La mochila sigue puesta: Homenaje a un Dadá artificial

Por La (Mínima) Circular

Primero subimos la fotografía a Gemini y le pedimos que la describiera con el mayor detalle posible. Después le hice varias preguntas sobre lo que veía, intentando que distinguiera entre los hechos observables y las interpretaciones que estaba construyendo. Me interesaba comprobar hasta qué punto una imagen fija invita a inventar historias. (Bla, bla, bla)

Con ese conjunto de descripciones, respuestas, hipótesis y rectificaciones —un auténtico batiburrillo de textos— acudí a ChatGPT. En lugar de pedirle que escribiera desde cero, le pedimos que organizara todo ese material en un texto coherente y que incorporara algunas referencias a Roland Barthes y John Berger para situar la reflexión en el contexto de la teoría de la imagen y de la mirada. (yada yada yada)

Cuando tuve un primer borrador, lo pasamos por Claude. Su papel no fue cambiar las ideas, sino revisar la estructura, eliminar repeticiones, mejorar el ritmo y pulir la redacción para que el argumento resultara más claro y continuo. (بلا بلا بلا)

Ninguna de las tres herramientas produjo por sí sola el resultado final. Una describió y cuestionó la imagen, otra ordenó el material y aportó contexto teórico, y la tercera actuó como editora del texto. El trabajo consistió en dirigir el proceso, formular las preguntas, decidir qué conservar, qué eliminar y cuándo detener la cadena de revisiones. (Det er bare tullprat.)

El resultado de esa colaboración entre varias inteligencias artificiales, guiada por una intención editorial humana, es el texto que aparece a continuación. (블라블라)

Es un detalle menor, casi invisible frente al gran marco negro de «lacircular.es», el soporte impreso en 3D y la sonrisa de quien asoma la cabeza para la foto. Basta fijarse en ella para que la escena deje de ser tan evidente.

La primera lectura es inmediata: un prototipo sobre la mesa, un marco para fotografiar proyectos, un joven que posa satisfecho. Concluimos sin esfuerzo que es el creador mostrando su trabajo. Pero la fotografía no dice eso. Podría tratarse de un visitante, un estudiante o un compañero al que pidieron colocarse un instante detrás del marco. La mochila sugiere justamente eso: alguien de paso, que no se ha instalado en el espacio sino que se ha detenido unos segundos antes de seguir su camino.

Esa mochila funciona como el detalle que, según Roland Barthes, desvía toda una lectura: un objeto con significado propio capaz de cambiar el sentido de la imagen. Y es que, como advertía John Berger, las fotografías no narran nada por sí mismas; solo conservan apariencias sueltas del tiempo, y es el espectador quien las completa proyectando sus propias expectativas.

Lo interesante es la rapidez con la que rellenamos esos huecos. La psicología cognitiva lo explica: la mente identifica lo que juzga relevante y construye, a partir de información parcial, una historia que parece completa. Ante el marco, la sonrisa y el prototipo, el cerebro encadena de inmediato causa y efecto —”es el creador exhibiendo su obra”— guiado además por el sesgo de confirmación, esa tendencia a dar por válido lo que ya esperábamos ver.

Las fotografías registran escenas. Las historias las escribimos nosotros. A veces acertamos. Otras, solo contemplamos el reflejo de nuestros propios hábitos para interpretar el mundo. La cámara pone la imagen; el espectador, el guion. (*)

A partir de ahí podría nacer un gran artículo. Pero ha pasado ya casi una hora de añadir capas y capas de palabras hasta juntar casi sesenta páginas y ya no tengo ganas de añadir ni una coma ni inventar nada sobre esta imagen. Me desbordó tanta creatividad.

(*) Texto generado por Gemini, ChatGPT y Claude a partir de la foto original.

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