Valeria Castro: el cuerpo después de la ausencia

Por José An. Montero

Hay dolores que se dicen callando. Se dicen callando y cantando. Eso afirmaba el maestro Galeano. Como siempre, con razón. Esta noche del 22 de julio, en Cartagena, la voz de Valeria Castro era un hilo tenso entre la fragilidad y la necesidad de volver al escenario, tras la suspensión de su concierto en Pirineos Sur. Tres días antes se había marchado su abuela Micaela. El auditorio Paco Martín la recibió con un aplauso que fue abrazo. En cuanto sonó la primera nota, quedó claro que ese concierto trascendía el espectáculo: era un acto de supervivencia.

Sobre el escenario, Valeria Castro parecía abrazar fragilidad y fuerza en un solo gesto. La falda blanca asimétrica que vestía, con drapeados que caían como olas. Alzada sobre unas botas plateadas, el conjunto evocaba una armadura delicada con la que enfrentar el momento. Un equilibrio entre la intimidad de su voz y la necesidad de seguir de pie. La prenda, posiblemente de la diseñadora Isabella Gitsels, se volvió una extensión de un interior quebrado.

Seguramente fue el concierto más duro de su vida. Se notaba en los ojos húmedos, en las pausas largas, en la voz que se rompía una y otra vez. En algunos momentos de la noche, Valeria buscó a María de la Flor con la mirada, pidiendo soporte a su voz rota. María, con la naturalidad de una hermana que tiende la mano, recogía la melodía hasta que Valeria podía volver a respirar. Como si le susurrara las palabras de su propia abuela: “Cuídate, mi niña”. El público, consciente, hizo lo mismo, dejando que sus voces la sostuvieran cuando estaba a punto de quebrarse en llanto. Cada canción fue un esfuerzo titánico. Cada final, un breve alivio entre gritos de rabia. Pero siguió. Porque para Valeria, cantar es la forma de seguir en pie cuando el cuerpo pide rendirse.

El regreso a La Mar de Músicas tres años después tenía algo de confirmación. La intuición era cierta. En 2022, cuando subió por primera vez al escenario del CIM, apenas había publicado Chiquita y su nombre era una promesa susurrada entre quienes habían descubierto su voz y su manera de mirar el mundo. En 2025 llegó con un disco, El cuerpo después de todo, que le ha dado un espacio referencial para una generación. Esa noche llenó el auditorio Paco Martín. No había butaca vacía, pero tampoco un alma indiferente.

Hubo espacio para que el indispensable pandero cuadrado hiciera su aparición en Costura, quizás por influencia de Meritxell Neddermann, que también la acompañaba sobre el escenario y que en los últimos años ha convertido este instrumento en un símbolo de una forma orgánica de entender la música. También hubo un momento para las panaderas sobre la guitarra, con una cadencia que parecía venir de un tiempo más antiguo que el propio escenario. Palmas, percusión corporal, respiración: un ritmo que brotaba del cuerpo y volvía a él, recordando que en su esencia más pura, la música es resistencia.

Valeria, en varios momentos del concierto, se abrazó a la guitarra como quien se aferra a un salvavidas en mitad del mar. Respiró hondo. El público se puso en pie. La falda drapeada se volvió símbolo de supervivencia tras un naufragio emocional: los restos de un esfuerzo titánico por sostener la voz. Apoyada en una banda que abrazaba cada silencio como parte de la partitura, Valeria fue tejiendo un concierto de alto voltaje emocional.

Cantó como quien se agarra a la raíz para no perderse, como quien busca en la tierra el eco de la voz que le enseñó a “saber de dónde vengo, quién soy y a dónde voy”. En cada verso, la memoria de su abuela parecía brotar entre las notas, cálida y firme, como las raíces que sostienen. Y cuando la melodía se abrió al coro, el Parque Torres se levantó: cuerpos y voces entrelazados, celebrando esa herencia invisible que atraviesa el tiempo y convierte la música en un acto de pertenencia. Nadie quiso dejarla sola. Nadie lo hizo. Después, en la soledad del camerino, seguro que no faltaron las lágrimas.

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