Ruralismo, un nuevo orientalismo

Por José An. Montero

En cientos de libros de literatura al peso encontramos un esquema parecido en sus sinopsis. Una infancia feliz en un pueblo o quizá un primer amor rural, una crisis existencial, un regreso a lo rural buscando “lo auténtico”, al “uno mismo interior” desaparecido en las grandes urbes, una oda a la naturaleza, el descubrimiento de un secreto oscuro guardado durante generaciones, sangre entre los árboles y un “happy end” romántico con el primer amor, brutote pero sincero. 

Con estos mimbres se construye esta nueva literatura de “amor por los pueblos” desde la nostalgia de la infancia y en la que lo rural consiste en algo parecido a lo que diría Chirbes en el MoMA ante figuras del bajo Níger. Un par de paneles explicativos, aprender unos cuantos tópicos, picotear de aquí y allá, hablar del pueblo y de lo rural como un papagayo. “Me molesta”, regresando a Chirbes, “ese mensaje de rapiña” que transmite muchas novelas, películas y series que utilizan lo rural como escenario fantástico, dando forma a una ideología de lo rural siempre con moraleja de heroicidad y resistencia. 

Inundados como estamos de imágenes y estereotipos que se refieren a lo rural desde los clichés ideológicos, que casi siempre obedecen a intereses y estrategias de poder, acudimos a autores como Sergio del Molino, Marc Badal o Paco Cerdá, por citar algunos nombres contemporáneos, para que nos sirvan de brújula ante el ruralismo como una forma más de “orientalismo”, en el que el fuerte imaginario urbano, y parafraseando a Edward Said, asentado en la superioridad centralista de un “nosotros” enfrentado a un “ellos”, lo no rural, vivido como lo extraño. 

También acudimos a los grandes narradores buscando miradas profundas a lo rural, y nos acunamos en las obras de Delibes, José Luis Cuerda o el siempre insuficientemente recordado Félix Grande y su majestuoso Tomelloso macondiano de cinco generaciones de Palancas. Pero lo rural, son historias que apenas ocupan unas líneas en la gran literatura.

Como en el mundo contemporáneo, el medio rural ya no es el mismo que hace treinta o cuarenta años, ni siquiera el mismo que hace veinte. Pues como escribió Benito Burgos, que abrió la puerta hace un par de años a estos seminarios de Comunicación y Nuevas Ruralidades, “uno de los signos de este tiempo nuevo son los fenómenos migratorios a gran escala. Entre ellos, la hemorragia demográfica de las zonas rurales y el correlativo e incesante éxodo humano hacia los grandes núcleos”, la desaparición de generaciones herederas de una forma de relacionarse con los ecosistemas productivos y medioambientales, con el consiguiente “abandono o semiabandono del campo” y la llegada de nuevas gentes o el regreso de quienes partieron hace décadas. 

Estos procesos de éxodo rural, despoblación, envejecimiento de la población,  van acompañados van acompañados también del fenómeno inverso de “afluencia de pobladores neorrurales, aumento de la población flotante y estacional, birresidencialidad, movilidad laboral, acceso a las redes globales de información, desagrarización y terciarización (…) conforman un nuevo escenario social y cultural”, siguiendo con la cita a Benito Burgos. 

El concepto de cultura rural como visión de un todo uniforme ha muerto, quizá nunca existió,  y es el momento de construir nuevos códigos que permitan entender este nuevo rompecabezas en constante movimiento, un nuevo alfabeto que permita descifrar, cual piedra Rosetta, esta nueva “cosmovisión alternativa del medio rural desde la contemporaneidad”, aunque quizá sea un alfabeto construido por millones de signos en constante movimiento, como corresponde a estas sociedades líquidas en que habitamos. 

Otro tema central en estas jornadas es la relación entre lo rural y ese “sueño ecológico urbano” que en muchas ocasiones se ha convierte en “ecodespiadado” y antihumanista, capaz de entrar el delirio de considerar que el abandono del campo fuera la panacea de un regreso al Edén natural. Visión estrecha que elimina de la ecuación, como Mao a los pájaros, a quienes habitan el territorio, verdaderos custodios del equilibrio ecológico. 

Hace cuatro años el Museo Serralves de Oporto presentó la muestra “V/Nuestro Futuro es Ahora” del artista danés Olafur Eliasson donde ponía en cuestión conceptos como costumbre, humanidad, sociedad, arte o ciencia. Visualizando los problemas ambientales y de sostenibilidad a los que nos enfrentamos como sociedad contemporánea, entre ellos el de los incendios forestales. En la pieza Yellow Forrest, Eliasson, nos colocaba en mitad de un incendio. Ardemos y hacemos arder a nuestro paso en una imagen hipnótica de destrucción en la que las hojas que parecen otoñales son en realidad hojas quemadas sin espacio para el romanticismo.

Este artículo se publicó previamente en El Diario y Gazeta (Guatemala)

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