
La Mar de Músicas arrancó el 18 de julio en Cartagena como un rito de verano en tiempos inciertos. Con Corea del Sur como país invitado, el día inaugural desplegó un mapa sonoro que reunió a Leenalchi, Salif Keïta, Jambinai, Natalia Lafourcade y Queralt Lahoz, disolviendo fronteras culturales y propiciando esos encuentros improbables que definen la esencia del festival.
Ha sido un año complejo. Un año en el que las certezas saltaron por los aires, dejando un paisaje de escombros donde antes había dinámicas mundiales que dábamos por seguras. Un año en el que el concepto de creatividad se hizo añicos, hasta el punto de que ya no podemos reclamarla como un privilegio exclusivamente humano. Y, sin embargo, seguimos sintiendo la necesidad imperiosa de acudir a este puerto, una y otra vez, para celebrar la diversidad humana.

Y, sin embargo, seguimos aquí, como quien vuelve a un ritual necesario, sintiendo la necesidad imperiosa de acudir a este puerto, año tras año, para celebrar la diversidad humana. Cartagena, cada julio, se convierte en un oasis cultural donde la especie humana se mira en su propio espejo roto… y aún es capaz de encontrar una sonrisa colectiva.
No hay lugar mejor que este Mar de Músicas para reconciliarse con la especie humana en toda su riqueza y diversidad. Metáfora viva de cómo la música, y por extensión la cultura, sostiene la posibilidad de un futuro y sigue siendo capaz de hacer que toda la descendencia de Adán y Eva baile junta, sin importar el precio de las zapatillas con las que lo hace. Ese espacio de diferencias del que habla Alba Rico, donde “donde la pluralidad es condición de existencia.”

Han pasado ya treinta ediciones desde aquel primigenio 1995, con la única mella de aquel devastador 2020, el año en que el silencio se adueñó de las plazas y los escenarios para recordarnos la necesidad de cuidar lo que nos rodea. Tres décadas que son, a la vez, memoria y presente, donde este festival ha aprendido a mirarse al espejo sin quedarse atrapado en él. Porque más que un ejercicio de nostalgia, esta edición ha funcionado como un gesto de reafirmación: un festín de los sentidos, un territorio donde la diversidad sonora contemporánea convive con la memoria de aquellos días en que la extraña etiqueta de “músicas del mundo” servía de brújula y de excusa para abrir las fronteras sonoras. Y qué mejor forma de entenderlo que asomarse al arranque de estos nueve días de música: una declaración de intenciones hecha de contrastes y de maravillosos encuentros improbables.
El arranque de esta edición fue un espejo del propio festival: en la plaza del Ayuntamiento, Leenalchi, el septeto surcoreano que reinterpreta el pansori, la narrativa oral coreana del siglo XVII, lo convirtió en un festín pop, bailable y casi tan adictivo como un juego de 16 bits en un salón recreativo. Su presencia fue un recordatorio de que la tradición se reinventa subversivamente cada día, en cada lugar y con cada generación, aunque el algoritmo nunca lo proponga.

A pocos metros, en la plaza del CIM, Salif Keïta volvió de su retiro con la certeza de quien sabe que su voz guarda el tesoro primigenio de este festival. Vestido de un blanco radiante, desgrana canciones como quien desgrana la esencia de La mar de Músicas, dejando en el aire la brisa original de este festival. En su música resuena la historia de la creatividad musical más profunda: la que brota de la diáspora africana y que, como un río subterráneo, alimenta los orígenes del jazz, del blues e incluso del flamenco. Keïta parece susurrarnos aquello que escribió Ted Gioia: “Las canciones pueden oírse a mayor distancia que la palabra hablada. Las canciones siempre han tenido un valioso papel: ayudar a que la gente se entienda mejor.”

Salif Keïta, que ya inauguró La Mar de Músicas en 2001 en una edición dedicada a Mali junto a Amadou & Mariam, Rokia Traoré y Habib Koité, trasciende el sentido de lo que podríamos entender por un músico: es un griot contemporáneo con alma de bluesman, capaz de arrancar susurros y gritos a la historia en cada verso.
Si en la plaza del Ayuntamiento los coreanos bailaban con Leenalchi mientras ondeaban las banderas de su país como en un videojuego convertido en realidad, en el patio del CIM, mujeres africanas lucían vestidos de colores, en una explosión de estampados y texturas que iluminaban la noche, mientras jóvenes envueltos en banderas malienses saludaban a Keïta en bambara, acariciando su ropa blanca como quien acaricia la memoria de los suyos desde la distancia.

Por la noche, en el Parque Torres, la diversidad siguió latiendo con fuerza. Natalia Lafourcade, con su melancolía veracruzana de cantina a la orilla del mar, y Queralt Lahoz, con ecos de flamenco, soul y hip-hop, se cruzaron aunque no físicamente en el escenario. Queralt recordó sus inicios con Dani Felices en De la Carmela y regaló a capella una versión de Lafourcade. Pura Mar de Músicas: mestizaje, riesgo, belleza. Porque el arte sucede cuando alguien se atreve a no repetirse.
Como escribió Paco Lastra en La Verdad tras aquella noche inaugural de 2001: “Fue una velada acariciada por la brisa que hizo suspirar un interiorizado ‘qué bueno que viniste, Mar de Músicas’.” Hoy, más de dos décadas después, esa misma sensación sigue flotando sobre el puerto, como un eco necesario en tiempos de algoritmos y playlists programadas.

Porque incluso en estos tiempos disruptivos, la música sigue siendo un instrumento indispensable para afrontar los desafíos fundamentales de la vida. Y aquí, en este puerto de culturas, se demuestra que la música no solo une: también incendia, conmueve y salva.
Textos y fotos para La Circular de José An. Montero