
Al finalizar el concierto y bajar del escenario, Oumou Sangaré se sentó en las escaleras laterales durante un rato antes de recuperar la corporeidad para poder pisar el suelo de los mortales. Dejó el micrófono, cerró los ojos y ya no regresó al escenario. Las metamorfosis de humano a diosa no deben ser nada fáciles y deben dosificarse.
Sobre el escenario del CIM, cada gesto y cada palabra que salen de su garganta tienen un poder que va más allá de la potencia de su voz. «Kamelemba» abrió el concierto y con ella, se abrieron las puertas a un vaivén de emociones en el que el kamalengoni Abou Diarra parecía ejercer de médium.

Desde el escenario, esa energía se traducía de inmediato en una reacción del público, que no necesariamente entendía las palabras en bambara ni tenía conocimiento alguno de la cultura wassoulou. En algunos momentos incluso se dirigió directamente en bambara a quienes sí podían comprenderla, provocando una respuesta inmediata desde las primeras filas antes de que el resto del patio se sumara al aplauso. El patio del CIM fue de nuevo ese punto de encuentro donde, en esta ocasión, los numerosos jóvenes malienses que acudieron a la llamada vestían predominantemente la camisa blanca de la selección española con el nombre de Lamine Yamal a la espalda. El fútbol que también une.
La voz de «seda y humo, miel con un poco de arena” de Oumou Sangaré, como la definió Marty Lipp, es capaz de conviertir un espacio de desconocidos en un lugar de reconocimiento mutuo. Quizá la mejor imagen de esa comunidad temporal fueran las niñas y los niños de matrimonios mixtos que, subidos a los altavoces, contemplaban con más curiosidad al público que a la propia artista.

Sangaré lleva casi cuarenta años construyendo una carrera cimentada en la defensa de las mujeres y de la cultura wassoulou. En alguna entrevista ha dicho que «África puede evolucionar sin renuncia a aquellas tradiciones que merece la pena conservar». El kamalengoni de Abou Diarra dialogaba de igual a igual con la Gibson SG con acento bluesero de Julien Pestre y los teclados de Alexandre Millet, añadiendo capas de sonido que envuelven ambos mundos sobre los que navega la exuberante voz de Sangaré.
Es precisamente esa presencia constante del kamalengoni, sin imponerse al resto, la que le da personalidad a la música de Sangaré. A pesar de que ya han transcurrido casi cuatro años desde la publicación de Timbuktu (2022), el concierto siguió apoyándose fundamentalmente en ese trabajo, con canciones como «Kamelemba», «Sira» o la propia «Timbuktu». Fue precisamente antes de interpretar esta última cuando recordó el sufrimiento que atraviesa Mali.

El compromiso de Sangaré sigue siendo el mismo que en sus anteriores presencias en la Mar de Músicas, no en vano obtuvo el premio del festival en 2012. Es una forma de entender la creación artística, porque según sus palabras, «Está muy bien cantar, pero consideré necesario pasar también a la acción», con diferentes iniciativas también fuera de los escenarios. Una coherencia que ayuda a entender por qué el público recibe sus palabras con la misma intensidad que recibe su música.
Si el año pasado fue Salif Keita el que abrió este escenario y el anterior fue Carmen Consoli, este primer viernes se ha convertido en un homenaje a la esencia y los orígenes del festival. A los grandes de las músicas del mundo que dieron el sentido primigenio a este encuentro veraniego de gentes llegadas desde cualquier lugar del planeta para fundirse y compartir sus propias raíces. La presencia de Oumou Sangaré conecta con esa historia sin recurrir a la nostalgia, recordando el espíritu fundacional de reunir distintas maneras de entender el mundo alrededor de la música.
Oumou Sangaré actuó el 17 de julio de 2026 en el Patio del Antiguo CIM dentro de la programación de La Mar de Músicas de Cartagena. Acompañada por Abou Diarra (kamélé n’goni), Julien Pestre (guitarra), Alexandre Millet (teclados), Elise Blanchard (bajo), Baptiste Brondy (batería) y las coristas Kandy Guira y Emma Lamadji, presentó un repertorio centrado en Timbuktu (2022), con canciones como «Kamelemba», «Sira» y «Timbuktu». La artista maliense, Premio La Mar de Músicas en 2012, abrió el escenario del Patio del Antiguo CIM reivindicando la tradición wassoulou, el papel de las mujeres y la realidad que atraviesa Mali.