Bohnchang Koo, azules flotando en blancos infinitos

Por José An. Montero

Hasta el 28 de septiembre puede visitarse “Fotografía minimalista” de Bohnchang Koo en La Mar de Artes (Cartagena). Minimalismo, imperfección y memoria: el coreano transforma objetos humildes en presencias vibrantes, explorando la fragilidad y la resistencia de una cultura que, pese a las colonizaciones, sigue latente.

La Sala Domus del Pórtico habita en las traseras del Teatro Romano, cerca de ese espacio cargado de fuerza que es el Callejón de la Soledad. Semioculta, alejada del flujo turístico, parece una puerta al pasado que puede cerrarse en cualquier momento. Hay algo de ritual en llegar hasta ella: cada visita es un hallazgo, un sueño que no sabes si se repetirá.

Bajo sus pies descansan, literalmente, capas de historia olvidadas durante siglos —murallas bizantinas, calles empedradas, siglos de poder y olvido—. Ahora, en su sala superior, la exposición fotográfica de Bohnchang Koo despliega una calma que es, a la vez, belleza y grieta. Desde el 10 de julio hasta el 28 de septiembre de 2025, la muestra comisariada por Blanca Berlín abre un espacio en La Mar de Artes para pensar en lo mínimo. Lo mínimo, no entendido como vacío, sino como punto de entrada hacia la memoria, la política de los objetos, lo íntimo y lo universal. Belleza y grieta.

Primera serie de fotografías casi blancas, donde la ausencia es a la vez plenitud. Necesita el silencio y el tiempo para sentir el pensamiento de este pueblo de vestiduras blancas, de lino sin teñir, de acto de resistencia ante los grandes gigantes que lo rodean. Sobriedad, desapego y belleza en la imperfección.

Cuando el ojo empieza a acostumbrarse al blanco, desde el fondo de la sala los dorados sobre negros añaden sonidos metálicos, rasgando la mente con su brillo arrasador. Si el blanco coreano es introspección, el dorado precolombino es pura extroversión: símbolo de riqueza, poder y divinidad. Una capa más que desconcierta al espectador, que necesita tiempo, siempre tiempo, para integrarla en el discurso y dejar de verla como un elemento exógeno, casi como el vestigio olvidado de una exposición anterior.

Desde su mirada distante, Koo aquieta el oro, lo vuelve humilde y solitario. Construye imágenes casi hiperrealistas donde la ostentación se desvanece por exageración y la riqueza se transforma en memoria de dolores indescriptibles. Son retratos de otras culturas enfrentadas a lo gigantesco: imperios, conquistas, cosmogonías. Aquí la fotografía se convierte en mediación cultural: un coreano interpretando el arte mesoamericano en una sala española. En ese triple salto cultural aflora la universalidad de la belleza.

Lo que podría parecer una fotografía de catálogo se transforma en un acto de escucha hacia culturas ajenas, con la conciencia de que siempre se pierden matices, pero también con la posibilidad de revelar nuevas miradas a lo propio.

Al girar la sala, regresa el blanco llamando desde el fondo. Blanco que flota en azul. Un azul que no busca la perfección sino la vida en la diferencia: cada trazo de cobalto ligeramente distinto, cada cuenco imperfecto, cada jarra con variaciones en la intensidad del pigmento que revelan humanidad y fragilidad. Ese azul, importado desde Persia a través de China, era tan caro que cada trazo debía tener un sentido y quedaba reservado para la élite, los rituales confucianos y los objetos de la corte. En las manos de Koo, estas porcelanas dejan de ser piezas de museo para transformarse en cuerpos vivos que respiran en un mar blanco.

Bohnchang Koo nos ofrece lo contrario de la hiperproducción de imágenes que define nuestro tiempo. Donde otros llenan la pantalla de estímulos, él pide atención. Un pelo, una mota de polvo, un cuenco… elementos mínimos que sirven como leitmotiv para repensar lo contemporáneo y el poder evocador de la pausa.

Resuenan en la mente las líneas esenciales y los silencios de Fernando Zóbel: minimalismo gestado en el exilio, en contacto con las vanguardias intelectuales y artísticas de la abstracción. En Zóbel, el vacío era una búsqueda de lo esencial frente a lo superfluo. Koo recoge ese hilo invisible y lo traslada a su propia mirada fotográfica.

Pero donde Zóbel trazaba campos de color y líneas suspendidas para contener la emoción, Koo se acerca a la materia de los objetos, los rodea de blanco y deja que respiren. Invierte la lógica evolutiva: si el ojo humano está entrenado para buscar formas regulares en un mundo caótico, en sus imágenes buscamos la irregularidad vital en lo humano. Cada encuadre transforma cuencos, jarrones o piezas doradas en presencias casi animistas.

La piedra antigua, el susurro del callejón, la luz filtrada… todo conspira para crear esa atmósfera suspendida en la Domus del Pórtico. Allí los objetos parecen esperar, como si siempre hubieran estado. No hay cartelas ni explicaciones: solo la experiencia de mirar, de enfrentarse a un vacío que habla, un silencio que se llena de influencias cruzadas.

Abrir las puertas de la Domus del Pórtico en las últimas ediciones de La Mar de Artes se ha convertido en un gozoso encuentro con “la otra fotografía”: la que evita multitudes y dispara la reflexión, la que nos invita a la pausa y a la contemplación. En años anteriores, Trauma de Joan Fontcuberta dejó clavada en la memoria su reflexión sobre la verdad y el tiempo, mientras que Mediterráneos de Rafael Chirbes nos llevó a un viaje visual por paisajes íntimos.Y mientras dentro reinan el silencio y la contención, fuera el sol de julio golpea con fuerza. Una ambulancia pasa demasiado tarde hacia una muerte anónima. Las sirenas y la urgencia han dejado de tener sentido. Otra capa más de vida que se suma a este rincón de la ciudad, donde la fotografía de Koo dialoga con la memoria, lo invisible y la belleza de lo esencial. Difícil resistir la cita a El Principito.

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