Canto del Tilo en plaza Taiyo

Por Julio Sanz Vázquez

El 23 de septiembre de 2025 vivimos en la Plaza Taiyo, Parque del Sol de Cuenca, diseñada por la artista japonesa Keiko Mataki, una jornada única para dar la bienvenida al otoño. La celebración, organizada con el impulso de Ángel Suárez, reunió a creadores, músicos, narradores y colectivos en un ambiente festivo y profundamente simbólico.

La tarde comenzó con la fuerza de la música tradicional a cargo del Grupo de Dulzaineros Pipirigay, que llenó la plaza de ritmos festivos, invitando a los primeros pasos de baile. Después, los estudiantes de la Escuela de Arte Cruz Novillo aportaron su creatividad vistiendo la plaza con decoraciones, y compartieron su talento en talleres de retrato y cómi
El colectivo USK_CUENCA_SPAIN desplegó sus cuadernos y pinceles para dibujar en directo el ambiente y los rostros de quienes transitaban entre actividades. La palabra también estuvo presente: Jenny Fraile nos condujo por el “Cuento de las Grullas” y otras narraciones de tradición japonesa, acompañadas de un taller de papiroflexia donde grandes y pequeños dieron forma a delicadas aves de papel.

Entre tanto, el cielo se iba tiñendo de ocres y anaranjados, marco perfecto para escuchar la charla de José Esteban Donate, de AstroCuenca, que nos recordó el sentido astronómico del equinoccio: el momento exacto en que la luz y la oscuridad se equilibran.

Y llegó entonces el instante más esperado para mí: hacer cantar al tilo de la plaza. Desde el Bio Music Lab del Huerto del Sonido, instalamos sensores que recogieron los impulsos bioeléctricos del árbol transduciendolos en notas musicales. Las vibraciones invisibles del tilo, convertidas en sonido, se desplegaron como un murmullo vivo, un canto secreto que siempre estuvo ahí, aunque inaudible para el oído humano.

A ese canto se sumó el guitarrista Xavier de la Huerga, con quien improvisamos un diálogo sonoro. Su guitarra respondía, a veces suave, a veces intensa, a las modulaciones del árbol. Yo, más que intérprete, me sentí mediador: entre la savia y la cuerda, entre la raíz y la mano, entre el silencio vegetal y el rumor humano. El público, en silencio absoluto, acompañó cada nota como quien asiste a un rito antiguo.

Ese día comprobamos que el arte y la naturaleza, cuando se escuchan, no se enfrentan: dialogan. Y que en el centro de la ciudad, un árbol puede cantar, si alguien tiene la paciencia de escucharlo.

Texto Julio Sanz – Fotos Ángel Suárez

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