Kihong Chung, el vano intento de fosilizar el aliento

Por José An. Montero

La Mar de Músicas dedicada a Corea del Sur bajó el volumen convirtiéndose en un eco persistente, que permanecerá latente hasta que el próximo verano vuelva a subir el volumen para escuchar las voces de Ecuador. Pero aún permanecen abiertas las exposiciones que forman parte de La Mar de Artes hasta finales de septiembre. Entre ellas, 숨 SUM (Aliento), del coreano afincado en Cartagena desde hace varias décadas, Kihong Chung, en la Sala Dora Catarineu.

En Cartagena, bajo el asfalto está la historia. Un subsuelo ardiente que ha mantenido la memoria de una ciudad mil veces habitada. La vida en capas. En esta ciudad, lo subterráneo no es solo lo que yace abajo, sino lo que insiste, lo que late en la oscuridad imponiendo su lógica. Una pequeña puerta abre el subsuelo de la Sala Dora Catarineu, donde buscamos ese “Aliento” que sirve de mediación cultural entre dos miradas tan diferentes, pero con tantos puntos de encuentro como la coreana y la mediterránea.

Frente a la exposición, como marco irrenunciable de la muestra, la muralla de Carlos III, erigida para defender la bahía. Al otro lado, el mar y la humedad. La sala entera adquiere una temperatura de gruta, una humedad subterránea. Una ambientación sonora de goteo constante sirve de fondo sonoro a la muestra y ayuda a acompasar la respiración con lo que se ve y lo que se intuye. “A menudo creemos que el silencio es ausencia. Pero las existencias más profundas, a veces, respiran en la quietud”, reza la pared blanca.

Un pequeño buda blanco pende del techo, gira levemente, enmarcado al fondo por dos grandes planchas de metacrilato negro que muestran líneas rayadas a mano. Bajo sus pies, un lecho de carbón silencioso. Prisionero entre cuerdas que evitan su descomposición final. Formas caprichosas de una vida pasada en Tentegorra, donde fueron recogidas por Chung. Cada uno de estos fragmentos tiene volumen específico, su densidad interna, su sombra propia. El fuego no solo descompone, también fosiliza las formas.

Allora & Calzadilla moldearon en Montignac un pino silvestre alcanzado por un rayo, convertido en cuerpo fósil que aún conserva la tensión de la descarga. Grada Kilomba organizó un paisaje simbólico con madera quemada, arena, vidrio y piedra, donde cada material condensa una memoria desplazada. Olafur Eliasson instaló troncos de deriva en Serralves como vestigios de un horizonte climático alterado. En la obra de Kihong Chung, la materia quemada genera una red de sentidos que se expande con cada mirada. El carbón parece retener el tiempo en suspensión, como el subsuelo sedimentado de Cartagena. La instalación respira entre la impermanencia oriental y la termodinámica occidental. Cada fragmento forma parte de un lenguaje que emerge desde capas simultáneas: biografía, topografía, arquitectura, ruina, paisaje mental, una mineralidad casi orgánica.

La exposición sigue abierta hasta el 28 de septiembre. Hay tiempo para entrar más de una vez. Para excavar en los significados. Para meditar mientras el polvo se adhiere a la suela de los zapatos, como si los pasos fueran parte de la obra. Porque, como reflexionaba Walter Benjamin, quien quiera acercarse a su propio pasado debe estar dispuesto a excavar. Incluso entre la madera quemada.

La Mar de Artes. Sala Dora Catarineu, Cartagena. Hasta el 28 septiembre 2025

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