
Los viajeros cuentan que hasta no hace mucho sus calles olían a galletas como en un cuento. Ahora los días de frío hay cine, y los de calor, comediantes por sus calles. En Aguilar de Campoo las cosas tienen algo de cuento. Especialmente estos días de agosto en que se celebra su Festival de Artes de Calle (ARCA).

Cuando el viajero llega, unos pequeños duendecillos te ofrecen el mapa del tesoro en forma de programa del festival. Le tienden con sus pequeñas manos los programas de mano del festival. Son los voluntarios y voluntarias más pequeños de este festival. Con siete, ocho o nueve años no se pierden ni una de las múltiples actuaciones que llenan las calles de este pueblo de la montaña palentina durante los días del festival. Es el milagro del ARCA. Es un pueblo entero, desde los más pequeños a los más mayores que llevan haciendo suyo este sueño colectivo durante los últimos treinta años.

Los primeros pasos del día llevan al viajero a la muralla barbacana. Allí se encuentra bajo un árbol Mr. Barti, una marioneta casi humana, conversando con los vecinos del barrio de San Juan Bautista, la Kope, que celebran este año el cincuenta aniversario. Álex Barti, un espigado danés observa al otro lado de los hilos como Mr. Barti se transforma en Sinatra o Camarón mientras toca el piano o la guitarra.

A lo lejos, entre los árboles del río, se ve la carpa blanca de un circo rodeado de vagones de tren antiguos. Sus habitantes aún descansan. Siguen soñando con los cuentos que anoche se narraron. Otro pequeño duende, que ve al viajero indeciso, le señala la plaza. Allí la Compañía Capicúa anda, cose que te cose, sus pantalones vaqueros desde las alturas. Yolanda, Rebeca, Linda, Mari Paz y Raquel dialogan desde las alturas de sus cuerdas, escaleras y mástiles con las abuelas, las madres, las hijas y las nietas mientras las telas vaqueras parecen multiplicarse y llenar la plaza entera. El calor aprieta y las gentes aprovechan los soportales para refugiarse mientras un ejército de duendecillos, éstos un poco más mayores, acuden con sus sprays de agua a la ayuda del viajero para aliviar el sol.

Pasada la comida con su larga tertulia de gentes de las artes vivas y con el calor transformado en brisa de la montaña, Mr. Barti vuelve a tocar sus canciones en miniatura a la sombra de la Colegiata de San Miguel en la Plaza Torrejona. Un espacio tan bello que sueña el viajero que se construyó hace cientos de años pensando en dar sombra a estos títeres.

En la plaza de la Compasión cuentan que el secreto de Aguilar es la paciencia, el amor y mucho teatro. El viajero duda si este secreto es sólo para sus galletas o también para la vida entera. Aquí la gente se asoma a las ventanas y balcones mientras una plaza abarrotada se mira a los ojos y habla sobre su manera de entender el amor. Algún niño habla en el micrófono y dice lo que ama a sus padres, también hay quien pide un beso colectivo, una joven habla del amor a Cristo, otro niño de lo bonito que es amarse unos a otros. La compañía de Sergi Estebanell anima a los presentes a saludarse, a abrazarse, a conocerse, a mirarse a los ojos. Debe de ser el secreto para que aquí todo el mundo sonría y parezca feliz. También tienen algo de culpa Jorge Sanz y Álex Rodríguez, y todo este pequeño ejército de gentes que llevan el cartel del festival cosido al corazón.

De regreso a la plaza, Leandre Clown pedalean por los cielos con su tándem. El viajero sueña montarse en esa bicicleta y pedalear hasta la torre de la iglesia como hizo Elliot con ET aquellas navidades en las que el presente era siempre presente y todos estaban presentes. Harían falta cuatro o cinco enciclopedias francesas o dos wikipedias para transcribir todo lo que dice en cada uno de sus gestos Leandre Ribera, que abre universos en las alturas por los que transita Laura Miralbés. El viajero se conforma con un helado, aunque hubiera querido una nube de algodón de azúcar. Una nube gigante de sueños de azúcar.

Empieza a caer la tarde y es el momento de cruzar el Pisuerga. Salir de la muralla. Al fondo, unos niños parecen caminar sobre el agua del río. En realidad cruzan el río caminando por las piedras de una pequeña presa, pero a estas alturas del día, al viajero ya no le parece trascendente la diferencia entre sueños y fantasías, piensa. Otro pequeño ejército de voluntarias avisa al viajero antes de iniciar la marcha hacia el circo que se agotaron las entradas y que no se dé la caminata en balde. Fuera de la muralla la magia es limitada y hay que reservar con antelación sacando una entrada. Cosas de mayores.

Cruzando un puente de piedra y luego uno de madera hay una senda que parece cruzar el bosque. El viajero sigue las señales hasta un claro donde está la carpa blanca rodeada de antiguos vagones de tren. Una pequeña puerta da acceso al interior donde el viajero tiene la sensación de estar dentro de un animal gigante en el que viaja atravesando océanos y siglos. Allí también habita la Doncella sin manos. El viajero sueña que un día aquí se sentaron los hermanos Grimm y después lo contaron al mundo. Nicole y Martin llevan veinticinco años recorriendo el mundo contando estas historias eternas a través de la narración, el circo, la música, la acrobacia y la fantasía. Lo esencial invisible del ser humano que desearía regresar a esta carpa de fantasía cada una de las próximas mil y una noches para que le contasen una historia más.

La guinda a la jornada la pone Wilbur. Fue sólo un día de los cuatro del ARCA, pero el viajero regresa pensando en Wilbur, pero también Mr. Barti tocando su piano, en Leandre pedaleando hasta el cielo, en la gente dándose besos y abrazos, en el mundo entero sonando en el cine Amor, en las Capicúa cose que te cose, en Nicole y Martin eternamente subidos en sus cuerdas en lo alto de la carpa del circo, en tanta gente que conoció durante el día, en los pequeños duendes que fueron guiándole durante todo el día, en el pequeño príncipe que lloraba sobre el escenario mientras buscaba el botón de una caja de música, en los niños sentados muy juntos para hacerse sitio unos a otros para ver los espectáculos, en un señor mayorísimo que con su garrota y su sombrero no se perdió ni una de las funciones, en los abrazos de Álex, en la sonrisa de Jorge al comprobar que la realidad se parece a lo que imaginó. El viajero camina de regreso comiéndose una galleta Gullón y soñando en volver el próximo año a este pueblo que tiene un cine que se llama Amor y que huele siempre a galletas.