Un ARCA mágica llena de circo, danza y teatro 

Por José An. Montero & María Ramos

El Festival de Artes de Calle de Aguilar de Campoo, en la montaña palentina, reúne durante cuatro días una treintena de propuestas de danza, circo y teatro de calle. 

En una isla en el río Pisuerga hay una pequeña carpa donde habita el payaso Kikolas. Una frase que abre la puerta a un maravilloso cuento. La isla es la de San Roque, el lugar es Aguilar de Campoo y el “hay” temporal es el Festival de Artes de Calle de Aguilar de Campoo. 

Kikolas y su carpa son la excepción de este Festival, es el único que se realiza dentro de un recinto con entrada, el resto de espectáculos son gratuitos y se celebran al aire libre o espacios cubiertos de acceso libre hasta conformar una treintena de espectáculos de veinte compañías y setenta artistas, durante cuatro intensos días de agosto. 

Escambio, de Mari Paula. Foto: María Ramos

En el mirador de la románica de la Iglesia de Santa Cecilia hay danza contemporánea para niñas y niños, que siempre tienen en Aguilar reservadas las primeras filas en pequeñas alfombras. Mari-Paula convierten con un cesto de naranjas el asfalto del parking en un mundo multicolor lleno de fantasía. Sin solución de continuidad, unos metros más arriba, Esther Latorre y Hugo Pereira, del colectivo Glovo, consiguen que miremos más allá de las montañas, hacia el mar, más allá de las pantallas, hacia la antigüedad clásica y la evocación de las miles de capas que nos conforman. 

Alleo, de Colectivo Globo. Foto María Ramos

En Aguilar sólo hay que dejarse llevar y caminar los mismos pasos de quien va con rumbo cierto para llegar a la siguiente plaza donde dejarse sorprender de nuevo por una grúa que entra en mitad de una plaza abarrotada o por una mujer que trata de meter su coche en el garage parando la función. Alguien mira desde un balcón sin saber tratando de distinguir qué es espectáculo y que es realidad. Allá en lo alto conversan Juanjo Otero y Aritza Rodriguez, de Barsanti, mientras Pako Revueltas no sabe si acudir a unos u a otra. 

Akabó!, de Cía Barsanti. Foto: Gerardo Sanz (ARCA)

Sopla viento del sur, pero alguien comenta que para al caer el sol, son quince minutos. Suficientes para que a Ana, Javi y Hugo las latas de su espectáculo no se conviertan en objetos imprevisibles de vida propia. Y tras la cena, aún hay más, la compañía Uparte levante de sus asientos al público que llenó el polideportivo con sus acrobacias y humor, y acaben “des-pro-vistiéndose” en las alturas o tras las sábanas. 

Latas, por Cía D’Click. Foto: María Ramos

Las niñas y los niños de Aguilar trajeron a sus mamás y papás a ver circo, acrobacias, danza contemporánea y se fueron todos un poco más felices a dormir. Al salir, más de uno tropezaba entre los brazos de dos payasas que despedían al público hasta el día siguiente, porque este fue sólo un día y hay cuatro. Mientras, en las terrazas de la plaza, se reúnen artistas y comediantes, la magia del tercer tiempo, que los ajenos al mundillo sólo pueden disfrutar en festivales así, donde los artistas conviven con las gentes.  

La manera en la que se ha transformado el “consumo” de cultura ha hecho que no haya rincón por pequeño que sea que no aspire a su propio festival. Sirva como ejemplo el centenar de festivales de jazz que se celebran durante el verano en España. Unos vienen, otros van, unos crecen, otros menguan y resulta complicado elegir. 

DESproVISTO, de Cía Uparte. Foto: María Ramos

Entre la abundante oferta festivalera están aquellos que atraen por los grandes nombres en su cartel, estrellas que guían a los fieles, y aquellos que destacan propuestas inquietas que van tejiendo emociones y miman cada detalle para convertir cada espectáculo en un festín de sensaciones, eligiendo con mimo los espacios, los espectáculos, las sonrisas y la luz, porque detrás de cada uno de ellos hay un equipo de personas que lo imaginan y lo sueñan. 

Desde Jorge Sanz Pulido, director del ARCA, hasta Lucía Guererro, una de las voluntarias, siempre atenta, siempre avisando sutil y sonriente donde es mejor no ubicarse, pasando por Álex Rodríguez, luminoso y fraternal, o la fotografía de Gerardo Sanz, por citar sólo algunos de los nombres que tejen esa red de complicidades que hace posible el milagro del circo y la danza en una localidad de apenas siete mil habitantes se ubique uno de estos festivales “con encanto” donde lo maravilloso es dejarse sorprender en cada plaza en cada rincón por lo que este equipo ha imaginado para hacer soñar a quien se acerca. Este año ya es tarde, pero el próximo celebran su treinta aniversario. Toma nota.

Este artículo de José An. Montero para lacircular.es también se publicó en Nueva Tribuna y en la Gazeta de Guatemala.

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