Jorge Sanz: “La comunidad y el trabajo colectivo son el alma del ARCA”

Por La Circular

El Festival de Artes de Calle de Aguilar de Campoo celebra este año su 31ª edición con una programación que reafirma su papel como motor cultural, social y económico, recuperando la calle como lugar de encuentro, experimentación y memoria compartida.

Jorge Sanz, director del Festival ARCA durante todas estas edicones, habla de las primeras ediciones una “necesidad de recuperar el espacio público como lugar de encuentro y expresión artística”. El objetivo era ir más allá de lo tradicional y popular, abrir paso a lenguajes contemporáneos y garantizar que cualquiera pudiera acceder al arte sin necesidad de comprar una entrada o cruzar la puerta de un teatro, rompiendo esa frontera invisible que aleja a muchas personas de las artes escénicas. 

En 1995, cuando el término “arte de calle” apenas se intuía en los programas culturales, Aguilar de Campoo decidió apostar por algo que no era ni verbena ni espectáculo de salón. Un impulso colectivo convirtió las plazas y las esquinas en un laboratorio abierto, donde la luz y el frío del norte castellano se mezclaban con acrobacias, versos y músicas llegadas de lejos. Treinta y un años después, ARCA, un acrónimo ya histórico, mantiene el mismo pulso: democratizar el arte, derribar paredes y devolver a la gente el espacio que siempre fue suyo.

Con el tiempo, la simbiosis entre espacio, público y artistas se volvió la seña de identidad de esta localidad palentina. “Aguilar ha demostrado que desde un municipio pequeño es posible construir una programación cultural de calidad y con gran proyección internacional”, afirma.

En estos 31 años, más de 400 compañías de los cinco continentes han pasado por la localidad. Sanz no olvida que, junto a nombres consagrados, han brillado pequeños grupos que llegaron sin gran cartel y se marcharon dejando huella. La memoria del festival guarda espectáculos íntimos, propuestas arriesgadas, piezas que jugaron con la participación o la sostenibilidad mucho antes de que esas palabras fueran tendencia. “ARCA ha contribuido al desarrollo y visibilidad del sector en España”, subraya.

Si tiene una actuación en la memoria, Jorge elige “Court Miracles” de la compañía francesa Le Boustrophédon. Un montaje que mezclaba circo, marionetas, danza, acrobacias y música para hablar de la guerra desde un campo de refugiados, inspirado en la experiencia de los artistas en Gaza con Payasos Sin Fronteras. Aquella obra, cargada de ternura, ironía y poesía, fue premiada por aclamación popular en 2010 y se convirtió en un símbolo del festival: dignidad y esperanza incluso en medio del horror.

Las anécdotas forman parte de esa identidad. Como el “Ku-Ku”, una casa cedida por una familia local y gestionada por una vecina alemana, que se transformó en lugar de encuentro para artistas y público. O las alfombrillas verdes con el logo de Gullón, regaladas en el 30º aniversario para que la gente pudiera sentarse cómoda en las plazas. Pequeños gestos que confirman que el festival es, ante todo, un proyecto comunitario.

Siempre buscando nuevas miradas, esta 31ª edición llega con música y un proyecto educativo de radio para jóvenes. Y lo hace movilizando a más de 140 personas entre artistas, técnicos y voluntarios, atrayendo a más de 15.000 visitantes y duplicando la población del municipio durante unos días. El comercio, la hostelería y el turismo local sienten ese pulso, y el festival lo devuelve apostando por la sostenibilidad, calculando y compensando su huella de carbono.

Sanz reconoce que siempre quedan retos: nuevos espacios por explorar, fórmulas de participación ciudadana que aún no se han probado, alianzas internacionales que están llamando a la puerta. Pasadas estas más de tres décadas al frente del ARCA, sólo pida a quien tome el relevo al frente del festival: “Mantener el espíritu de innovación y apertura, escuchar tanto a artistas como al público, seguir apostando por la calidad y el compromiso social, y nunca olvidar que el arte transforma a las personas y los espacios”.

ARCA es, quizá, la prueba de que un pueblo puede desafiar las inercias culturales y, desde su escala, dialogar con el mundo. No se trata solo de traer espectáculos, sino de generar memoria colectiva, de hacer que las plazas sigan siendo plazas, aunque por unos días se llenen de trapecios, títeres o versos. Como recuerda Sanz, “el arte transforma a las personas y los espacios”. Aguilar de Campoo lo lleva consiguiendo desde hace más de tres décadas.

Este texto está elaborado a partir de la entrevista escrita proporcionada por la organización del ARCA que puede leerse entera en este enlace.

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