Última mirada a Michael Schmidt

Por José An. Montero

Echar la vista atrás siendo consciente de que lo que se deja atrás dejará de existir. Apenas cerrar las puertas, los operarios comenzarán a desmontar una a una las salas, a descolgar las fotografías, a sacar los documentos de las vitrinas, a arrancar los vinilos con la información de la exposición para que pueda continuar el ciclo del arte. Es sólo una exposición la que se cierra, pero también es un mundo que dejó de existir. 

Miles de personas pasaron por la tercera planta del Edificio Sabatini del Museo Reina Sofía de Madrid para visitar la exposición del fotógrafo berlinés Michael Schmidt. Una antológica que recorre desde 1965 hasta el 2014 y que cerró sus puertas el 28 de febrero de 2021 a las 21:00 horas. Escribo estas líneas apenas unas horas después, con la memoria todavía parada en las salas ya vacías de público.

Cientos de miles de personas han pasado por esta antológica desde su inauguración el 22 de septiembre de 2021. Miles de personas se habrán parado sobre este cadáver de cerdo envasado al vacío, símbolo de un mundo cada vez más homogéneo y dónde los animales se dejan crecer hasta justo el momento en que encajan exactamente en el embalaje. Con esta serie titulada “Alimentos” realizada en 2008 se cierra esta exposición. 

Afortunadamente, los últimos minutos antes de su cierre sólo me permiten recorrer las salas por orden inverso, desde esta última gran serie realizada en color y de una actualidad atroz, para terminar en los autodidactas primeros trabajos de finales de los años sesenta, sin poder recrearme en ellas, sin tener tiempo para asimilar la información de sala, ni leer con detalle el magnífico texto de Thomas Weski que se puede descargar desde la web. Es una visión apresurada, como si el muro estuviera cayendo de nuevo ante mis ojos y tratase de conservar las sensaciones de algunas de las trescientas cuarenta imágenes que formaban parte de este mundo-exposición que ya no existe. 

El mundo tampoco es el mismo que el de hace cinco meses cuando abrió sus puertas. Nadie es el mismo. Nuestros ojos han visto los tanques rusos ocupando Ucrania. Han visto una gran mesa de mármol que separaba distintas formas de ver el mundo. Hoy somos un poco peores y un poco más culpables. Monotonías reiterativas que ya no existen. Vidas suspendidas en el tiempo que también pasaron. No pretendieron ser fotografías documentales, pero contienen el color, el olor y el sabor de muchos tiempos vividos, algo así como ese “paisaje social” en el que habitamos. 

Realidades que desaparecen sin que podamos aprehenderlas, como toda la gente que apenas hace unos minutos llenaban esta sala y que desaparecieron, como cuando se llega a una estación desconocida y se trata desesperadamente de encontrar un cobijo antes de que la calle se quede desierta. Multitudes que se esfuman dejando sólo el paisaje urbano y aún así nos sentimos observados tras de alguna ventana, o como en este caso, desde alguna cámara de seguridad. 

Recorro la sala donde habitan edificios y terrenos abandonados de lo que después leeré que pertenecían a los terrenos abandonados de Anhalter Bahnhof de la serie “Berlín tras el 45”. La ciudad ha sido abandonada. Sus habitantes huyeron o se esconden, en las paredes quedó prendido en los muros grises. 

En la siguiente sala habitan jóvenes en salas de conciertos, graffitis, manifestaciones, autorretratos, fotos interiores realizadas con flash, el muro que partía Berlín en dos mitades y que estaba resquebrajándose cambiando los bloques que hasta entonces parecían de hormigón. El “fotógrafo de callejones sin salida”, como alguna vez se autodenominó, parece separar escenarios y personajes, que suspendidos en el tiempo parecen anticipar el cambio de época que estaba a punto de suceder. 

Lo más inquietante de las fotografías de Michael Schmidt que pueblan estas salas ahora vacías es que miran desde ningún otro punto de vista que no sea nuestro propio pasado. No retratan el mundo soviético, ni revoluciones, ni momentos históricos, ni cambios trascendentales, sino que miran a través de lo cotidiano, de esos seres frágiles que habitamos el tiempo y el espacio a merced de las tempestades de los palacios. 

Las salas ya están vacías. En ellas habita un pasado irrecuperable de caras, actitudes y edificios deshabitados. Una niña sangrando por la nariz tendida sobre una mesa. Una joven que se tapa la cara. Tres niños sonrientes sentados en un bordillo con los pies metidos en una carretera inundada. La portada de una revista con la foto de Michael Schmidt levantando la barbilla. La sala queda vacía. Sin ventanas hacia el exterior. Sin gente en el interior. Pasado. 

La exposición «Michael Schmidt. Fotografías 1965-2014» cerró sus puertas el 28 de febrero de 2022 en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Texto de José An. Montero con fotografías de María Ramos se publicó también en Viceversa Magazine (NY), Diario Digital, gAZeta (Guatemala), La Tundra (UK) y Ottica Contemporánea (Nápoles).

Artículos relacionados

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para analizar y mejorar su experiencia de navegación. Al continuar navegando, entendemos que acepta su uso. Aceptar Leer Más

Privacy & Cookies Policy