
En los pasillos de la Facultad de Bellas Artes de Cuenca suena a lo lejos Dolores, de Rusowsky y Ralphie Choo, una más entre las treinta millones de reproducciones que acumula en la plataforma de streaming dominante. Desde el salón de actos emana una luz roja, poco habitual en este espacio institucional, y algunos estudiantes curiosos observan por los ojos de buey de las puertas.
Dentro, unas voces declaman: “¿Podemos acaso seguir hablando de realidad aun sabiendo que nuestra palabra se dice bajo un sonido emitido desde tantas voces y estratos? Sólidos, fluidos, vaporosos, láseres… Humo, que antaño era vida y ahora motea nuestros hombros como vino sobre los manteles de seda y hueso. Sagita Magma.”
Es la quinta sesión del Seminario-Dopamina de Estética Política y Ontología de la Comunicación. Esta tarde, Juan Evaristo Valls Boix y Marta Zamora Troncoso partirán de la canción de Rusowsky para explorar la dificultad de expresar los sentimientos y el modo en que la música preserva aquello que las palabras no alcanzan a decir.
Valls, joven filósofo, profesor en la Universidad Complutense de Madrid y autor de varios libros, ese extraño artefacto que parecía extinguido, toma la palabra con la serenidad de quien piensa despacio. Explica el propósito del encuentro: “pensar el potencial político de la música a través de una capacidad que siempre se le ha atribuido: su poder para movilizar los afectos y construir vínculos sociales”. Habla de la música como una forma de deseo que organiza los cuerpos, como un lenguaje que toca antes de decir.
“La política comienza allí donde aprendemos a cuidar el gusto de habitar el mundo, allí donde la vida se hace amable y compartida”, escribió en El derecho a las cosas bellas, y ahora esa frase reposa subrayada a lápiz en las manos de un estudiante. “Hay muchas formas de pensar cómo la música o las artes en general son políticas”, explica, “nos interesa la música que activa afectos capaces de desencadenar un cambio social.”

Valls explica cómo los formatos y las duraciones se ajustan a la lógica de las plataformas, cómo la escucha se vuelve un gesto rápido, una preocupación vital sobre la falta de tiempo como forma de empobrecimiento del deseo. Marta Zamora, investigadora en la Universidad de Sevilla, complementa la reflexión extendiendo el pensamiento hacia la dimensión sonora del cuerpo. “Vivimos rodeados de música hasta en los momentos de descanso”, dice. “Hay dispositivos pensados para que nunca haya silencio.” La ausencia de silencio señala una dificultad para estar a solas con el pensamiento. “Nos acostumbramos a llenar cada intervalo con ruido, y en esa saturación el deseo se vuelve ansioso.”
Valls evoca su libro Metafísica de la pereza, donde escribió que “hoy la revolución —si hay tal cosa— es un manso detenerse, una quietud tan lenta que confunde el movimiento con su ausencia”. La pereza, entendida como forma de atención, es para él una práctica política, una pausa en el engranaje del rendimiento.
La escucha, explican, puede devolver al cuerpo su propio ritmo y abrir una grieta en la aceleración. Valls habla de una “política del ritmo”, una forma de resistencia que no necesita levantar la voz. “El control del tiempo, el ralentí, el silencio, el desfase”, enumera, “son gestos de reapropiación del cuerpo”, un pensamiento nacido de la cadencia de la respiración y de la necesidad de aire que sostiene todo pensar.
Zamora lleva la reflexión hacia la experiencia de los cuerpos reunidos. “La música ocurre en el encuentro”, explica, “el concierto, el club o la plaza crean un espacio donde los afectos circulan, casi como una asamblea corporal donde la vulnerabilidad compartida es el punto de partida de toda comunidad afectiva.” Cuerpos que vibran juntos, presencias que se sostienen unas a otras.

