La Sala Iberia, tan próxima al centro de la ciudad, entre el bullicio de las terrazas del domingo y el resto de los naufragios de la noche del sábado. Suenan ruedas de trolleys que aparecen de esos portales que esconden cuevas de paso. “Mira bajo tus pies”, reza el texto de sala y en un cartel superviviente de lo que fue una instalación de Raúl Hidalgo dice “Quitarse los zapatos antes de entrar”, como si al dejar los zapatos también fuéramos capaces de dejar atrás el ruido y el bullicio de la calle. No hay nadie en la sala y el mármol está demasiado frío como para descalzarse.
Además de Raúl Hidalgo, Artur Duch Puig, Consol Bofill García-Amorena y José Ramón Bustos Izquierdo, también formaban parte de la exposición “Hacer sin hacer, ello sucede”, que cerraba sus puertas un par de horas después. Cuatro artistas a los que une la práctica del budismo zen y el concepto de hacer sin hacer. El dharma quien, instante tras instante, pinta su existencia, escriben.
Las piezas remiten al wu wei taoísta. “Produce y no posee, actúa y no se apoya en ello, cumple su obra y no se detiene en ella. Y precisamente porque no se detiene, aquello no lo abandona”, del Tao Te Ching. Una obra que no es fruto de la prisa técnica sino de una larga maduración silenciosa, que puede concentrarse en un pañuelo abandonado en una repisa. Un “Sin Título” de Raúl Hidalgo, al que un coautor anónimo completa dejando una botella de Heineken vacía al otro lado del cristal. Ese “Algo atosigante” del que habla el filósofo coreano Byung-Chul Han, del que tanto nos cuesta liberarnos en el ruido de la hiperactividad.
La realidad no forzada. Las gentes rodean este palacio neorenacentista de piedra y cristal, mientras las maderas, cuerdas y malla ciclónica de José Ramón Bustos se reorganizan para crear collages en tres dimensiones mientras el artista deja que fluyan los elementos sin forzarlos. Se planea por la sala, sin un rumbo fijo, dejándose llevar de una pieza a otra, mientras dure el silencio. La belleza, que diría Gamoneda, necesita silencio. Sin solemnidad, añade la hoja de sala. Y en mitad del silencio, un murmullo a la entrada, los últimos visitantes de la exposición frente al cartel de una instalación ya desinstalada dirimen si se descalzan o no. Seguirán mis pasos.