
Myriam Rodríguez y Javier Correa reflexionan sobre el amor como fuerza política y práctica material. Hablan del amor y la revolución, conceptos que sólo parecen contradictorios si se entienden desde la monogamia y el individuo aislado. “Esa contradicción desaparece cuando el amor se concibe como red de vínculos y comunidad material, porque ahí se convierte en una fuerza colectiva”. Una fuerza que ya se plasma en cooperativas de vivienda, comunidades queer y centros sociales donde afectos y economía se entrelazan. “No es utopía: ya está sucediendo”.
Con esta intensidad arrancó Sagita Magma: Seminario-Dopamina de Estética Política y Ontología de la Comunicación organizado por Ignacio Escutia y Andrés M. García Romero en el campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. El título es en sí mismo un manifiesto: magma como materia ardiente que nunca se enfría, y dopamina como chispa que activa la experiencia. Con sesiones semanales durante tres meses, el seminario propone pensar desde el ardor y la vibración, abrir un tiempo de imaginación radical y ensayar modos distintos de estar juntos.
Mientras se daban los últimos retoques al escenario —del que había desaparecido la mesa solemne de las lecciones magistrales— y se probaban proyecciones e imágenes sonoras contemporáneas, conversamos con Rodríguez y Correa. “Filósofas obsesivas”, como ellas mismas se definen, que recién entrados en la treintena han sacudido el círculo filosófico español con un libro en papel en tiempos dominados por pantallas breves. Su obra Micropolítica del amor. Deseo, capitalismo y patriarcado (Festina Lente / Punto de Vista, 2024) despliega, con el andamiaje de la filosofía crítica, muchas de las intuiciones que ahora comparten en Cuenca. En sus páginas dialogan con Foucault y Bourdieu, con Esteban Galarza y Fromm, con Guattari y con quienes han pensado la vida afectiva como territorio atravesado por el poder.

Su apuesta es clara: “el deseo no se entiende sin las condiciones materiales que lo producen, ni el amor se sostiene como refugio íntimo si no atendemos a las estructuras que lo moldean”. “Llevamos años pensando en el amor, porque creemos que ahí se juega mucho de lo que nos pasa, tanto en lo íntimo como en lo político”, explican.
El magma, decían los organizadores, es materia que nunca se aquieta, siempre en erupción. Así entienden también el amor: como energía que desborda, que desacomoda y que puede transformarse en acción colectiva. “El amor en abstracto no es revolucionario”, advierten. Lo que lo vuelve transformador son las prácticas colectivas que subvierten al capitalismo y al patriarcado. Rodríguez precias, “El amor existe, nos enamoramos y sufrimos por amor. Pero también es un invento. Las formas que tenemos de amar son históricas, configuradas por estructuras sociales concretas”.
La filosofía escrita que, al trasladarse a la palabra viva, se transforma en un diálogo tejido con ejemplos cotidianos y experiencias compartidas. La práctica pública del pensamiento devuelve así los saberes al espacio común de donde surgen y al que siempre pertenecen. Pensamiento en vivo, pensamiento enlazado con lo biográfico. Rodríguez creció escuchando historias familiares marcadas por la fe y la filosofía, hasta adentrarse en el perdón y la religión desde Hegel. Correa pasó de repartir pizzas a doctorarse en Filosofía mientras sostenía un espacio barrial en Vallecas.
De ahí su capacidad para hablar de lo urgente y lo vital: “socializar los cuidados, compartir la riqueza o vivir más allá del hogar cerrado”. Una filosofía que expresa lo más profundo a través de referencias compartidas de la cultura popular. Como resumió Correa: “El capitalismo puede fagocitar casi cualquier cosa: camisetas rebeldes, identidades disidentes convertidas en nicho de mercado, incluso canciones de protesta. Pero no puede absorber una huelga ni la autogestión colectiva de recursos”. Rodríguez complementa, “Es un capitalismo zombi que todo lo devora, pero tiene límites: las huelgas y el planeta. La crisis ecológica puede torpedear su lógica de crecimiento infinito”.
Esa precariedad generacional y una militancia personal colorean sus reflexiones. “No hablamos de amor desde una torre de marfil, sino desde cuerpos atravesados por la crisis, la falta de tiempo y la necesidad de comunidad”, puntualiza Rodríguez. Reconoce que “a veces nos acusan de ser naïf, de hablar de comunidades amorosas como si fueran islas felices, pero sabemos que en toda construcción comunitaria hay conflicto y antagonismo. El amor no borra la política: la atraviesa”. Correa, con tono militante, recordó: “Hace un siglo la CNT tenía un millón de afiliados que aportaban parte de su salario. Hoy nuestras amigas no están sindicadas. Y sin organización, el amor se convierte en promesa vacía”.

Con la Facultad de Bellas Artes como escenario, el arte se volvió parte natural de la conversación. “La música, la literatura, la performance abren grietas en la norma. Nos muestran otras formas de desear”, dijo Rodríguez. Palabras que recordaban que cada gesto artístico es también un gesto político, un lugar donde el deseo se reinventa y se expone. Ese cruce entre estética y política es, en sí mismo, dopamina, magma y fuego: el arte como creador de lenguajes y afectos en combustión, ensayando modos de vida que no caben en los moldes establecidos.
Correa retomó la idea del colectivismo: “Por eso insistimos en pensar formas de producción colectivas, respetuosas con el medio ambiente, que no reproduzcan la violencia extractivista. Si el amor es revolucionario, lo será también en su relación con la tierra, con lo común”.
En el cierre, la pregunta inicial regresa a la conversación: ¿es el amor revolucionario? “No hablamos de un eslogan vacío. Decir que el amor es revolucionario significa pensar en prácticas que erosionen la propiedad privada, que compartan cuidados, que rompan con la soledad del piso alquilado. Significa materializar en la vida cotidiana lo que el capital no puede absorber”. Correa añade, “El amor en abstracto no cambia nada. Lo que cambia son las huelgas de cuidados, las cooperativas, los vínculos que sostienen lo común”.
Sus palabras se entrelazan con recuerdos personales. Myriam Rodríguez evocó a su abuela, que había sostenido la vida en silencio; Correa habló de las asambleas de barrio y de la dificultad de sostener lo colectivo frente a la soledad urbana. “El amor puede ser revolucionario si lo pensamos como huelga contra la privatización de la vida”, dijo Rodríguez. “Si conseguimos que una lavadora sirva a diez familias en lugar de diez lavadoras encerradas en diez pisos”, añadió Correa. Una metáfora tan simple como radical que mira hacia lo esencial lo esencial: cambiar la forma de amar implica cambiar la materia misma de la existencia. Una invitación a seguir ardiendo.
La entrevista se realizó previamente a la sesión inaugural del seminario Sagita Magma: Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 25 de septiembre de 2025 en el Aula Magna de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Castilla-La Mancha en Cuenca. Organizado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia Piña, con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades de la Universidad de Castilla-La Mancha. El ciclo se extenderá hasta diciembre con trece encuentros que entrelazan filosofía, arte y militancia.
