
“Sussurro”. Casa de Serralves, Oporto. Del 4 de julio de 2025 al 11 de enero de 2026. Una retrospectiva que convierte la provocación y la ironía en un espejo ambiguo de nuestro tiempo.
Recibo un mensaje de mi cuenta en una red social. Algo sobre una posible suspensión de mi cuenta por compartir contenido que incita a la violencia. No logro recordar un contenido así. Reviso y encuentro que la imagen en cuestión es una fotografía de una escultura de Pinocchio, boca abajo, flotando como ahogado en un estanque. Es Daddy Daddy (2008), una pieza de Maurizio Cattelan estrenada en el Museo Guggenheim de Nueva York y que posteriormente pasó por Bilbao.
El algoritmo hizo una lectura directa de la narrativa ambigua de la pieza. Tal vez interpretó en ella una apología de un suicidio, un accidente o un homicidio. Es esa frágil línea entre lo trivial y lo sombrío, esa zona de desconcierto donde los significados, más que esclarecerse, oscilan, desdibujados, entre lo sarcástico y lo cruel. Como escribió Philippe Vergne, comisario de la exposición, “Nada es inocente en esta exposición. Ni siquiera el visitante.”

Bajo esta premisa performativa, y con el título Sussurro (Casa de Serralves, Oporto, del 4 de julio de 2025 al 11 de enero de 2026), en cada giro se esconde un golpe al estómago. Entre los mármoles señoriales, muchas de las piezas más icónicas del artista dialogan con el espacio, aprovechando cada recoveco de lo que fue hogar casi palaciego.
En el hall, el caballo Novecento cuelga inerme, suspendido en un instante sin retorno, junto al tamborilero que marca un compás que nadie escucha. En lo que fue salón principal, la instalación All (2007): nueve cuerpos de mármol blanco, alineados ante una pared perforada por impactos de bala. Escena fría, sin épica, que evoca las imágenes rutinarias de los telediarios. El aire, pesado por la bruma atlántica de Oporto a primera hora, convierte la sala en un cortejo fúnebre detenido, donde la belleza del material y la brutalidad de la escena se funden en una imagen imposible de olvidar, tristemente cada vez más contemporánea.

Cattelan nos pone frente al espejo. Nos tienta. Refleja un mundo convertido en un escenario donde lo real se ha disuelto en simulacro. Convierte la provocación en mercancía cultural, como advierte Byung-Chul Han en su Sociedad del cansancio. Es pura simulación: lo real no desaparece, se disuelve en la copia. Una joven japonesa, vestida como personaje de manga, se hace un selfie sin inmutarse junto a una avestruz disecada o un burro decapitado, como si fueran renders en tres dimensiones.
Y en una sala oscura, allí está. La famosa banana de Cattelan. La pieza de arte más icónica del siglo XXI. Entre el icono, el ridículo y la manifestación radicalmente política. Comedian es la metáfora del arte contemporáneo, pero también de la comunicación postmoderna. Duchamp y Warhol subidos al pedestal de lo viral. Carol Vogel ya advirtió en The New York Times que el humor de Cattelan es “frecuentemente mórbidamente fascinante, por encima del placer visual de un chiste de una sola línea.” Baudrillard quizá habría visto en ella el simulacro perfecto: no representa nada y, sin embargo, lo representa todo.

La coreografía de lo inesperado: una figura acurrucada que orina, una mini Capilla Sixtina que convierte al visitante en un gigante, palomas disecadas en lo alto. Escenas que interrumpen la linealidad del recorrido. Referencias inevitables: Fellini, Tarkovsky, la noción barthesiana del punctum que atraviesa sin previo aviso. Una enciclopedia de referencias culturales absolutamente innecesarias para sentirse interpelado, porque, como escribió Pessoa, aunque el intelectual es el capaz de entender, Cattelan prefiere al capaz de comprender.
En Sussurro, Cattelan sitúa al espectador en medio del escenario de un teatro donde lo grotesco y lo solemne comparten plano, y donde cada obra es una trampa visual que obliga a decidir si reír, incomodarse o censurar, como la red social. Ofrece un contraste entre lo festivo y lo desolador con los salones art déco de Serralves. Cuando el recorrido termina, queda un sabor entre agrio y dulce, como el de haber asistido a una función que no se apaga con las luces, sino que sigue proyectándose, incómoda y necesaria, en la retina.

El juego convertido en filosofía. En carga de profundidad. En narrativas del poder. En provocación. En orgullos heridos y dobles sentidos. Piezas que irrumpen en escena. Al salir al exterior, una mano gigante, con todos los dedos amputados salvo el dedo medio en alto. Por detrás no hay dedos ni estructura sólida: solo andamios que sostienen esa falsa mano. Se trata de una escultura monumental titulada L.O.V.E., popularmente conocida como Il Dito (“El Dedo”). El arte roto en mil pedazos y arrojado al océano de la confusión. El espejo estalla y solo queda una certeza: Cattelan es, en el buen sentido de la palabra, un artista. Puro arte del desasosiego.
Este artículo de José An. Montero también se publicó en Nueva Tribuna y La Gazeta (Guatemala)