro se esté más helado que fuera. Su voz arrastra un acento que viene de entre montes y fronteras, mezcla de Ciudad Rodrigo, Gallegos de Argañán, Valladolid y de la carretera secundaria, entre lo rural, lo itinerante y lo resistente. “Soy mujer de pueblo”, dice, y lo dice con el mismo orgullo con el que cita a Rodrigo Cuevas: “Si quiero pensar en alto, subo al Sellón, allí me crece el pecho y la inspiración. La gente en la ciudad no sé cómo lo hace, que a mí las cosas de allí no me satisfacen.”
Nacida en Lasarte-Oria (Guipúzcoa) y criada en Gallegos de Argañán, en la linde de Salamanca con Portugal, donde los caminos llevan nombres de familia y las estaciones se marcan con matanza, feria o niebla. A los 18 años, ya profesional, subió por primera vez a un escenario. No ha bajado desde entonces. «No puedes parar ni dos segundos, porque parece que desapareces del mapa». Resuenan entonces las palabras de Fernando Fernán Gómez, cuando escribía sobre los comediantes: «Nosotros no tenemos más que esto: andar por los caminos, de pueblo en pueblo, a veces a pie, a veces en una tartana, para representar comedias que casi nadie entiende».
Porque Popy Vegas no entiende el teatro como un adorno cultural. «Es una herramienta para vivir. Y a veces, también, para no rendirse», quizá citando inconscientemente a Fernán Gómez cuando decía que “el teatro no es un lujo, no es un adorno. Es una necesidad tan grande como el pan”. Fundadora de su propia compañía, Popy Vegas Teatro, defiende que la etiqueta «rural» no es una estrategia de marca, sino una forma de entender la vida. «Trabajo con profesionales de mi tierra, porque quiero que el talento se quede aquí. Podría irme a Valladolid, pero decidí apostar por lo mío».

Infancia, memoria y raíz: una escena viva y compartida
En sus espectáculos hay títeres, objetos, cuentos, pero sobre todo hay memoria. El pastor que hablaba con las estrellas es su obra más personal: un homenaje a su abuelo, emigrante y pastor, que sabía leer el cielo como un mapa. «No se trata de idealizar el pasado, sino de comprender lo que nos trajo hasta aquí».
Los niños son su otro escenario. Docente de teatro en la escuela de artes de Guardo, en la Montaña Palentina, comparte clase con estufas y con una idea poderosa: «En los pueblos también hay actores, abogadas, médicas. Tenemos derecho a imaginar otros futuros». Esa pedagogía sin imposturas también está presente en Teatring, el programa infantil que coordina dentro de la Feria de Teatro de Castilla y León, en Ciudad Rodrigo.
Hija teatral de esa feria que ha sido capaz de armar un tejido teatral en el territorio. Un sistema vivo que respira cada verano en Ciudad Rodrigo, pero cuyas raíces se extienden por todo el año. No se trata solo de una programación: es una estructura de cuidados, de pedagogía colectiva, de defensa del derecho a la cultura como bien común. Hay talleres, juegos, espectáculos y mucha logística con presupuesto pequeño. Un pequeño gran milagro.
Porque el teatro, dice, no está para calmar. Está para poner el dedo. Para incomodar. Para que los adolescentes que pronto votarán aprendan a pensar por sí mismos. «Crear desde lo personal no es un capricho. Es lo único que sé hacer».

Crear con raíz: sembrar escena desde lo vivido
En su cuento Eva, la niña que se atrevió a imaginar, una bibliotecaria clandestina abre puertas en un mundo donde soñar está prohibido. Al leerlo en Las Majadas, se hizo el silencio. Alguien asintió. Alguien lloró bajito. Como si la historia hubiese rozado algo que no se nombra, pero se reconoce. Entonces Popy recogió sus cuentos, sus títeres, su voz. Sin grandilocuencia, pero con la certeza de quien sabe que el teatro no es un accesorio: es una semilla.
Lorca escribió que “el teatro puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo”. Popy no habla en futuro, habla en presente. Lo está haciendo. Con un cuento. Con un títere. Con una obra representada en un aula rural. Y mientras nos sintamos vestidos de domingo cada vez que veamos teatro, mientras haya artistas que crucen la niebla con una maleta de preguntas, el corazón de los humanos seguirá latiendo.
Texto de José An. Montero / Fotografías de Adrián de la Dueña, Paz García Blanes y María Brito.