
“Conocemos a las víctimas por sus nombres, sabemos qué hacían antes de morir, vemos a sus hijos jugar en un vídeo que dura apenas treinta segundos. Eso nos acerca a ellas, pero al mismo tiempo nos genera una enorme impotencia”, sostiene. Para Laila Yousef la sobreexposición de la violencia palestina es paradójica, nunca antes un genocidio había sido tan documentado en tiempo real y nunca había resultado tan difícil traducir esa visibilidad en acciones políticas eficaces. “Lo vemos, lo sabemos y sin embargo no lo detenemos”, explica.
Doctora en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, Laila Yousef Sandoval ha elegido un territorio incómodo y necesario, pensar Palestina desde las categorías de la filosofía política y la teoría feminista. Conversamos con ella minutos antes de que participara en la segunda sesión de Sagita Magma, el Seminario-Dopamina de Estética Política y Ontología de la Comunicación organizado por Nacho Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia en el campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha, que propone pensar desde el ardor y la vibración.
Las naranjas de Jaffa y la memoria palestina
Su voz se mueve entre la precisión académica y el tono urgente de quien es consciente de que no se trata solo de un debate conceptual sino de la vida de un pueblo entero. “El genocidio palestino tiene una particularidad, lo estamos viendo en directo”, afirma. En esta sencilla frase se resume el vértigo del momento actual en el que la violencia se despliega a la vista del mundo en sus terminales móviles.
La mirada de Yousef es singular, habla desde una filosofía que se abre al presente inmediato sin perder la perspectiva del camino recorrido. Investiga filosofía moderna y contemporánea, relaciones internacionales y teoría feminista. Cita a Carl Schmitt, Ferrajoli, Foucault y Agamben no como ejercicio académico sino para conectar categorías abstractas con la materialidad del despojo, la ocupación y la muerte. Lo que plantea es demoledor, Palestina no es solo un caso entre tantos, sino un desafío para repensar los marcos con los que entendemos la violencia extrema, la soberanía y la justicia.
En sus palabras lo inmediato se enlaza con lo histórico. Yousef retrocede a finales del siglo XIX para comprender el presente. Los primeros colonos llegaron en 1881 y fueron acogidos por los palestinos. La ciudad de Jaffa se convirtió en símbolo de esa convivencia inicial, un puerto abierto al Mediterráneo famoso por sus naranjas. Aquella fruta cultivada por campesinos palestinos viajó a los mercados europeos como emblema de fertilidad y belleza. “Las naranjas de Jaffa son un símbolo de lo que estaba en juego, no era un desierto vacío, era una tierra cultivada y con memoria”, explica.

Balfour y la herida colonial
Con la Primera Guerra Mundial y el Mandato Británico el paisaje cambió. En 1918 se intensificó la colonización agrícola y hacia 1929 la tierra pasó de manos palestinas a manos de colonos que habían aprendido sus técnicas de cultivo pero que pronto se apropiaron también del relato. “Los colonos comenzaron a presentarse como los que transformaban el desierto en vergel, invisibilizando a quienes llevaban generaciones trabajando la tierra”, explica Yousef. Lo que estaba en disputa no era únicamente la posesión de un bien material sino la construcción de un relato destinado a legitimar la ocupación.
La Declaración Balfour de 1917 aparece como un punto de inflexión. El gobierno británico se comprometió a favorecer el establecimiento de un “hogar nacional judío” en Palestina sin consultar a la población que ya vivía allí. “Balfour había sido secretario en Irlanda y luego en Sudáfrica, territorios donde se aplicaron políticas coloniales de desposesión y segregación. Palestina se insertó en esa misma lógica”, señala. Lo que en apariencia era un gesto diplomático se tradujo en la legalización de una injusticia histórica que todavía hoy estructura la vida cotidiana de millones de palestinos.
“La Nakba de 1948 marcó el punto de no retorno, 800.000 personas expulsadas, aldeas destruidas, casas quemadas. Y todavía hoy esas familias guardan las llaves de sus hogares como prueba de lo que fue y como símbolo de lo que sigue siendo negado.” La memoria, insiste, no es un recurso nostálgico, es la forma de impedir la normalización de la ocupación. Esa memoria atraviesa objetos humildes como una llave, una receta o una canción, fragmentos de historia frente al intento sistemático de borrado.
Borrados y laboratorios
El proyecto sionista, explica, no solo se desplegó sobre la tierra sino también sobre los nombres y la memoria. “Se cambiaron los nombres de pueblos y ciudades, incluso los dirigentes cambiaron sus propios apellidos para que sonaran distintos. Era un intento sistemático de borrar la identidad palestina.” Ese borrado cultural se extendió también a símbolos y productos. Lo que había sido palestino pasó a presentarse como israelí en un proceso de apropiación que pretendía naturalizar el despojo.
“No es un conflicto religioso”, afirma. “Palestinos musulmanes y cristianos sufren la ocupación de la misma forma. La resistencia no es contra judíos sino contra una fuerza ocupante. Si tuviera otra religión el sentimiento sería exactamente el mismo.” Con estas palabras desarma una de las narrativas más persistentes, la que presenta el conflicto como una disputa milenaria entre credos irreconciliables. Para Yousef esa lectura es una cortina de humo que oculta la raíz política y colonial de la violencia.
Uno de los puntos más inquietantes de su análisis es el de Palestina como laboratorio. “Israel está a la vanguardia en tecnologías que se prueban contra los palestinos. Drones, armas, vigilancia de redes sociales… todo se vende después en ferias como probado sobre el terreno. Palestina se ha convertido en un banco de pruebas de control total de la vida y la muerte.” Esta idea conecta la ocupación con dinámicas globales de un mundo en combustión. Lo que se experimenta en Gaza o Cisjordania no queda allí, sino que alimenta una industria militar y tecnológica exportada al resto del mundo.
Filosofía y heridas abiertas
En este sentido Yousef recurre a la biopolítica de Foucault y Agamben para describir cómo el poder actúa directamente sobre la vida y la muerte de las poblaciones. Checkpoints, bloqueos, administración de recursos y precarización cotidiana forman parte de un régimen de control que convierte la existencia palestina en una excepción permanente. “No es solo un conflicto geopolítico entre Estados, es un control que se encarna en los cuerpos y en la vida diaria.” Sin embargo advierte del riesgo de universalizar lo que ocurre en Palestina cuando lo específico es la experiencia colonial y la limpieza étnica.
Yousef no esquiva las comparaciones con otros genocidios del siglo veinte y veintiuno. El Holocausto, Ruanda, Bosnia o Darfur configuraron las categorías con las que pensamos la violencia extrema. Pero Palestina, sostiene, desafía esos marcos porque no es un episodio cerrado en el tiempo sino una ocupación prolongada con episodios recurrentes de limpieza étnica. “Es una herida abierta que nos obliga a repensar la filosofía política contemporánea”, dice. En esa línea rescata la figura de Hannah Arendt, quien en los años cuarenta advirtió de los riesgos de construir un Estado basado en un nacionalismo excluyente. Frente a la lógica de un enfrentamiento perpetuo Arendt defendió una solución binacional. “Lo que entonces parecía ingenuo hoy resuena como una vía necesaria”, reflexiona Yousef.

