Xavier Amat: “Sin pastores, la trashumancia es solo un decorado”

En un tiempo en que las cañadas se difuminan en los mapas y las montañas se vacían —entre semana—, el geógrafo de estirpe pastoril defiende las veredas como patrimonio común y el oficio trashumante como una forma de resistencia cultural y ecológica.

En las sierras donde antaño resonaban los cencerros y el murmullo de los pastores marcaba el ritmo del paisaje, hoy predominan las bicicletas de montaña, los cazadores de fin de semana y el silencio entre semana. Sin embargo, las antiguas vías pecuarias siguen ahí, resistiendo, aunque muchas veces ocultas entre la maleza o borradas de los mapas. Con ellas, también resiste la posibilidad de otro modo de habitar el territorio.

La trashumancia como resistencia cultural y ecológica

Xavier Amat Montesinos, profesor de Geografía Humana en la Universidad de Alicante, participó en la penúltima jornada de formación de Trashumancias 2.5, celebrada en Almonacid del Marquesado. Allí defendió que la trashumancia aún late, aunque muchos la consideren un eco del pasado. Mientras queden pastores, su espíritu permanecerá, porque “sin pastores no hay trashumancia viva”. A su juicio, lo que está en juego es mucho más que un oficio: es el delicado equilibrio milenario entre cultura, sostenibilidad y memoria.

Su vínculo con la trashumancia, explicó, va más allá de lo académico. Nace de su propia experiencia vital y familiar. Amat es hijo, nieto y bisnieto de pastores, pero no se acerca a esta realidad desde la nostalgia. Su mirada es la de quien comprende que recuperar esos caminos no es solo rescatar un paisaje perdido, sino repensar el vínculo esencial entre las personas y la tierra. Durante su intervención, compartió una antigua fotografía de su abuelo guiando un rebaño desde Murcia a Alicante en los años veinte. «Esa foto me hace valorar aún más este legado», afirmó.

La trashumancia, patrimonio universal

Amat recordó que la trashumancia es una práctica casi universal, aunque en España adquirió rasgos propios gracias a una de las redes de vías pecuarias más extensas del mundo. En diciembre de 2023, la UNESCO la reconoció oficialmente como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. A pesar de este logro, advirtió sobre las amenazas que enfrenta este legado. Las vías pecuarias, denunció, son percibidas con frecuencia como un «patrimonio incómodo». Como ejemplo, citó su propio lugar de trabajo: «La Universidad de Alicante es, en realidad, okupa de una vía pecuaria», ironizó, al recordar que el campus se levantó sobre una antigua cañada real.

Para Amat, la trashumancia sigue vigente y ofrece alternativas sostenibles en un mundo en crisis. Los rebaños, subrayó, son «cortafuegos vivos», especialmente relevantes tras los incendios que arrasaron Bejís y Vall d’Ebo. Además, las cañadas son, en sus palabras, «patrimonio colectivo», y plantean otros modos de relación con el territorio.

Entre la dureza y la invisibilidad

Según Amat, el paisaje que legaron los pastores está desapareciendo rápidamente. En lugares como Petrer, en los años cincuenta, había más de setenta pastores. Hoy apenas sobreviven cinco o seis. “Antes, la sierra estaba viva, ahora es un polideportivo”, lamentó.

La ganadería extensiva afronta grandes dificultades: una burocracia asfixiante, con normativas diseñadas para la ganadería intensiva, la desaparición de mataderos locales y la falta de relevo generacional complican la supervivencia de las explotaciones familiares.

Lejos de idealizar la figura del pastor, Amat reconoció la dureza del oficio y su falta de reconocimiento público. Subrayó, además, que la trashumancia siempre fue un trabajo colectivo. Las mujeres, aseguró, han sostenido históricamente las explotaciones sin obtener visibilidad. «La mujer lo hace todo, pero no tiene ese reconocimiento», afirmó. También evocó a los niños pastores, protagonistas cuando los perros especializados eran un lujo. «En mi tierra, los perros pastores son un invento moderno», explicó.

Saber antiguo para un mundo rural vivo, justo y habitable

A pesar de todo, Amat se mostró esperanzado. Valoró iniciativas como las escuelas de pastores, la recuperación de razas autóctonas y la señalización de rutas trashumantes. Sin embargo, insistió en que no basta con convertir la trashumancia en un atractivo turístico. «La clave es que haya pastores y pastoras. Sin ellos no hay trashumancia viva», reiteró.

Hoy, las ovejas aún cruzan algunas cañadas. Lo hacen como testigos silenciosos de una época que se desvanece. Los rebaños siguen siendo cortafuegos, pero también metáforas. En cada vereda cubierta de hierba alta y en cada pastor que nombra a sus animales como si fueran familia, late un modo de entender la tierra que resiste al olvido.

Amat no propuso regresar al pasado. Su mirada apuntó a un futuro en el que los saberes heredados sean cimientos. “Nuestros paisajes no son casuales”, recordó, citando a James Rebanks. “Son la suma y culminación de un millón de pequeños trabajos invisibles”. Lo que está en juego es si sabremos seguir tejiendo esas hebras invisibles que, durante siglos, hicieron del campo algo más que un recurso: un hogar. En cada cañada, en cada rebaño, aún late, según Amat, la posibilidad de imaginar un mundo rural vivo, justo y habitable. Quizá el mayor peligro no sea perder los caminos, sino olvidar hacia dónde vamos.

Texto José An. Montero, con fotografía de María Brito y Laura Martínez Oviedo.

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