Júlia. Un castellano-parlante en el patio de butacas del teatro en valencià.

Por José An. Montero

Una representación teatral en otra lengua es siempre un ejercicio de confianza en el poder del teatro. Aunque las lenguas sean primas hermanas, como es el caso del valencià y el castellano, siempre existe la duda de si el lenguaje no verbal será capaz de cubrir las lagunas de la ignorancia, en la consciencia de que los giros y requiebros del idioma se escaparán entre los dedos, que muchas de las referencias culturales pasarán desapercibidas y que siempre reiremos a destiempo. 

Sin embargo, la llamada del teatro siempre ha sido más fuerte y no puedo mirar a otro lado cuando en la cartelera se anuncia que esa noche habrá función, esté en el lugar que esté y sea el lugar del mundo que sea. En esta ocasión era la primera versión teatral de Júlia de Isabel-Clara Simó, una obra considerada emblemática dentro de la literatura valenciana y catalana contemporánea publicada en 1983, que narra un matrimonio de conveniencia entre un amo y una obrera durante la denominada revolución del Petróleo de Alcoi de 1873. 

Leo en algún sitio que en la segunda edición de la novela se modificaron algunos diálogos para acercarlos aún más a los giros lingüísticos de Alcoi de la época y desconozco completamente si para el resto de público es apreciable el acento de una época y un lugar concreto. Prestando atención cotilla a las conversaciones previas al inicio de la función, hago el obvio descubrimiento que soy el único turista teatral infiltrado y trato de imitar el perdó i gràcies al ocupar mi localidad de curioso intruso. 

Abre el telón el Principal de Alicante, uno de esos teatros que merecen por si solos la función, con sus asientos de terciopelo de mil batallas y sus espacios cada vez más pequeños conforme vas subiendo a las alturas hasta ponerte frente a la maravillosa lámpara de cristal que cuelga sobre el patio de butacas. 

Obreros en lucha, hilanderas, cantos revolucionarios y un ambiente festivo de barrio popular. Alegría y vida. Un ambiente del que la protagonista Júlia, interpretada con gran potencia por Gloria Román, también forma parte de la marginalidad de una familia estigmatizada por la brujería y la política. Chico conoce a chica y cuando creemos descubierto el motor narrativo de tantas historias, la realidad social del momento y el lugar se cruza en la vida de la protagonista al enamorarse de ella el amo viudo mucho mayor que ella. Pobreza, riqueza, estatus, amor romántico, matrimonio de conveniencia, dinero, lujo y hambre, serán las potencias universales que se pongan en juego sobre el devenir eterno de los seres humanos. 

Esta es la verdadera magia del teatro, capaz de transportarnos a un tiempo y a un lugar alejados del propio para empatizar con los sentimientos de quien los gozan o los sufren, aunque no entendamos lo que dicen, aunque no comprendamos sus circunstancias concretas. 

Una magia que es más fácil que se dé cuando los elementos acompañan, como es el caso del montaje de la compañía La Dependent, bajo la dirección de Gemma Miralles, autora también de la adaptación teatral de la novela de Isabel-Clara Simó, y a la que dan vida escénica la ágil, creíble y versátil escenografía de Edu Moreno, que con sus dos alturas recuerda en ciertos momentos a los dos mundos del Metrópolis de Fritz Lang, el ágil y bello ritmo impuesto por la coreografía de Júlia Cambra, que retrata el tempus fugit del ser humano. La música también juega un importante papel en el rito del teatro y en este caso la acertadísima ambientación musical de Rafel Arnal con canciones tradicionales y coros obreros, se torna en universal. 

La libertad mental de no estar asido a un texto del que captas el sentido, pero no los matices, permite olvidarse del caso concreto y trazar universales sobre el escenario. Gracias también a las convincentes interpretaciones de un elenco particularmente acertado en el que además de la citada Gloria Román, capaz de apoderarse de las tablas logrando que el universo escénico gire a su alrededor, evocando a un Tartufo femenino que cuenta con el necesario y creíble contrapunto del enamorado e hipnotizado y con aromas del Orgón de Moliere, Josep Romeu (Joan Manuel Gurillo).

Teatro, teatro, teatro. Sin más idioma que la sonrisa de Talia y el llanto de Melpómene, la melodiosa, que el tiempo convirtió en tragedia. 

Júlia. Teatro Principal de Alicante. 18 de marzo de 2022.

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