Olvido Flores, clown fúnebre

Por José An. Montero

En la última edición del Festival Internacional de Artes de Calle de Aguilar de Campoo (ARCA), Estefanía de Paz Asín hizo historia con Olvido Flores, arrasando con todos los galardones posibles: Jurado Juvenil, Jurado Popular, voto del Público y Jurado Oficial. Una cosecha inédita que la sitúa en el centro de esta edición marcada por la emoción y la memoria.

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La belleza servida en un vaso de licor de sonrisa amarga. Dentro de un carromato, veinticinco personas atravesando un tobogán de emociones durante veinticinco minutos. Corazones encogidos cuando una mosca se posa, como si lo supiera, sobre una pequeña pira de cerillas a punto de encenderse. En ese espacio rodante se acumulan todas las emociones, y en cada objeto anidan metáforas y testimonios.

Estefanía de Paz convierte esos objetos en actores inanimados que sostienen dos relatos paralelos: el familiar y el colectivo. Como prismas complementarios, ambos acaban reconstruyendo la memoria de un tiempo marcado por el dolor y el olvido. “Soy yo quien lo saca del olvido. Hala, para fuera”, dice en un momento, desmitificando el duelo, transformándolo en acto lúdico y, al mismo tiempo, profundamente subversivo. Cuerpos y nombres borrados por la violencia florecen en cada función en un eterno “yo sí me acuerdo”, que diría Perec.

Olvido Flores es un oxímoron poético que funciona como carga de profundidad, y resulta aún más significativo que lograra conquistar al Jurado Juvenil en un festival como ARCA, donde el cartel ofrecía abundancia de propuestas luminosas y directas. Lo difícil, lo asombroso, es que un espectáculo de memoria, duelo y objetos poéticos lograse atravesar también a ese público joven, tan alejado a menudo de estas heridas.

Y aparece Ana Mari como personaje central. Testigo real de lo ocurrido, guardiana oral de la historia durante décadas. Su mirada es también la de una comunidad, y convierte la narración en un casi teatro-documento. La historia de una troupe errante que desplegó su carpa en Lodosa para nunca más recogerla: unos fusilados, otros condenados a seguir haciendo reír. Esa resistencia eterna del circo, que resonaba también, a unos metros, en el Zloty de Pau Palau.

En ambos trabajos se huele el aroma de Fellini en La Strada: seres errantes, sin voz ni refugio, destinados a los márgenes de la historia. Como Gelsomina, los del Circo Anastasini fueron obligados a sonreír ante la violencia, a entretener a la tropa mientras su futuro se desmoronaba. Pero ahí está ella: “Me llamo Olvido. Olvido Flores. Encantada. Y hay historias que no salen ni en la tele, ni en el periódico, ni en la radio, pero no se pueden olvidar.”

Olvido Flores se revela como clown fúnebre, capaz de curar la herida a la vez que la muestra. Asume también las cicatrices personales de Estefanía de Paz, en un juego de espejos conmovedor, cuando recuerda la historia de su propio abuelo: “Mi padre fundió los dientes de oro de mi abuelo fusilado y con ellos forjó las alianzas de boda de mis padres. Se puede transformar el horror en belleza.” En esa conexión entre drama íntimo y tragedia colectiva, el anillo forjado con los dientes se alza como resistencia al olvido, en paralelo con las tumbas perdidas de los Anastasini. Todo tan cerca, tan humano, tan presente.Una historia que Estefanía ha convertido también en libro, con documentos gráficos que recuperan la memoria y que abren el camino a nuevas indagaciones: investigadores, documentalistas e historiadores siguen hurgando en lo que permanece oculto. Entre ellos, el próximo documental de Iñaki Alforja, El espectáculo inacabado del Circo Anastasini, que contará con la voz de Pepe Viyuela, cerrando el círculo de una edición programada, si cabe, con más mimo que nunca.

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