
Hace apenas dos años conversamos con Astrid Wagner, científica titular en el Instituto de Filosofía del CSIC, sobre posverdad, polarización y desinformación. En aquel momento, ni siquiera podíamos imaginar el cambio radical de escenario que se produciría en tan escaso tiempo. Entonces la inteligencia artificial era todavía una presencia lateral: visible, sí, pero sin haber irrumpido de manera tan decisiva en nuestras vidas. Hoy, sin embargo, el desafío ya no consiste solo en separar verdad y mentira, sino en comprender qué ocurre con la imaginación cuando empezamos a externalizarla. Delegamos en sistemas automáticos no solo la producción de imágenes o textos, sino incluso parte de nuestra capacidad de fabular el mundo. Conversamos con ella con motivo de su participación en el Seminario Sagita Magma.
Unos momentos en los que parecen más reales que nunca las palabras de Alba Rico cuando escribió: «En condiciones materiales nuevas piensa y siente aún con el cuerpo desaparecido, con el viejo cuerpo humano, medida de la imaginación compasiva, que la velocidad tecnológica ha dejado atrás». La inteligencia artificial ya es parte de nuestra realidad y de nuestra cotidianidad; comprenderla, como subraya Wagner, es “comprender no solo cómo funciona, sino cómo va modificando gradualmente nuestra forma de sentir y pensar”, explica la pensadora.
No se trata de demonizar la tecnología ni de posicionarse como una neoludita. Wagner reconoce sus avances, pero pone la lupa en el proceso: “quien programa la inteligencia artificial tiene unos códigos que no son transparentes”. Incluso los especialistas saben que funciona, pero no pueden explicar del todo cómo. “Ahí tenemos una caja negra algorítmica”, subrayó. “Una caja negra, además, propiedad de grandes corporaciones, cuyas lógicas responden menos al conocimiento que al mercado de la atención. Ese mercado busca aumentar el tiempo de exposición, provocar adicción y maximizar la reactividad emocional, y es el que convierte la dopamina en arquitectura política”.
Desde su punto de vista, la IA es una amenaza para la democracia no tanto por exceso de tecnología, sino por exceso de intensidad. “Los algoritmos priorizan lo que provoca reacciones instantáneas”, explicó, convirtiendo la indignación, el miedo o la euforia en beneficios empresariales. Ese diseño algorítmico acaba por sobresaturarnos y dificulta cualquier momento de pausa; sin esos respiros, la deliberación se vuelve casi imposible. “Son dos lógicas que no van bien juntas: la del mercado y la de la cultura deliberativa en democracia”.

Aquí Wagner apunta a un deterioro del espacio común. Cómo la esfera pública se llena de reacciones inmediatas y de una creciente carga emocional. Una erosión democrática que resuena con esa black box algorítmica de la que habla el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, pero Wagner va incluso un paso más allá. No se trata de que la ciudadanía no quiera pensar, sino de que “somos cada vez menos autónomos, menos críticos, menos reflexivos” debido a la externalización continua de capacidades y a una vulnerabilidad cognitiva creciente.
Si en 2023 definía la posverdad como un torbellino de desinformación y emociones negativas, en 2025 su diagnóstico es aún más contundente. El problema ya no es distinguir realidad y ficción, sino que “tenemos una potencia enorme para generar verdades alternativas”. “Las imágenes generadas por IA no solo imitan la realidad, sino que la producen con una fidelidad emocional que confunde incluso al ojo entrenado”, explica Astrid Wagner.
“Siempre vamos un paso por detrás”, advirtió. Cuando el desmentido llega, el daño ya está hecho. Y el problema no es solo “los demás”: todos llevamos el móvil a la cama, miramos notificaciones, confundimos la urgencia con la importancia”, señala. Ese “fantasma de libertad” que mencionó, una libertad neoliberal que se confunde con autoexplotación, se vuelve especialmente visible en la cultura digital. Pensamos que estamos al mando, tomando todas las decisiones, pero seguimos la senda de los algoritmos que aprenden de nuestros hábitos, hasta el punto de difuminar la frontera entre la autonomía y la imposición.

“La inteligencia artificial produce muchísimo contenido sin comprensión”, explica. Esa producción sin pensamiento tiene un efecto cultural profundo: erosiona los tiempos que requiere valorar algo con calma y los desplaza hacia un consumo casi automático, guiado por el impacto inmediato del like. “El cerebro necesita pausas”, recuerda, pero las plataformas eliminan esos silencios imprescindibles para que surjan conexiones, ideas o discrepancias que no caben en la lógica compulsiva del scroll.
Durante el día del llamado “gran apagón”, reflexiona, pudimos comprobar hasta qué punto habíamos dejado de usar herramientas básicas como orientarnos sin GPS, recordar rutas, memorizar números o gestionar el propio aburrimiento. De repente, la dependencia se volvió visible; comprendimos que funciones antes en nuestras manos habían quedado delegadas en dispositivos que usamos casi sin darnos cuenta.
Astrid Wagner insiste en que no podemos trazar una frontera entre lo online y lo offline. “Lo que hacemos en el mundo virtual tiene consecuencias reales en nuestro mundo emocional”. El cuerpo reacciona, sufre, se entusiasma o se humilla con la misma intensidad en lo virtual que en lo físico. Porque las experiencias inmersivas no están pensadas detalle a detalle para dirigir nuestra atención y provocar nuestras reacciones. Wagner insiste en que este no es un diseño inocente.
Todo está calculado para que suba la dopamina y queramos seguir un poco más enganchados al scroll infinito, afinando el algoritmo en cada una de nuestras respuestas, buscando la máxima rentabilidad. En ese punto, el mundo virtual se mezcla con el real y llega a influir en cómo interpretamos la realidad en todos los ámbitos. No podemos hablar ya de algo meramente virtual, “sino, sobre todo, de cómo la inteligencia artificial generativa consigue influenciarnos a nivel emocional y afectivo”.
La frontera entre lo digital y lo presencial se ha vuelto tan difusa que, para Wagner, ya no tiene sentido pensar en compartimentos separados. “Tenemos que aprender a vivir en este mundo”, insiste Wagner, porque la salida no es desconectar, sino comprender cómo operan estas plataformas, identificar los mecanismos que condicionan nuestra atención y recuperar cierto criterio propio en medio del ruido. Ser conscientes de que “la tecnología transforma cómo sentimos y cómo pensamos” implica asumir cierto cuidado con lo que damos por válido y con aquello que dejamos que organice nuestra atención.
La entrevista con Astrid Wagner se realizó poco antes de su intervención en la séptima sesión de Sagita Magma. Seminario-Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 4 de noviembre de 2025, en la Sala 111 de la Facultad de Bellas Artes del campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. La sesión titulada Generación IA: memes y dopamina en los albores del ocaso, en la que participó junto con Francisco Pablo Holgado. Este ciclo está coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia Piña, con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades. El seminario se prolongará hasta diciembre, con trece encuentros que entrelazan filosofía, arte y pensamiento crítico.
Textos de José An. Montero con fotos de Adrián de la Dueña y vídeos de Jesús Almagro. Este artículo se ha publicado también en Gazeta de Guatemala.
