
El artista visual Rafael Tormo clausuró las jornadas de formación de Trashumancias 2.5 en Las Majadas con una intervención que fue mucho más que una ponencia: una apuesta contra el fetichismo del territorio, en favor de una cultura viva, común, no administrada, donde el conflicto no se evita, sino que se reconoce como parte del proceso creativo y comunitario, una tensión fértil desde la cual pensar y vincular.
Para Rafael Tormo Cuenca (València, 1972), artista visual y director de AVAN del PEU/UJI, “El arte no es una profesión. Es una manera de estar en el mundo”, al margen de las estructuras formales, de las lógicas de rentabilidad y de la carrera artística. Es ser. Es existencia. Es una necesidad de intervenir en el mundo desde el pensamiento, la afectividad y el compromiso. “Nunca he esperado una ayuda para hacer algo. (…) Durante más de diez años me gané la vida cogiendo naranjas. Eso me daba una libertad absoluta porque trabajaba una temporada de tres, cuatro meses y luego con ese dinero armaba mis proyectos”.

El arte como forma de estar en el mundo.
Ese estar en el mundo de Rafael Tormo, situado, rizomático, radical, transformó el suelo del Salón de Cultura de Las Majadas en una cartografía de pensamiento colectivo. Bastó una tiza para desplegar sobre el linóleo —que ha vivido mil fiestas populares— una cartografía de tránsitos, afectos y conflictos que habitan alrededor de la pregunta central de la tarde: “¿Qué fuerza le queda al arte?”.
Con esta pregunta directa, certera, Rafael Tormo cerraba esta edición del Seminario Permanente de Comunicación, Creatividad y Nuevas Ruralidades, organizado por la Cátedra UCLM-Diputación de Cuenca de Oportunidades para el Reto Demográfico, con el apoyo de la Facultad de Comunicación de la UCLM y la Fundación Los Maestros. A lo largo de los últimos meses, el seminario ha transitado por Enguídanos, Vega del Codorno o Almonacid del Marquesado, y ha contado con la participación de medio centenar de estudiantes universitarios de las diferentes titulaciones del campus de Cuenca.
Esta ponencia final no buscaba respuestas, sino preguntas que incomoden, que se sitúen entre lo visible y lo oculto, entre la memoria y su uso, entre el arte y la vida. Que pongan de manifiesto el distanciamiento artificial entre lo rural y lo urbano, abogando por una concepción de la cultura encarnada en la vida cotidiana, más allá de la administración institucional, y que busque esa “experiencia radical” escrita en tiza bajo los pies de los participantes.

Generar vínculos como forma de conocimiento
«El conocimiento no está en los libros, está en los vínculos que generamos». Qué mejor lugar para generar esos vínculos en común que sentados en círculo, en este lugar que tantas celebraciones colectivas ha vivido, mientras afuera arrecia la tormenta, acompañada de un frío impropio de estos días de mayo. Cada cual va aportando sus palabras a esta cartografía, haciéndola crecer junto a otros cuerpos, otras memorias, otros relatos que consiguen desplazar el foco de lo urbano a lo rural, del experto al común.
La universidad, dice, no debe llevar conocimiento a los pueblos, sino ponerse al servicio de lo que ya existe. «No es la universidad la que enseña al territorio. Es el territorio el que debería orientar a la universidad». Lo dice desde la experiencia de su estrecha colaboración, desde fuera de la academia, con proyectos como el de Extensión Universitaria de Castellón, donde la reciprocidad es el eje.
La heterogeneidad de los participantes del proyecto Trashumancias 2.5, que cerraba con esta sesión su fase de formación, es un buen marco desde el cual repensar las categorías dadas: rural y urbano, arte y vida, saber y experiencia. «Son convenciones. Y toda convención puede ser revisada». Por eso insiste en la necesidad de prácticas que no sean extractivistas, que no instrumentalicen el territorio ni a sus habitantes. Que construyan comunidad, aunque sea de forma efímera. «Estamos demasiado acostumbrados a etiquetar. A mí me interesa más lo que se queda fuera de las etiquetas».

Revisar convenciones y activar lo común
«Tendríamos que saber conjugar lo urbano y lo rural, porque aquello que lo acomete todo es la idea de la cultura», afirma. Una cultura que no es propiedad de nadie, sino construcción colectiva. Por eso, en lugar de clasificar o representar, propone activar: hacer que pasen cosas, provocar desvíos, abrir espacios de sentido. Y todo eso, desde la práctica artística entendida como forma de estar en el mundo, no como profesión regulada, sino como compromiso vital, reafirma.
En su práctica, arte y territorio se entrelazan como hiedra y muro: uno sostiene al otro, pero también lo desborda. Sus proyectos –desde las rutas botánicas de la memoria hasta las cartografías críticas realizadas con adolescentes– no buscan representar una realidad, sino intervenirla. Una intervención que, lejos del gesto espectacular, se asemeja más a la siembra: lenta, situada, afectiva.
El conflicto, más que un obstáculo, es para él un umbral. Lo rural y lo urbano, apunta Rafael, tienden a concebirse desde el victimismo: como espacios que siempre están en deuda con algo, con alguien. «Pero no somos víctimas. Somos sujetos en conflicto, en construcción. El conflicto es parte del proceso. Es una forma de vida». Así, frente al fetichismo con que se representa lo rural en tantas iniciativas institucionales, él propone un estar situado, crítico, vivo.

Sus propuestas, en ese sentido, buscan habitar una temporalidad otra: la de los procesos lentos, la de las relaciones que no se monetizan, la de los proyectos que no necesitan una foto final. «Hay cosas que no se pueden representar. Y sin embargo están. Hay que aprender a convivir con lo invisible».
En ese sentido, su trabajo se sitúa cerca de las pedagogías radicales. No porque enseñe nada en sentido estricto, sino porque activa preguntas incómodas. «No hay experiencia radical sin explorar lo desconocido. Si solo hacemos lo que ya sabemos hacer, estamos alimentando nuestro propio currículum». Por eso habla del arte como un lugar de riesgo: no del riesgo físico, sino del simbólico. «La incomodidad es un buen síntoma».
«A veces me confunden con un provocador». Pero lo que hay detrás no es pose, sino un deseo radical de no dar nada por sentado. De seguir preguntando aunque no haya respuestas. De sostener la memoria sin petrificarla. De habitar el conflicto sin romantizarlo. Quizá por eso, cuando Rafael dibujó sobre el suelo el mapa de esta sesión, no trazó líneas rectas, sino curvas, nudos, intersecciones y derivas, con esa capacidad intuitiva que tiene de abrir grietas, de mover sentidos y de provocar al pensamiento.
Texto de José An. Montero / Fotografías de Adrián de la Dueña, Paz García Blanes y María Brito.