Scherzo en Frechilla. Donde hay música…. 

Por José An. Montero

“Donde hay música, algo bueno crece”, decía Sancho Panza. Con esta cita quiso cerrar Scherzo Música de Cámara su concierto en la iglesia de Santa María de Frechilla. No fue un capricho literario, sino una realidad que atraviesa los siglos: la música como fuerza expansiva de la vida. Así lo recuerda el historiador Ted Gioia, con palabras casi cósmicas: “Nuestros ancestros sabían algo que nosotros deberíamos recordar: la música es muy poderosa. El sonido es la causa principal de la génesis, así como de la metamorfosis y la aniquilación. Una canción puede contener un cataclismo”.

Pero la música también transmite alegría, paz y sinceridad. Así se vivió este 13 de agosto de 2025 en el templo gótico‑barroco de Santa María, tan emblemático en la historia musical castellana, que guarda en su interior uno de los grandes órganos ibéricos. Ese mismo instrumento resonó, el 17 de julio de 1982, bajo los dedos de Francis Chapelet en un concierto decisivo para su recuperación, y nuevamente el año pasado con la sensibilidad de Lucie Žáková en el marco del ciclo Allegrísimo.

Afuera, el pueblo —que hace décadas dejó atrás sus momentos más prósperos, pero conserva en su patrimonio la memoria de aquel brillo— recupera ahora el bullicio con jornadas culturales que vuelven a colmar sus calles. Con una ola de calor que parece interminable, la iglesia de Santa María se convierte en un oasis de frescor y reposo, donde el aliento vuelve a aflorar tras un día marcado por incendios en toda la Península.

Scherzo nació en la primavera de 2007 en el Conservatorio Profesional de Música de Valladolid y se formó en la Joven Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Hoy es un cuarteto de viento madera —Iria Iglesias Kirsten en flauta travesera, Adriana Alonso García en oboe, Miguel Repiso López en clarinete y Ana Teresa Herrero Bordell en fagot— al que se suma Iris de la Fuente en trompa, transformándose en un quinteto cuya presencia de viento metal enriquece con una textura más cálida y densa el cuerpo sonoro. La soprano Almudena Martínez Huidobro se incorporó para este concierto, abriendo la paleta hacia la zarzuela y la canción lírica.

El programa, titulado Al son del sol, viajó por siglos y geografías: desde la delicadeza teatral de Mozart en Le nozze di Figaro y Così fan tutte, pasando por el lirismo de Caro mio ben y la intensidad nostálgica de Adiós Nonino de Piazzolla, hasta la calidez expansiva de ’O sole mio. Entre estas piezas, el quinteto desplegaba colores instrumentales especiados: el tango cigano de Jacob Gade en Jalousie, el aire celta de O son do ar —evocador de aquellas campañas turísticas de Galicia en los noventa—.

La zarzuela ocupó un espacio amplio: La Gran Vía, Jugar con fuego, la romanza viva de El barberillo de Lavapiés. El viaje cruzó océanos con El Cumbanchero, Quién será y el ímpetu brasileño de Tico‑Tico no Fubá. La última página fue O mio babbino caro de Puccini, que flotó bajo el imponente retablo, concebido por Juan Manuel Becerril y recuperado en toda su magnificencia tras la reciente restauración.

En estos territorios rurales, donde los ecos del pasado parecen apagarse entre el silencio de los campos, la música emerge como un puente que reanuda la conversación entre el patrimonio y sus gentes. Es clave la unión entre música, comunidades, instituciones y medios, porque, la música no solo suena. También arraiga, vertebra y anima los territorios que habitan, trayendo dignidad y pulso a lo cotidiano. Porque la cultura genera comunidad.

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