Si el sueño de Trump era pasar a la posteridad, ya lo ha conseguido. Ha alcanzado el estatus de icono pop a la altura de Mao, el Che Guevara o Marilyn Monroe. Su figura atraviesa el cine, la televisión, la prensa, las redes sociales y toda la cultura popular hasta alcanzar, inevitablemente, el territorio del arte.
Este verano, por citar un ejemplo, Trump se ha convertido en una presencia recurrente en las exposiciones de Serralves, unas veces de manera directa y otras a través de referencias. En Wrong Answers, primera exposición individual de Jenny Holzer en Portugal y presentada siete años después de la gran muestra que le dedicó el Guggenheim de Bilbao en 2019, la artista utiliza textos, obras LED, documentos e imágenes como instrumentos de intervención política. La muestra puede visitarse en Oporto hasta el 1 de noviembre. El actual presidente norteamericano ocupa un lugar central en este desfile de máscaras y textos acusadores, que acaba evocando, inevitablemente, una de las sentencias más célebres de Holzer: «Protégeme de lo que quiero» (Protect Me from What I Want).
Una gigantesca imagen de alguien parecido a Trump, enfurecido, creada a partir de la instrucción a la IA «Angry Speaker», fue incorporando características hasta aproximarse a la imagen del presidente. Como explicó el comisario de la exposición, Philippe Vergne, no estamos ante Trump, sino ante una imagen de Trump, en un juego que relacionó con el Ceci n’est pas une pipe de Magritte. Un simulacro digital nacido del algoritmo, donde la imagen generada no aspira a reproducir fielmente lo real, sino a construir una realidad propia, desdibujando la distinción clásica entre original y copia, ahora trasladada a la frontera entre lo real y lo generado.
Más allá de las ideologías o de las razones que expliquen su extraordinaria capacidad para conservar apoyos, Trump parece rodeado de un cierto halo de inmunidad. Los escándalos, en lugar de mermar su figura, la agigantan. Ha trascendido la imagen del político, incluso la de la persona real, para convertirse en uno de los grandes iconos del primer cuarto del siglo XXI, digno de ser retratado por un Warhol contemporáneo y sometido a repeticiones, reproducciones, caricaturas e ilustraciones. Su imagen ha desbordado la propaganda política para adentrarse de lleno en la publicidad turbocapitalista. Como diría el maestro Galeano, «el capitalismo norteamericano es capaz de extraer plusvalía hasta de los vómitos»: hoy las efigies de estos líderes proliferan en las vitrinas de las sociedades occidentales con una insistencia que, paradójicamente, recuerda a la iconografía de los antiguos regímenes socialistas.
Pero quizá su genealogía más reveladora no haya que buscarla entre presidentes, revolucionarios o pontífices, sino en otro gran icono del siglo XX: Ronald McDonald. Salvando todas las distancias, aquel payaso ubicuo, artificial, inmediatamente reconocible y concebido para su reproducción infinita anticipaba algo esencial de Trump: la transformación del personaje en marca y de la marca en icono. Podría verse, en ese sentido, como una suerte de Juan Bautista de Trump, anunciando desde el corazón mismo de la cultura de consumo la llegada del personaje que estaba por venir.
Una asociación que no es únicamente casual, pues el propio Trump ha mencionado en varias ocasiones que el Filet-O-Fish está entre sus productos favoritos. La comparación visual Trump/Ronald McDonald ha sido explotada también por la cultura gráfica contemporánea; el artista y diseñador Kalle Mattsson creó, por ejemplo, el híbrido Ronald McDonald Trump, fusionando ambas figuras.
Ronald McDonald encarnaba, para gran parte de la crítica cultural, algunos de los males del capitalismo del siglo XX, pero al salir de una exposición donde se le criticaba te entraban unas ganas irrefrenables de visitar uno de sus restaurantes y atiborrarte de comida basura; con Trump sucede algo todavía más perverso: cuanto más se denuncia, caricaturiza y reproduce su imagen, más se contribuye a hacerla omnipresente y, quizá, más difícil resulta distinguir dónde termina la crítica y dónde empieza la campaña electoral.
Es la victoria absoluta de las industrias culturales sobre la crítica institucional porque, como explica el antropólogo Carlos Granés, “la más insurgente de las propuestas, la más revolucionaria de las críticas, el más transgresor de los espectáculos, y su resultado será un público eufórico y deseoso de participar en el suculento negocio del consumo rebelde”; o, en este caso, de depositar en una urna una papeleta con su cara. Así la paradoja termina por cerrarse.