
La memoria se reescribe constantemente. En Fragmentos y Eco, Cristina Fernández parte del álbum familiar para desmontar su relato lineal y trabajar con sus grietas. Collage, dibujo y texto se combinan en un proceso de corte y recomposición que presenta el recuerdo como algo fragmentado, abierto y en constante transformación.
Fernando Pessoa se interrogaba sobre la fractura de la identidad en una serie de afirmaciones encadenadas. Cuántos era, quién era, cuál era la hendidura que había entre él y él mismo. De esas preguntas nacieron sus heterónimos y la certeza de que reconstruimos nuestra biografía cada vez que recordamos, algo que la neurociencia ha confirmado al mostrar que cada recuerdo se modifica al volver a activarse. Un proceso que científicamente se ha denominado reconsolidación de la memoria.
La identidad no deja de ser una construcción inestable, atravesada por capas y desplazamientos continuos. Cristina Fernández parece partir de esa base para construir su exposición Fragmentos y Eco, que se expone hasta el viernes 17 de abril en la Sala Larga de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca. “Es una exposición cuyo tema principal es la memoria. Empecé con unos collages y la finalidad es reconstruir el álbum familiar”.

El álbum familiar aparece como estructura narrativa. Ordena, selecciona, fija. “El álbum familiar presenta la memoria como algo lineal, como algo estático, y yo quería deconstruir esa memoria para plantear un relato con muchas más perspectivas, mucho más ambiguo, pero mucho más auténtico”, explica. La exposición refleja esa voluntad de abrir el relato y asumir la propia inestabilidad de la memoria.
Cristina Fernández comenzó cortando y recomponiendo las propias imágenes del álbum familiar, conectando cosas habitualmente separadas que el collage superpone, mostrando su cara visible y su reverso. Sobre esta manera de trabajar escribió en sus diarios Alejandra Pizarnik, una de las grandes referencias intelectuales de esta exposición, “La idea del collage me sobrecoge y me desampara. La unión de los fragmentos vale la pena si cada fragmento es válido de por sí. Quiero decir, si los fragmentos son válidos aisladamente, la tarea de reunirlos es muy fácil”.
Fernández lo plantea de forma directa. “Planteo los relatos colectivos, como puede ser el álbum familiar, como los asesinos de la voz propia y de la identidad personal”. Una tensión complicada de resolver, entre memoria compartida y experiencia individual. Una mirada que introduce una idea que recorre todo el trabajo. “Intento plantear todo este trabajo como una especie de autopsia, de reconstrucción de un crimen de la propia identidad para poder desenterrar lo que hay debajo de ese álbum familiar”.

La memoria aparece entonces como un territorio estratificado. En el texto de sala se formula desde otra imagen. “Frente a la superficie brillante y plana del álbum familiar, propongo una arqueología del rastro”. El archivo doméstico se acerca a un espacio de acumulación, más próximo a un desván que a una línea continua. Objetos, imágenes, restos que permanecen sin orden aparente. La historia personal, presentada “en forma de ruina, de vestigio, de laguna”, que diría Walter Benjamin. La memoria se construye a partir de lo que queda. Fragmentos, ausencias, interrupciones. “Hay muchos fragmentos de mi memoria, incluso colectiva, que no tienen dónde manifestarse y que no tienen un lugar donde poder existir”, explica Cristina Fernández. “Investigarla con curiosidad, examinar cuidadosamente los rastros y las pistas, practicar una autopsia de los recuerdos”. Una forma de reconsolidación artística de la memoria.
En ese proceso, la ambigüedad ocupa un lugar central. “Intento siempre hablar desde la ambigüedad, desde lo poético y desde lo abstracto, porque creo que abre mucho la perspectiva, abre la mirada hacia muchas más interpretaciones”. La obra mantiene esa apertura y evita fijar un significado único. “Narramos al mirar, porque mirar es complejo”, escribió Pessoa, otra referencia clave en esta propuesta de la joven artista madrileña.
“Los primeros collages que hice fueron casualidades, los realicé para la asignatura de fotografía de la facultad. Para este trabajo no sabía qué hacer y esa relación con la incertidumbre me motivó a crear algo nuevo”. La incertidumbre de salirse fuera del marco habitual aparece como motor. El collage se convierte en una herramienta directa. “Me gustaba cómo el collage permitía mezclar elementos muy diferentes para crear metáforas y para crear un lenguaje”.

A partir de ahí, el proceso se vuelve acumulativo. “Empiezo con collages tradicionales y poco a poco esos collages los convierto en módulos que interactúan entre sí en un papel kraft. Luego esos módulos los vuelvo a deconstruir”. La repetición del gesto genera una lógica de trabajo. Cortar, unir, volver a cortar. “Es una deconstrucción constante, de fragmentación y reconstrucción constante que intenta representar cómo la identidad y la memoria son entes en constante movimiento. La idea en el collage es pelar las capas del álbum familiar para ver lo que hay debajo”. Cada intervención desplaza el sentido de la imagen original. “Esa fragmentación permitía crear elementos que se podían juntar de nuevo y crear una imagen que dijese algo diferente a lo anterior”.
Cristina Fernández utiliza la poesía como motor creativo. “La poesía para mí tiene un papel fundamental en mi obra. He querido escoger fragmentos de estos poemas y representarlos sobre el papel, físicamente”. El texto se integra en la composición. “El texto funciona como ancla y como contexto de estas figuras”. La palabra mantiene su presencia y organiza la lectura. Las referencias están definidas. A las ya mencionadas de Alejandra Pizarnik y Fernando Pessoa, se suma Jaime Gil de Biedma. “Tratan sobre la identidad y la memoria”, aun sabiendo, como escribió el propio Gil de Biedma, que “la memoria engaña también, uno es una invención”.

En el centro de la exposición, la reflexión sobre el álbum familiar, sobre la casualidad o la intención, sobre la acumulación y los vacíos. “En mi propio álbum familiar hay años enteros en los que no hay ninguna fotografía”. El vacío se integra en el relato. El collage trata de completar ese vacío.
La exposición evoluciona y se desplaza hacia el dibujo y la pintura. “En estos trabajos más recientes parto de esa fragmentación, pero la represento mediante el pincel”. La lógica se mantiene, cambia el medio. “Son la representación de los fragmentos que se reconstruyen y crean algo diferente”. El lenguaje visual se amplía. “Empiezo a establecer todo como un lenguaje mucho más estructurado y complejo”. La materialidad adquiere peso. “El cartón representa lo efímero de la memoria”. Las piezas incorporan esa condición de fragilidad. La memoria se presenta como algo que se transforma y se deteriora con el tiempo. “Estoy manifestando la memoria como lo que es, algo fragmentado y algo de lo que faltan piezas”. Siempre quedan piezas fuera.

Texto y fotos: José An. Montero y María Rome