
En la tercera jornada de La Mar de Músicas, el festival volvió a demostrar su capacidad para tender puentes improbables. Desde la plaza del Ayuntamiento con el chamanismo funk de Chudahye Chagis, pasando por el flamenco visceral y contemporáneo de Ángeles Toledano en el patio del CIM, hasta cerrar la noche con la guitarra casi platónica de Yerai Cortés en el Auditorio Paco Martín.
La tercera jornada de La Mar de Músicas comenzó en la plaza del Ayuntamiento con Chudahye Chagis. Una deliciosa marcianada de las que únicamente se pueden ver en este festival. Rituales coreanos sobre zapatillas de deporte. Puro chamanismo pop, difícil de descifrar desde las coordenadas occidentales. Chu Dahye, cantante y sorikkun (vocalista chamánica tradicional coreana), con dos plumas en la cabeza y vestida de blanco, transitaba cómoda y sonriente entre supuestos rituales ancestrales y la performance contemporánea. Maravilloso.

En uno de los temas se rompió una pequeña campana ritual de bronce. Un presagio potente en cualquier lugar: quizá la presencia de una energía rebelde, un desafío espiritual o una señal de que la línea entre lo mundano y lo sagrado se ha vuelto frágil. O tal vez las tres cosas a la vez. El duende andaba suelto. Y siguió rondando la noche cartagenera, especialmente en el patio del CIM, donde se presentó vestido de rojo y blanco, tomando el cuerpo de Ángeles Toledano, con la frescura de quien sabe que hay cantes eternos pero también debe volar, crear y florecer en nuevas formas.

Sangre Sucia, además de ser el título del último álbum de la jienense, es un manifiesto vital: entender el flamenco manchándose las manos, mezclándose con el asfalto y el neón, pero también asumiendo con respeto los saberes antiguos. Una invocación a la raíz y, a la vez, un canto a la creatividad humana. Entre la cocina de la abuela y un after vital.

Apenas una decena de tubos de neón alrededor de Toledano bastaron para crear un espacio ritual. El rojo era Lorca: sangre, bodas y muerte. El blanco, flamenco puro, que en una edición dedicada a Corea del Sur adquiere nuevas lecturas y resonancias.
Tejiendo una red de complicidad en el escenario con Sara Corea y Belén Vega —las magníficas cantaoras que la acompañaban y a las que cede en ocasiones el centro del escenario y la voz solista—, Toledano construyó un círculo de sonrisas y respeto mutuo. Un verdadero encuentro con el arte, donde los protagonismos se diluyen en un organismo comunitario superior. Acompañadas por el guitarrista Benito Bernal, versátil y capaz de pasar de un toque clásico a un fraseo vanguardista con la misma naturalidad, y las percusiones casi chamánicas de Manu Masaedo, completaban un sexteto que podría sonar como banda sonora de una tragedia urbana pero que se transformó en una fiesta por bulerías.

Los temas cobraron vida orgánica, escritos en las paredes del barrio. Mientras la tierra besa su herida, arranque lorquiano que flotaba en el aire como una plegaria teñida de rojo, abría una conexión chamánica en un inicio contenido y casi austero, como si la artista quisiera invocar primero a los fantasmas de la memoria antes de soltar el torrente interior.
La transición continuó hacia el cante profundo, donde la voz de Toledano se hizo más terrosa, más dolida. Gritos existenciales, ecos de esa fragilidad trágica tan presente en Sangre Sucia. Rupturas cromáticas y rítmicas. Bulerías enredadas con efectos de luces y sonidos de palomas que se transmutaban en cante minero. Y, de pronto, un nuevo giro hacia la celebración. Tobogán continuo de emociones. ¿Qué pensará la libertad del pajarito que se queda en el nido y nunca aprendió a volar?

Toledano sostuvo en la misma respiración la sombra y la luz, la herencia y la ruptura. El cierre fue un giro hacia la alegría: Lo que hay dentro de mí de Las Grecas dejó al público en un estado de euforia colectiva, como si la tragedia inicial se hubiera sublimado en pura celebración. Como casi siempre en el CIM, el espectáculo se hizo corto. Arriba, en el Parque Torres, esperaba Yerai. Nada pasó, pero todo sucedió. Arte y duende. Toledano, conectada con Yerai Cortés.

Para finalizar la noche, Yerai Cortés subió al escenario del Auditorio Paco Martín con la seguridad de quien no necesita más que una guitarra y un par de percusiones corporales para llenar el aire. La verdadera sorpresa, sin embargo, no estaba en el escenario, sino en un público que abarrotó hasta la última localidad. Meses antes, en Cartagena Jazz, había ofrecido un espectáculo similar, pero algo en este tiempo ha cambiado. La magia de la fama, esa que Yerai se ha ganado a pulso, ahora parece sostenerlo como un viento generacional que regenera constantemente el interés por el flamenco. A la salida, Ángeles Toledano cruzaba el Parque Torres convertida de nuevo en una joven más, ligera, sonriente por haber formado parte de este hermoso sueño compartido.

Texto: José An. Montero / Fotografías: María Ramos
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