
Un viaje entre voces, cerámicas rotas y semillas de maíz: crónica del encuentro en Trashumancias 2.5 con el artista y agroecólogo Fernando García-Dory.
Hay quienes hablan de cultura como si fuera un producto. Otros, como Fernando García-Dory, prefieren pensarla como un proceso que emerge del territorio. Artista y agroecólogo, lleva más de dos décadas caminando entre pastores, asambleas vecinales y talleres de arte rural, trascendiendo las fronteras del arte hasta integrarse en procesos sociales, ecológicos y económicos que promuevan un cambio cultural profundo. Desde que fundó INLAND (Campo Adentro) en 2009, su práctica se ha entretejido con la trashumancia, no solo como método ganadero, sino como modo de pensar, de andar con sentido.
El proyecto Trashumancias 2.5 se plantea como una continuación expandida de Método Móvil, proyecto iniciado por Campo Adentro junto con el Ministerio de Cultura, la Cátedra UCLM-Diputación de Cuenca de Oportunidades para el Reto Demográfico y la Fundación Los Maestros en 2023 como una plataforma pedagógica trashumante. Si Método Móvil propuso una experiencia piloto en Tragacete centrada en la trashumancia, el paisaje sonoro y la memoria local, Trashumancias 2.5 consolida esta metodología mediante una residencia prolongada que incorpora más agentes, más disciplinas y una voluntad de arraigo pedagógico.
Lo primero que García-Dory hace es desactivar cualquier tentación de mirada bucólica sobre lo rural. «No venimos aquí a romantizar ni a redimir nada», dice con una voz que se mueve entre el tono reflexivo y la urgencia tranquila. Y a su alrededor, estudiantes de Bellas Artes, Periodismo y Educación que participan en esta residencia escuchan y toman notas.
Desde Campo Adentro, la iniciativa que inició hace más de 15 años, han trabajado con cañadas, quesos, radios y cartografías vivas. «Hay que pensar el campo como espacio de cultura y de conflicto», insiste, evocando la doble cara del paisaje: la que da alimento y la que soporta macrogranjas y vertederos. La Serranía de Cuenca, donde se sitúa Tragacete, no es excepción.
La conversación fluye como un rebaño imaginario de palabras que recorre la vereda. Se habla de la trashumancia como método de conocimiento, de la desaparición silenciosa de los pastores, de la resiliencia de las razas autóctonas. «Cuando se va el último pastor, no solo se pierde un oficio: se deshilacha un saber que estaba entretejido con el paisaje», afirma García-Dory. Es un pensamiento que conecta con la urgencia climática y la necesidad de sistemas alimentarios más adaptables.

La mesa se transforma en ágora. Hablan estudiantes: de suelos, de lanas, de cerámicas rotas halladas como ruinas de un tiempo no tan lejano. La que recolecta fragmentos de loza vinculados a los rituales de cierre de ciclo es María Herreros De la Fuente, quien relata cómo esos restos conforman un mapa sensible del pueblo. Ivette Veles explica que está trabajando con clorotipia y plantas locales y comparte cómo su técnica permite revelar imágenes vegetales impregnadas de memoria. Quizá las plantas también recuerdan y es posible que sean los archivos más humildes pero más fieles a la realidad.
Melisa Vezhdieva habla sobre cromatografía de suelos, presentando esta técnica como herramienta para visualizar la composición del suelo desde una perspectiva tanto científica como estética. Su reflexión sobre el suelo como archivo de vida conecta con el enfoque ecosocial que atraviesa la residencia.
Durante el encuentro, García-Dory va hilando referencias. Habla de maíz y algas, de la chinampa y la milpa, de proyectos en México y en muchos otros lugares del mundo. Propone bibliografías, recomienda leer, entre otras muchas referencias que cita, a Michael Marder —autor de Plant-Thinking y Chernobyl Herbarium—, filósofo que propone una “ontología vegetal” desde la cual pensar de forma más conectada con el mundo natural. Su enfoque integra arte, ecología y filosofía de forma transversal.
La sesión en la Casa de Don Casildo es una caminata compartida por las ideas, los materiales y las vivencias. «A veces no hay que llegar con respuestas, sino con preguntas bien situadas», apunta García-Dory. Y en esa disposición reside el gesto pedagógico más profundo: habilitar espacios donde el conocimiento se construye en común, con la tierra de cada lugar.
Cuando el conversatorio se cierra, no hay conclusiones, solo vellones sueltos que piden ser hilados. Las palabras quedan resonando como los cencerros de las ovejas en la cañada. Queda el sentimiento de que la cultura se entrelaza con la vida. «Ser parte del paisaje también es un compromiso», había dicho Fernando García-Dory. Es una forma de aprender caminando con los otros. Y quizá, como el pastoreo, la cultura que importa sea aquella que no deja una huella superficial, sino que arraiga.