
Llegamos a Tragacete con el propósito de acompañar el territorio en su despliegue, como una hoja que se abre al sol.
La primera jornada nos sirvió para instalarnos y comenzar a familiarizarnos con el ritmo del lugar. Comenzamos a recorrer el pueblo, a nombrar sus calles, a intuir posibles senderos y espacios de trabajo. Las caminatas se volvieron parte fundamental, no solo para el desarrollo de mi proyecto, sino también para establecer vínculos con mis compañeros, los habitantes del pueblo y las personas de tránsito.
Durante estos días visitamos el Ayuntamiento en busca de archivos históricos. Mati, uno de mis compañeros, consiguió un ejemplar valiosísimo titulado Tragacete, nuestra historia en imágenes, el único archivo fotográfico accesible en el pueblo, con el que inicié el camino visual que plantea mi proyecto. A partir de una revisión seleccioné aquellas fotografías de mujeres del pueblo: cuerpos y gestos que, aunque silenciosos, sostienen parte de la memoria local. Estas imágenes fueron tratadas digitalmente para realizar las impresiones en acetato, que en la próxima semana serán parte de las primeras pruebas de clorotipias.

También visitamos la biblioteca del pueblo, donde consulté libros sobre la flora de Castilla-La Mancha. Esa revisión, junto con mi investigación previa, me permitió delimitar una lista de plantas que habitan en la región. Hemos tenido, a su vez, conversaciones con especialistas como Fernando García Dory, Vicente García, Vicente Caja, entre otros. Estas charlas me ayudaron a reafirmar el lugar de enunciación de mi proyecto.
En él, la noción de conocimiento situado —concepto propuesto por la filósofa Donna Haraway— adquiere una relevancia profunda. Frente a formas de saber objetivas y universales, mi aproximación al archivo vegetal y al saber de las mujeres parte de una posición encarnada, contextual y afectiva. Es una forma de escuchar a las plantas, caminar el territorio, conversar con las vecinas del pueblo y trabajar con técnicas amables con el entorno. No se busca actuar desde el extractivismo, sino habitar el conocimiento desde la experiencia relacional.
En este sentido, el herbario que propongo no es una recopilación científica neutra, sino un gesto de memoria situada: una forma de reconocer que todo saber está atravesado por quien lo observa, por el lugar que habita y por los vínculos que lo sostienen. Como plantea Haraway, se trata de asumir una mirada comprometida, en diálogo con el entorno y con las memorias que resisten en él.

He continuado recorriendo el pueblo en búsqueda de conversaciones con otras mujeres. Uno de los gestos más significativos de estos días vino de Sonia, una vecina que me regaló un pequeño ramo de hojas de tilo de su casa. Gesto sencillo, pero significativo, que marcó el inicio de un vínculo con la comunidad y abrió una puerta simbólica al intercambio y la escucha dentro del proyecto.
Concluyo esta primera semana con una percepción más tangible y situada del territorio que ahora habito, con nuevos vínculos, una lista botánica más precisa, las primeras pruebas de cianotipia impresas, negativos listos para revelar, y una comprensión más porosa del proyecto. Una mirada que se afina desde dentro, con respeto, reconociendo los ritmos, los silencios y los modos de transmisión propios del entorno rural.
Porque lo que recopilo no es solo vegetal: son gestos, voces y silencios que brotan lentamente, como todo lo que verdaderamente echa raíz.
