
María Herreros de la Fuente presenta en la Facultad de Bellas Artes una instalación sobre la memoria, la acumulación y la transformación de los objetos cotidianos.
Esta semana, la artista conquense María Herreros de la Fuente inauguró efímeramente en la Facultad de Bellas Artes de Cuenca la instalación Una casa tomada, la catarsis de las pertenencias, un proyecto desarrollado como parte de su Trabajo Fin de Grado. La obra, centrada en la relación entre memoria, objetos y espacio doméstico, va acompañada de una publicación concebida como parte de la propia instalación. La exposición tuvo una existencia fugaz y solo pudo ser visitada durante unas horas por un reducido número de personas.

“Al principio de la morada existía una tundra de interior, un paisaje minimalista donde solamente la aparición de los muebles irrumpía el blanco de la pared; es entonces cuando ese espacio “vacío” empieza a ser habitado, y con ello sus consecuentes cambios”, escribe María al principio de esta memoria artística y literaria.
La sala pequeña de la Facultad aparece convertida en un gran depósito de papel hecho jirones, rodeado de una especie de valla que delimita el interior y el exterior a la manera de paredes invisibles de una casa. Papeles acumulados y recortados durante meses con la tenacidad artística de convertir la idea en realidad. Vivir implica “la recolección, el consumo y el uso de objetos”, objetos que terminan entrando en el hogar y quedándose. Desde ahí construye una reflexión sobre la acumulación, el espacio doméstico y lo que ocurre cuando las cosas dejan de caber. “Esto mismo es una casa”.

La obra de María Herreros se ha distinguido siempre por la transformación de objetos encontrados en nuevas piezas artísticas. Hallazgos que iban ocupando el hogar familiar. La artista recuerda los primeros espacios ocupados: «la biblioteca, la habitación y la mitad del salón». Recuerda cerrar puertas cuando llegaban visitas. “Dirigiéndolos fuera de nuestras vergüenzas”.
Almacenes de materiales esperando durante años ante la posibilidad de convertirse en otra cosa, gracias al “mágico ¡no vaya a ser que…!”. Escribe que el almacén termina desbordándose “como una gran riada que inunda nuestras habitaciones”, ese cafarnaúm de hallazgos impertinentes y persistentes del que hablaba Josep Pla.
Objetos que llevan su depósito de memoria a cuestas, pero que en las manos de María se convierten en nuevas narraciones. “Vivo mi propia catarsis, reconstruyendo lo que alguna vez soñé con que fuera mío”.
Durante los últimos años en la Facultad y en Trashumancias la hemos visto evolucionar en medio de su torrente creativo, siguiendo su propia linde, un camino donde las piedras que iba encontrando —utilizando la anécdota que ella misma relata en su memoria sobre las piedras que recogía junto a su padre— van trazando esa “deriva de lo encontrado”.

Un camino que termina en la Facultad, pero que continuará en el ancho mundo, dejando atrás esta gran jaula de su proyecto reciente, pero recordando aquella pequeña jaula construida con madera y alambre que formó parte de una exposición anterior y que relacionó con su abuelo y con una colección de jaulas para colorines. “Mi abuelo se obsesionó con tener colorines en casa, para que estuviera todo el rato cantando y generando como un ambiente”.
En Una casa tomada afloran muchas de las referencias que dan poso a su pensamiento. Referencias a Julio Cortázar, Mark Z. Danielewski, Gregor Schneider, Louise Bourgeois, Mona Hatoum, Song Dong, Chiharu Shiota, Doris Salcedo, Michael Landy y David Bestué. Citas pertinentes, íntimamente ligadas a esta reflexión sobre la acumulación, la transformación del espacio doméstico y la posibilidad de destruir objetos para generar nuevas obras.
Como en la célebre cita de Cortázar con la que dialoga el proyecto, llega ahora el momento de abandonar la casa y emprender el vuelo, pero “antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada”.
Texto y fotos de José An. Montero