Feminismo, lenguaje y resistencia
El feminismo también atraviesa su mirada. La guerra, recuerda, no afecta de forma homogénea sino que genera violencias específicas sobre las mujeres, los niños y las identidades vulnerables. Desde las violaciones sistemáticas hasta la sobrecarga de cuidados en contextos de desplazamiento, el feminismo ha mostrado dimensiones que suelen quedar invisibles en las lecturas tradicionales. En Palestina esas violencias se entrelazan con la ocupación y la exclusión estructural, pero también dan lugar a experiencias de resistencia y organización comunitaria. “No se trata solo de denunciar la victimización, sino de reconocer las formas de agencia política que emergen en medio de la devastación”, insiste.
Su voz se detiene también en la batalla del lenguaje. Criticar al Estado de Israel, afirma, no es antisemitismo. “Primero, porque es una crítica política. Y segundo, porque los palestinos también son un pueblo semita. Lo que se cuestiona es la ocupación y el intento de negar su esencia nacional.” La aclaración no es menor, el árabe palestino forma parte de las lenguas semíticas al igual que el hebreo, de modo que reducir el término antisemitismo únicamente al odio hacia los judíos borra esa raíz común. Esta distinción, aparentemente obvia, resulta crucial en un contexto donde la acusación de antisemitismo se usa con frecuencia para deslegitimar cualquier cuestionamiento de las políticas israelíes. Para Yousef reivindicar la especificidad palestina no niega otras memorias, sino que amplía el campo de la justicia.

Desmovilizar la indiferencia
En su trayectoria académica y pública hay un hilo constante, la necesidad de “desmovilizar la indiferencia”. Lo dijo en un artículo de prensa y lo repite ahora, no basta con conmoverse ante las imágenes de destrucción, hay que sostener la atención y convertir la indignación en conciencia crítica. “El silencio es cómplice”, sentencia. Y esa frase resuena como un eco en el auditorio.
Palestina es un espejo incómodo que devuelve preguntas sobre nuestra propia capacidad de mirar, de actuar y de nombrar la violencia. La filosofía, en su voz, no es un lujo intelectual ni una abstracción sin consecuencias, es una herramienta para desarmar narrativas, rescatar memorias y abrir posibilidades de convivencia más allá del nacionalismo excluyente. “Avanzar en la paz exige sostener la memoria y reconocer al otro como parte de uno mismo.” En un tiempo de imágenes fugaces y discursos interesadamente polarizados, las palabras de Laila Yousef se instalan como un recordatorio de la necesidad de la reflexión crítica en el que la filosofía juega un papel clave para entender el mundo.
La entrevista con Laila Yousef se realizó poco antes de su intervención en la segunda sesión de Sagita Magma. Seminario- Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 30 de septiembre de 2025 en el campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. El seminario, coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia Piña, cuenta con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades. El ciclo se prolongará hasta diciembre con trece encuentros que cruzan filosofía, arte y militancia. Puedes leer la serie completa en este enlace.
