Celama no estaba todo lo muerta que decían

Por José An. Montero & María Ramos

Teatro Corsario regresa a esa tierra que llaman Celama imaginada por Luis Mateo Díaz, en la sesión inaugural de la 26 Feria de Teatro de Castilla y León en Ciudad Rodrigo.

Muchas cosas han cambiado la manera en la que miramos al mundo rural desde la primera versión que hicieron hace casi veinte años Teatro Corsario, con la dirección de Jesús Peña de ‘Celama’, sobre un texto de Luis Mateo Díaz en colaboración con Fernando Urdiales. Si en entonces aún se podría hablar de un mundo en estado agónico, veinte años después hablamos de un mundo extinto, pero ‘Celama’ trasciende el tema de la despoblación, por mucho que se apoye en la desaparición de un pueblo y por mucho que el tema haya entrado en las agendas mediáticas y políticas. Celama ya no pertenece a la realidad, sino a la memoria. 

No es un pueblo que desaparece, es un mundo que desaparece entre las brumas fantasmales. ‘Celama’ es el fin de un mundo claustrofóbico y asfixiante, de muertos enterrados “vivos” en el Páramo. Celama es un pueblo, pero es un universo, una pequeña ciudad, un tiempo, un pensamiento, una filosofía de vida, un retablo de miserias, un humilladero entre las brumas. Celama no habla del mundo rural, o al menos, no sólo del mundo rural. Celama es un muerto genérico. 

La trilogía sobre la que se apoya la dramaturgia, ‘El espíritu del páramo’ (1996), ‘La ruina del cielo’ (1999) y ‘El oscurecer’ (2002) del leonés Luis Mateo Díez Rodríguez, ha servido también de médula espinal de ‘Celama (un recuento)’ (2022), obra con la que el autor ha recopilado estas historias fantasmales a modo de epílogo. 

Luis Mateo Díez, al que Ángel González alabó “por su uso de la lengua y su cuidado expresivo” y al que apoyó para su su designación como académico de la Real Academia Española, a pesar de tener en su haber más de medio centenar de obras muy relevantes y de mantener a sus ochenta años una activísima producción literaria, ‘Juventud de cristal’ (2019), ‘Los ancianos siderales’ (2020) o ‘Mis delitos como animal de compañía’ (2022) son sus últimos trabajos, ha sido muchas menos veces llevado al cine o a la televisión de lo que la lectura de su obra pudiera hacernos imaginar. Algo parecido sucede con el teatro, donde ‘Celama’ (2008) en colaboración con Fernando Urdiales había sido hasta ahora la única adaptación de su obra a los escenarios.  

“El viajero vislumbró Celama, atisbó el Reino en su imaginación, sin que la niebla y la incertidumbre desdibujaran por completo la vista y la visión que el Territorio atesoraba, de eso no cabía duda”, escribió Luis Mateo Díez. Atisbamos este reino fantasmal sobre el escenario del Teatro Nuevo Fernando Arrabal en este ‘Retorno a Celama’ propuesto por Teatro Corsario en la inauguración de la Feria de Teatro de Castilla y León. 

Imposible no respirar el aroma a Macondo, pero un Macondo húmedo que camina sobre madreñas, que ahonda sus raíces en Pardo Bazán y Valle-Inclán, que cabalga sobre personajes sentenciosos, donde cada palabra parece masticada durante siglos antes de ser hablada. Destilación de teatro clásico. Dramaturgia de crianza en barrica. Decantamiento por reposo. Teatro que pertenece “al patrimonio de lo imaginario, a la irrealidad que es la condición del arte”, tomando palabras del propio Luis Mateo Díaz en ‘Celama (un recuento)’. 

Esta nueva versión de Jesús Peña, sobre las novelas de Luis Mateo Díez y la versión anterior de Luis Mateo Díez y Fernando Urdiales, consigue conservar la esencia de la historias con apenas unas breves pinceladas, mantener el carácter coral de los cuentos de Mateo Díez condensados en apenas un par de frases que parecen grabadas en la misma piedra que los refranes. Habla de un mundo extinto, pero en el que seguimos siendo reconocibles, como si el último muerto de Celama aún siguiera muy vivo. 

Ante nuestros ojos, un desfile fantasmas reconocibles, ancestrales y eternos, habitantes de un mundo pasado ya extinto, pero en cuyos caracteres seguimos reconociendo el presente. Burlona, Ciro, Doctor Cuende y Don Selmo. Doña Viña, Fulvio Llama, La Muerte o Liviano Ariga. Muridia, Pelagra, Sucinta, Tamarila o Telurio. Nombres que evocan un pasado de partidas de bautismo amarillentas y de santorales infinitos, en la que humanos, fantasmas, máscaras y muñecos habitan en el mismo plano de la realidad. Carlos Pinedo, Jesús Peña, Clara Parada y Teresa Lázaro dan vida temporal a este retablo de muertos trazados con pluma rápida pero precisa. 

La propuesta de Teatro Corsario está plena de simbolismos vividos y carga poética de profundidad. Movimiento escénico posado, clásico y bello. Texto sentencioso y trascendente. Puesta en escena clásica y significativa, con aroma a húmedo, decadente y arcaico. Tragicómico con aromas de esperpento pero despojado de todo lo superfluo. Texto y dramaturgia destilados hasta su esencia, donde cada detalle tiene el peso y el valor esencial de lo cocinado a fuego lento. “Se acaba el mundo, ya sabes lo que hay que hacer. Recoger.”

Texto de José An. Montero y fotos de María Ramos para La Circular.

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