Un sábado por la mañana es un buen momento para darse un paseo por la Sala Iberia y visitar la exposición del XXXVII Certamen de Artes Plásticas Fernando Zóbel y curiosear entre lo variopinto de sus participantes.
La Sala Iberia acoge las obras premiadas y seleccionadas de este certamen organizado por el IES Fernando Zóbel, una convocatoria dirigida a jóvenes artistas. La muestra permite hacerse una idea de qué lenguajes, preocupaciones e intereses atraviesan a quienes empiezan.
Busco entre las piezas expuestas formas y lenguajes nuevos o, al menos, trato de conocer qué tipo de temas interesan a quienes empiezan. Descubro una versión del mundo mucho más colorida, incluso dulce, que la que encontré cuando participé en este mismo certamen, todavía con ínfulas de artista y presenté un óleo lleno de abismos que estuvo colgado como un suplicio durante mucho tiempo en el salón materno. Quizá, como escribió Chirbes, buscaba en el arte una especie de feísmo reivindicativo.
Paseando por esta sala con aires decimonónicos, descubro piezas que me llaman la atención, unas de nombres desconocidos y otras muy conocidas por lo cercanas. Me detengo especialmente en la pieza de María Herreros de la Fuente. También me sorprende la hiperproductividad de alguien cuya obra he visto en varias ocasiones durante los dos últimos meses. Hace apenas unos días presentó Una casa tomada, la catarsis de las pertenencias en la Facultad de Bellas Artes, una instalación sobre la memoria, los objetos y la acumulación. Ahora vuelve a aparecer con una pequeña pieza, quizá una colmena rota adaptada sobre un pedestal blanco.
También me detengo ante una fotografía en forma de collage de dos niños haciendo como que fuman con pelo a lo beatle. La firma Pablo Nieto. Lo fragmentario, lo nostálgico y lo políticamente incorrecto, vistos desde lo actual, la convierten en la pieza más transgresora de toda la exposición, además de situarla técnicamente bastante por encima de la media.
El collage contribuye además a esa sensación de extrañeza, quizá de desubicación histórica. Los niños fumando remiten a una normalidad desaparecida y, precisamente por eso, producen hoy una cierta incomodidad. La imagen obliga a mirar simultáneamente hacia dos épocas distintas, tratando de salvar el abismo del presentismo.
Otra pieza muestra un cerebro encerrado en una jaula. La firma Noa Nieto Mendoza. La imagen me recuerda inevitablemente a La ciudad de los niños perdidos (1995), de Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro, donde el personaje del tío Irvin sobrevive reducido a un cerebro conservado en una pecera. De hecho, siempre quise imitar el color de la fotografía de aquella película. Hoy el cerebro ni siquiera necesita flotar en una pecera, pero la pesadilla se mantiene.
Quizá porque la idea sigue siendo la misma: la separación de la inteligencia respecto del cuerpo. Ese temor —o quizá no— a que la mente se separe de su soporte biológico, reduciendo la experiencia humana a impulsos eléctricos. Hoy, desaparecido el romanticismo steampunk, parece cada día más cercano.
Por cierto, mientras escribo esta nota mínima están cerrando la exposición en la Sala Iberia. La muestra puede visitarse hasta hoy, 14 de junio. Unas notas que llegan, como siempre, cuando la exposición ya ha desaparecido.
Esta nota forma La (Mínima) de Circular en Substack la libreta abierta de La Circular donde se reúnen fragmentos culturales, imágenes, anotaciones, reflexiones y apuntes. Puedes seguir leyendo más textos y notas en La Circular en Substack y en La Circular. Texto y fotos de José A. Montero.