Sólo un Disklavier en la sala…

Por José An. Montero

Por la Península Ibérica han pasado a lo largo del verano Tamara Stefanovich en el Porto Piano Fest, Daniil Trifonov en Torroella de Montgrí, Martha Argerich en Vigo o Grigory Sokolov en Santander, por citar algunos de los nombres más relevantes. El piano ha protagonizado tanto los conciertos como dos de las grandes exposiciones veraniegas. Entrelazamientos de Yuko Mohri en la Fundación Botín y en Un árbol cae en el bosque de Glenda León en el Azkuna Zentroa – Alhóndiga Bilbao, ambas ya finalizadas. Aunque allí los pianos tocaban sin intérprete físico.

Glenda León y Yuko Mohri, separadas por un universo conceptual, pero muy próximas poéticamente en su atención minuciosa a los detalles, a la debilidad, al polvo de las alas de mariposa, pero también a la descomposición “ruidosa” de unos limones que activan luz y sonido. Materia frágil que transforma su lenguaje hasta hacerse visible o, en este caso, audible. Flores, plumas o rollos de papel con sonidos propios y, como colofón, pianos sin manos que los toquen.

Conciertos de piano sin pianista humano, sin compositor humano y hasta sin público. Al menos sin la necesidad de público. La figura del intérprete se desvanece ante instrumentos que ejecutan notas musicales sin una mano humana que pulse las teclas. Sólo queda la sombra de lo humano. 

El rostro y las manos del intérprete dejaron de ser el centro del acontecimiento y ante el visitante se presenta el fantasma de la máquina. El azar de John Cage llevado al extremo. La cubana Glenda León, hablá de esa experiencia casi fantasmal en la que nuestra mente trata de buscar un ejecutante invisible al piano, “aunque el cuerpo no siempre aparece representado, su huella atraviesa las obras”. 

Tanto, Mundo interpretado para piano, de Glenda León, como Piano Solo: Belle-Île, Yuko Mohri son sistemas mecánicos que operan en ausencia de un emisor físico visible, sustituido por dispositivos automatizados. Al ser humano se le reserva el papel innecesario de espectador. El modelo Disklavier de Glenda León reproduce de forma automática una partitura, mientras que el piano vertical modificado de Mohri responde a la grabación del oleaje de Costa Quebrada, además de a los estímulos ambientales que su software traduce en notas musicales. Una pieza entre Cage y Satie, realizada durante la pandemia, que Mohri resolvió, que ante la imposibilidad de contar con músicos en directo, contando con las olas contra las rocas como instrumentista. 

El mundo transformado en una sala de conciertos sin humanos, que en el mejor de los casos, como en la pieza de Glenda León, quedan convertidos en el recuerdo del nombre de sus dioses creadores. Nombres traducidos al Braille que sirven como base para la melodía resultante. Para la artista es un intento de traducir lo místico a lo mecánico unificando así las diferencias culturales en una melodía única, disolviendo “las palabras para devolverlas a esa esencia innombrable a la que todos pertenecemos”, en palabras de la propia artista. 

Glenda León utiliza el dilema, inspirado en la filosofía de George Berkeley, de “si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para oírlo”, que traslada la inquietante imagen nocturna de esas salas donde suena un concierto de piano, sin intérprete ni nadie (humano) para oírlo. Sin presencia física y sin necesidad de un público. La física convertida en arte. ¿Cómo suena un átomo cuando nadie lo ve? ¿Cómo suena incluso cuando no existe el átomo? Pianos que seguirán tocando cuando las salas se hayan cerrado. Fantasmas tecnológicos de un pasado humano. ¿Cómo sonará el mundo sin humanos que lo escuchen?

El título está inspirado en los versos de Joan Margarit, «Un Steinway en la niebla / hoy suena sin su pianista», del poema Glen Gould: La Despedida. Una versión de este texto se publicó antes en la Gazeta de Guatemala.

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