
Sagita Magma, el seminario dopamínico, sigue avanzando con paso cada vez más firme. Concebido como un laboratorio de pensamiento crítico sobre estética política y ontología de la comunicación, ha tensado los límites del diálogo público y ha explorado cómo los afectos, los discursos y las imágenes producen modos de vida. En esta sexta sesión decidió tomarse la licencia de romper con su dinámica habitual, la de invitar a dialogar a pensadoras y pensadores emergentes, para convocar a cambio a dos voces plenamente consolidadas del pensamiento contemporáneo: Francisco Javier Espinosa, de la Universidad de Castilla-La Mancha, y Alessandro Pinzani, profesor titular de Ética y Filosofía Política en la Universidade Federal de Santa Catarina (Brasil), especialista en teorías de la justicia, pobreza, sufrimiento social y ciudadanía. Aprovechando la visita del filósofo, cuyo trabajo lleva décadas denunciando la naturalización de la desigualdad y reivindicando la dignidad como condición política básica, conversamos con él sobre las dos preguntas tan provocadoras como inquietantes que articulaban la sesión del seminario: ¿Qué piensan los pobres? y ¿Quién merece morir de hambre?
Dos interrogantes que, lejos de quedarse en la superficie, nos obligan a enfrentar las estructuras morales que sostienen nuestras sociedades. Y, al mismo tiempo, nos conectan con la inversión irónica que Douglas Rushkoff formula en La supervivencia de los más ricos (Capitán Swing, 2023), donde denuncia que las élites tecnocapitalistas han dejado de preguntarse cómo salvar el mundo para concentrarse únicamente en cómo salvarse de él mismas. Rushkoff sentencia: “El propio capitalismo, al menos tal y como se practica actualmente en Silicon Valley, potencia sin duda la indiferencia generalizada hacia los vencidos. La pobreza se considera en gran medida culpa de los propios pobres”.

En este contexto, la conversación se convierte inevitablemente en una reflexión sobre el lugar que asignamos o negamos a quienes quedan fuera de los relatos del progreso. Porque, como advierte Pinzani, “hay una tendencia ontológica a los pobres”, una forma de tratar la pobreza como esencia y no como situación, que conduce a que “los consideramos como si no estuvieran en nuestra sociedad, como si fuesen elementos ajenos”. Y al preguntarnos quién merece morir de hambre, no solo desvelamos la brutalidad de ciertos discursos meritocráticos, sino que también evidenciamos la comodidad con que algunas sociedades aceptan la exclusión como si fuera un fenómeno natural o inevitable.
“¿Consideramos a los pobres un rango inferior de humano?”, pregunta tras comprobar de cerca que la desigualdad se ha convertido en un río cada día más caudaloso. Pinzani explica que, en muchos contextos, y especialmente en Brasil, la pobreza ha adquirido un carácter casi ontológico. “Hay una tendencia a ontologizar a los pobres”. Según él, lo correcto sería hablar de personas en situación de pobreza, porque la pobreza es una condición, no una esencia. Sin embargo, en determinados lugares “esta situación es muy, muy larga”, tan prolongada que atraviesa generaciones hasta convertirse en algo semejante a una identidad heredada.

