Lo rural, carne de fanzine punk

Por La (Mínima) Circular

En una vitrina que ha debido perder su cartela, se muestran tres trabajos del grado de diseño. Son tres fanzines de distintos formatos que recuerdan el vigor que todavía conserva este tipo de edición artesanal. Si en su momento reivindicaban la existencia de culturas distintas a la alternativa, hoy son un punto de resistencia de lo analógico y manual frente a lo digital. Esa “desnudez extrema de las ideas”, nacida del “amor absoluto, no irónico, no cínico” por la obra de la que habla Kiko Amat sobre los fanzines de los ochenta.

No he podido identificar todos los trabajos expuestos, pero sí uno de ellos, del que había leído una referencia en Ojos de la Tierra. Bajo el título de “Herencia Punk de Abuelos Sin Tumba”, Silvia Bustamante Casas reúne imaginarios que tan diversos como la estética punk, el abandono rural y la memoria de las fosas comunes.

Las referencias se entrecruzan fragmentariamente en mi cabeza. Desde las autoediciones del rock radical de los ochenta hasta la figura de Andrés, el último habitante de Ainielle en La lluvia amarilla. No tanto por una influencia directa como por una misma preocupación por lo que permanece cuando desaparecen las personas, los pueblos o los relatos que los sostienen. Y también por esa frase final de la novela de Llamazares que parece quedar suspendida sobre muchos de estos trabajos: “La noche queda para quien es”.

“Abuelos sin tumba” es quizá la frase más difícil de olvidar de toda la vitrina. Remite a una historia concreta, pero también a una práctica que recorre siglos de violencia. Como recuerda Alfredo González Ruibal en Tierra arrasada, “los enterramientos indignos son una forma de deshumanizar al adversario”. En tantas guerras esa ha sido la “humillación final, que los asesinados coman tierra”. Sin embargo, la desaparición nunca termina de cumplirse. La tierra conserva rastros, nombres y preguntas. “La destrucción también deja huellas que hablan”, escribe Ruibal. Quizá por eso la memoria reaparece una y otra vez en los relatos familiares, en los archivos, en los márgenes de un fanzine o en una vitrina de estudiantes. Porque, al final, la historia permanece bajo tierra, en “los esqueletos de quienes no sobrevivieron para dejar testimonio y que son, como decía Primo Levi, quienes de verdad lo han visto todo”.

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Texto y fotos de José A. Montero.

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