Valls evoca un pasaje de otra de sus obras, Suely Rolnik: Descolonizar el inconsciente, donde revisa el pensamiento de la psicoanalista y crítica de arte brasileña para examinar cómo el capitalismo neoliberal captura el deseo y coloniza la sensibilidad, y cómo la descolonización del inconsciente puede abrir una nueva potencia de creación y de vida. Allí escribió que “la auténtica fábrica es el inconsciente y por tanto la batalla más intensa y crucial es micropolítica”. Retoma esa línea para pensar la música como una práctica que actúa sobre el deseo. “El capitalismo interviene en los afectos antes de que estos se hagan palabra”, explica, “por eso la resistencia también sucede en ese nivel, en cómo sentimos, en cómo escuchamos”. En esa perspectiva la música no representa la política, la encarna.
Zamora habla entonces de los afectos de resistencia como gestos de fragilidad. “No toda música política grita. Hay canciones que resisten mostrando su dificultad para decir. En un tiempo donde la euforia y la autoafirmación son norma, la torpeza expresiva puede ser un modo de sostener la verdad del cuerpo.” Vienen a la mente artistas que trabajan entre la vulnerabilidad y el deseo como María José Llergo, Sila Lua, Ralphie Choo, La Plata o incluso el intimismo distorsionado de Judeline. En esa dificultad late una potencia, una forma de cuidado. Como escribió el crítico musical Ted Gioia, “la canción de amor […] es la música para esos momentos en que bajamos la guardia, nos quedamos indefensos y aceptamos la riqueza de nuestra vulnerabilidad emocional más profunda.”
En esa idea de fragilidad como fuerza se abría también un eco con lo que Valls venía defendiendo en sus libros: la posibilidad de una belleza despojada de grandilocuencia, una vida atenta a lo mínimo y a lo que cuida. En El derecho a las cosas bellas, escribe que “una existencia consagrada a lo bello, sin producto ni efecto, es la vida elegante, holgada”. Lo bello, en su pensamiento, no depende de la perfección ni de la eficacia, es una forma de libertad que no necesita justificar su utilidad.
Una libertad que rema a contracorriente de las plataformas que tratan de moldear nuestros modos de sentir. “Las canciones que nos recomiendan no se basan solo en nuestros gustos”, explica. “Hay intereses comerciales, algoritmos que seleccionan lo que es rentable.” El reflejo de una transformación cultural a gran escala. “Una sociedad que siempre escucha lo mismo se vuelve hostil a la diferencia”, apunta Zamora, recordando que la homogeneización de los patrones sonoros genera una escucha cada vez menos abierta.

“Vivimos saturados de estímulos”, señala Valls. “Esa excitación constante debilita los vínculos”, añade, reflejando en sus palabras el cuerpo cansado de la época. “Nuestra atención está dispersa. Pero existe el gusto de perderse cosas, el gesto de desconectarse. Cuando alguien se atreve a dejar de participar en esta rueda continua, abraza el tiempo sin objeto. Y ahí aparece una escucha distinta.”
“La dificultad de expresar no es un fallo, es un modo de habitar la incertidumbre”, explica Marta Zamora, reconduciendo la conversación hacia el título de la sesión que comenzará en unos minutos, Se me hace difícil expresar mis sentimientos. No quedaba nada de confesional en ella, solo una afirmación del presente, una manera de seguir vivos. “La vida huelga, y pese a ello seguimos aquí nosotros, en la decadente fábrica de la infelicidad, engullendo identidades y propósitos magníficos”, escribió Valls.
La música no expresa lo que sentimos, sino aquello que todavía no sabemos sentir. En esa dificultad reside su fuerza, el lugar donde el deseo se abre camino. Lo que cuesta decir persiste, como si la música fuera capaz de retener algo imposible de apagar. “La vida no se mide por lo que produce, sino por su capacidad de demorarse en lo que ama”, escribió Valls. Y con eso basta para seguir respirando, bailando, sintiendo y pensando.
La entrevista con Juan Evaristo Valls Boix y Marta Zamora Troncoso se realizó poco antes de su intervención en la quinta sesión de Sagita Magma. Seminario-Dopamina. Estética Política y Ontología de la Comunicación, celebrada el 21 de octubre de 2025, en el Aula Magna de la Facultad de Bellas Artes del campus de Cuenca de la Universidad de Castilla-La Mancha. La conferencia, titulada Se me hace difícil expresar mis sentimientos. Afectos de resistencia en la música actual, se enmarca en un ciclo coordinado por Ignacio Escutia, Andrés M. García Romero y Laura Budia Piña, con la colaboración de la Facultad de Bellas Artes, la Facultad de Comunicación y la Facultad de Educación y Humanidades. El seminario se prolongará hasta diciembre, con trece encuentros que entrelazan filosofía, arte y militancia. Textos de José An. Montero con fotos de Adrián de la Dueña.
