Sanguijuelas del Guadiana, sin vaqueros rotos

Por José An. Montero

Hay quien ya se compra los pantalones rotos y manchados, en un simulacro casi obsceno de haber hecho trabajo físico alguna vez fuera del gimnasio. Algo parecido ocurre con el mundo rural. Últimamente se habla mucho de lo rural. De las raíces. Del folk. De las músicas de tradición. Y lo hacen, sobre todo, quienes nunca han tenido que levantarse a las seis de la mañana para coger un autobús al ambulatorio más cercano. Lo hacen quienes jamás han escuchado cómo suena el silencio del pueblo cuando todos los jóvenes se marchan cada domingo a estudiar a la capital. Hablan como si el barro del campo saliera de una fábrica.

Sanguijuelas del Guadiana suenan a lo contrario. A chicos de pueblo que no tienen que disimular con jotas que son de pueblo. No tienen que impostar las raíces ni los orígenes. Son de Casas de Don Pedro (Badajoz), desde que nacieron y tuvieron que emigrar jóvenes para estudiar. Sonaron ya allí antes de saberlo. Vienen de pueblos donde el acontecimiento del año son las fiestas patronales, y allí sigue sonando el rock. Una batería vieja. Un ampli de baratillo. La esencia del rock de siempre.

El trío formado por Carlos Canelada, Juan Grande y Víctor Arroba, y a los que se les suma Manu Oliva en la batería, son hijos-nietos orgullosos de Extremoduro, de Estopa o de los Chunguitos. También de la Siberia Extremeña, que les recorre las venas.  No necesitan imposturas ni ese “Muy punk en Galerías”, que cantaban los de Evaristo. O muy rural en B****ka, podríamos cantar en estos tiempos. Y no sería sarcasmo: sería inventario.

Había ganas de conocer su propuesta en directo, y qué mejor que en el contexto de un festival como La Mar de Músicas 2025, en Cartagena, donde todas las músicas conviven. Una ciudad donde han actuado ya en tres ocasiones y donde se sienten cómodos. Era una noche grande, con el aforo del Auditorio Paco Martín completo, y como teloneros de G‑5, esa delirante propuesta de Kiko Veneno, Canijo de Jerez, Diego Ratón, Tomasito y Muchachito. Naturales. Directos. Sin pretensiones. Hacen música para expresarse sin imposturas. Imitan lo que conocen. Lo cantan porque les pasó. Punto.

“No hace falta que os sentéis. Esto no es misa”, y no lo era. No hace falta recurrir a grandes palabras ni a disfraces. Sus letras y su música son directas, con el espíritu punk de quien se lo monta a su aire, que se extraña en tantas imposturas de la música contemporánea. Una especie de mala leche con raíz, de quien ha tenido que buscarse la vida para poder tener conexión. Como escribe Gabi Martínez en Un cambio de verdad, “En los pueblos uno aprende que el tiempo no se pierde, se vive”.

Hablan de los abuelos, de los veranos en el pueblo, de las largas noches de fiesta. Son breves y directos. Solo se conceden la licencia del folclore (entrecomillado y autotuneado) en su versión del pasodoble tradicional “Llevadme a mi Extremadura”, para reivindicar su condición de emigrantes. “Del terruño y de la espiga / perfumados hemos nacido; / los aromas de los campos / van dentro de mis sentidos. / Algo me dice que vuelva / por las veredas del viento, / que vuelva por los caminos / que se quedaron desiertos.” Pero más que a folk suenam entre Camela y Estopa. Una capa más de cultura popular. Sin pretensiones, pero con la sinceridad de quien sabe lo que es tener que volver “todos los domingos de vuelta a las capitales”, el espíritu de quien ha tenido que irse a la ciudad como todo el mundo. Ya no se te ve por el pueblo.

Fue un concierto breve, directo, sin adornos. Lo que les hizo mucho bien, porque no dio tiempo al respiro ni a la repetición. Son lo que son, y por eso están ahí. No vienen a salvar nada. Solo a sonar fuerte. Ya les da igual perderse sin maletas.

Sanguijuelas del Guadiana | La Mar de Músicas 2025 | 26 de julio · Auditorio Paco Martín (Cartagena) · Teloneros de G‑5 · Aforo completo.

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