Ese gesto produce un efecto tan sutil como devastador: “los consideramos como si no estuvieran en nuestra sociedad, como si fuesen elementos ajenos”. Al mirarlos así, dejamos de ver a personas en circunstancias cambiantes y empezamos a tratarlas como si pertenecieran a otra categoría de humanidad, fija e inamovible.
Pinzani, pensador italiano que completó su formación en Alemania, explica que en Europa la pobreza no suele tener ese carácter generacional tan profundo, aunque advierte que las cosas están cambiando. “La escalera social… se ha roto, aunque el ascensor nunca funcionó del todo”. Durante algunas décadas creímos que la movilidad social era la norma, que la educación y el trabajo bastaban para ascender. Pero aquello fue más una excepción que una regla. “Estamos volviendo rápidamente a una sociedad dividida en clases rígidas, casi en castas”.
En ese escenario, donde tantos jóvenes todavía creen, o desean creer, que el futuro es una cuestión de esfuerzo, Pinzani, sin negar el mérito, cuestionaba la narrativa que lo convierte en dogma. Esta ideología meritocrática funciona como un doble dispositivo: legitima a quienes se encuentran arriba y deshumaniza a quienes se encuentran abajo. “Si obtengo dinero es porque lo merecí… y si los que no tienen dinero no hicieron nada para merecerlo”.
Esta ideología del mérito, añade, “distorsiona la realidad”, oculta los factores estructurales que distribuyen las posiciones sociales: la familia de origen, la clase, la zona en la que se nace. “Tiene esta doble función”, explicó: legitimar la riqueza y justificar la indiferencia. Y, por debajo, pervive un eco de pensamiento religioso que separa a los “elegidos” de los “pecadores”.
Recordó el pasaje evangélico repetido en varios Evangelios: “Porque a los pobres siempre los tendréis con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis”, que durante siglos justificó la pobreza como un fenómeno natural. No podemos olvidar, explica, que “la sociedad es la consecuencia de acciones humanas… y la pobreza es un fenómeno social”.
El pensador italiano recurre a Lutero y Calvino para trazar el camino que conduce hasta las iglesias neopentecostales brasileñas, con su “teología de la prosperidad”, esa doctrina que sostiene que Dios quiere que uno sea rico. “Si tú no eres rico es porque no tienes fe… no te esfuerzas lo suficiente”. Pinzani explica que esta idea no solo naturaliza la pobreza, sino que además la moraliza. El pobre deja de ser alguien que sufre para convertirse en alguien que falla. Y es ahí, en la atribución moral de la escasez, donde se juega la frontera más decisiva entre justicia e indiferencia.
Recordó a san Francisco de Asís, a quienes eligen vivir con menos, pero insistió en que “tenemos que cuidar para no romanticizar la pobreza”, distinguiendo la pobreza voluntaria de la pobreza estructural. En Brasil hay millones de personas que no eligen la pobreza ni como virtud ni como gesto simbólico, sino que la heredan como se hereda una fractura.
Pinzani señaló un fenómeno psicológico que recorre muchas democracias contemporáneas y que socava sus bases: la tendencia de las clases medias a identificarse con los súper ricos, no con los pobres. “Casi nadie… se ve como alguien que está más próximo de los pobres que de los súper ricos. El pobre no se ve como pobre, sino como alguien que aún no está rico”. Esa identificación, explicó, es el resultado de “mecanismos de hegemonía intelectual” y de una “alienación estructural” que impide ver la propia posición social. Para Pinzani, comprender la pobreza no implica estudiar únicamente a quienes la padecen, sino también a quienes imaginan que nunca caerán en ella.
Pinzani relató cómo, durante la elección de Bolsonaro, quienes más votaron al candidato de extrema derecha fueron precisamente quienes habían ascendido durante los gobiernos anteriores: grupos que habían experimentado un progreso real, pero precario. “Su miedo era volver a la situación anterior… sus mayores enemigos eran los que estaban debajo presionando para ascender. El miedo a caer pesa más que la solidaridad horizontal”.

La pobreza, dijo, no desaparecerá mientras la tratemos como un fenómeno natural. Necesitamos comprenderla como “resultado de acciones humanas”, como un producto político, como una estructura que puede transformarse. Y para eso, insiste, es imprescindible desmontar los mecanismos de alienación que impiden ver la desigualdad. “Pobres, lo que se dice pobres, son los que no saben que son pobres”, escribió el maestro Galeano, recordándonos que la forma en que nombramos la pobreza también determina la capacidad, o la incapacidad, para reconocerla.
La entrevista con Alessandro Pinzani se realizó poco antes de su intervención, junto a Francisco Javier Espinosa, en la sexta sesión de Sagita Magma. Seminario Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 30 de octubre de 2025 en el Salón de Actos de la Facultad de Educación y Humanidades del campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. La conferencia, titulada ¿Qué piensan los pobres? ¿Quién merece morir de hambre?, reunió a ambos pensadores en un diálogo que atravesó filosofía política, responsabilidad moral y crítica de la desigualdad. La sesión formaba parte de un ciclo coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia Piña, con la colaboración de la Facultad de Educación y Humanidades, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Bellas Artes. El seminario se prolongará hasta diciembre, con trece encuentros que entrelazan filosofía, arte y pensamiento crítico.
Textos de José An. Montero con fotografías de Adrián de la Dueña. Ver todo los contenidos de Sagita Magma en La Circular. Este contenido se publicó en colaboración Nueva Tribuna y gAZeta de Guatemala.
